Continúa la proclamación del Discurso del
Monte.
El Señor, desde su autoridad divina, "pero yo os digo", enseña que Él no viene "a abolir la Ley y los Profetas, sino a dar plenitud", cumplirlos.
Jesús en la Cruz los cumplirá con toda perfección.
Allí "todo se cumplirá"
(cf. Jn 19,30).
Desde esta perspectiva enseña los
"preceptos menos importantes", las Bienaventuranzas.
Es pequeño "en el reino
de los cielos" quien no los cumple, y es "grande"
quien los cumple.
"Grandes" en el sentido
de que éstos son quienes
hacen avanzar el Reino de
Dios y lo hacen presente en el mundo.
Los discípulos de Jesús han
de vivir una justícia,
misericòrdia, mayor que la de los escribas
y la de los fariseos.
La moral cristiana no se reduce a
lo que es suficiente, sino que se orienta a lo que es "de más a más",
"magis": todo lo que va más allà, trasciende de lo que es
debido y merecido.
El argumento de la vida
cristiana no es el pecado sino la gracia.
El cristiano no debe estar
preocupado sólo por lo que no debe hacer, sino por lo que tiene que hacer como fruto de su
seguimiento de Cristo.
Si no lo hace, está destinado al
fuego del infierno, "gehenna" que, en este caso, no significa
la condenación eterna, sino el lugar
donde se queman los desechos, como un resto de serie inservible.
En el Salmo se canta que los que obran así son
"dichosos", bien- aventurados: "Dichoso el que
camina en la ley del Señor".
San Pablo continúa su "discurso sobre la Cruz" como sabiduría de
Dios, escribiendo aquellas palabras sobrecogedoras: "Si la hubiesen
conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria".
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