El
Año litúrgico empieza donde termina, ya que no tiene fin en sí mismo. Es un
ciclo jamás cerrado, siempre abierto y sabiamente dispuesto de tal manera que
su final coincide con su principio.
La
solemnidad de Cristo Rey, propiamente el Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario,
concluye con la proclamación de la realeza de Cristo y comenzará el I Domingo
de Adviento con el anuncio de la venida escatológica del Señor.
Tanto
en uno como en el otro la perspectiva es la del Señor que viene en la gloria de
su Reino.
La
Palabra celebrada, escuchada, entregada y predicada en los cuatro Domingos de
Adviento intensifica en nosotros la gloria del Señor Resucitado. El cual,
habiendo venido en la carne de su humanidad, viene ahora, y siempre, a nosotros
en la gracia del Espíritu Santo y vendrá en la gloria del último día.
La
Iglesia como Esposa desea ardientemente esta venida del Señor y con el Espíritu
clama incesantemente: "Ven, Señor Jesús".
Viene
en la celebración de los Santos Misterios y también en las obras que los fieles
realizan en orden al crecimiento del Reino.
Viene
para habitar en nosotros, para ser amado, conocido y celebrado.
Todo
el Año litúrgico es signo de una existencia redimida, que tiene su principio, su desarrollo y su plenitud.
En
los tres ciclos siempre se da esta estructura: Domingo del advenimiento del
Hijo del hombre (I); Domingo de la predicación de Juan, el Bautista (II);
Domingo del testimonio de la luz (III); y Domingo de la anunciación a María
(IV).
El
primero se abre con el horizonte de la salvación escatológica. El segundo y el
tercero presentan la venida del Señor tal como fue preparada y anunciada por
Juan, el Bautista. Y el IV es siempre en los tres ciclos una «anunciación». En
el Ciclo A: el anuncio a José; en el Ciclo B, el anuncio a María; y en el ciclo
C: el anuncio a Isabel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario