La Virgen María, modelo de
la virginidad de la Iglesia
Catequesis de San Juan Pablo II
(20-VIII-97)
1. La Iglesia es madre y
virgen. El Concilio, después de afirmar que es madre, siguiendo el modelo de
María, le atribuye el título de virgen, y explica su significado: «También ella
es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo, e
imitando a la Madre de su Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, conserva
virginalmente la fe íntegra, la esperanza firme y la caridad sincera» (Lumen
gentium, 64).
Así pues, María es también
modelo de la virginidad de la Iglesia. A este respecto, conviene precisar que
la virginidad no pertenece a la Iglesia en sentido estricto, dado que no
constituye el estado de vida de la gran mayoría de los fieles. En efecto, en
virtud del providencial plan divino, el camino del matrimonio es la condición
más general y, podríamos decir, la más común de los que han sido llamados a la
fe. El don de la virginidad está reservado a un número limitado de fieles,
llamados a una misión particular dentro de la comunidad eclesial.
Con todo, el Concilio,
refiriendo la doctrina de san Agustín, sostiene que la Iglesia es virgen en
sentido espiritual de integridad en la fe, en la esperanza y en la caridad. Por
ello, la Iglesia no es virgen en el cuerpo de todos sus miembros, pero posee la
virginidad del espíritu («virginitas mentis»), es decir, «la fe íntegra, la
esperanza firme y la caridad sincera» (In Ioannem Tractatus, 13, 12: PL 35, 1.499).
2. La constitución Lumen
gentium recuerda, a continuación, que la virginidad de María, modelo de la de
la Iglesia, incluye también la dimensión física, por la que concibió
virginalmente a Jesús por obra del Espíritu Santo, sin intervención del hombre.
María es virgen en el
cuerpo y virgen en el corazón, como lo manifiesta su intención de vivir en
profunda intimidad con el Señor, expresada firmemente en el momento de la
Anunciación. Por tanto, la que es invocada como «Virgen entre las vírgenes»,
constituye sin duda para todos un altísimo ejemplo de pureza y de entrega total
al Señor. Pero, de modo especial, se inspiran en ella las vírgenes cristianas y
los que se dedican de modo radical y exclusivo al Señor en las diversas formas
de vida consagrada.
Así, después de desempeñar
un papel importante en la obra de la salvación, la virginidad de María sigue
influyendo benéficamente en la vida de la Iglesia.
3. No conviene olvidar que
el primer ejemplar, y el más excelso, de toda vida casta es ciertamente Cristo.
Sin embargo, María constituye el modelo especial de la castidad vivida por amor
a Jesús Señor.
Ella estimula a todos los
cristianos a vivir con especial esmero la castidad según su propio estado, y a
encomendarse al Señor en las diferentes circunstancias de la vida. María, que
es por excelencia santuario del Espíritu Santo, ayuda a los creyentes a
redescubrir su propio cuerpo como templo de Dios (cf. 1 Co 6,19) y a respetar
su nobleza y santidad.
A la Virgen dirigen su
mirada los jóvenes que buscan un amor auténtico e invocan su ayuda materna para
perseverar en la pureza.
María recuerda a los
esposos los valores fundamentales del matrimonio, ayudándoles a superar la
tentación del desaliento y a dominar las pasiones que pretenden subyugar su
corazón. Su entrega total a Dios constituye para ellos un fuerte estímulo a
vivir en fidelidad recíproca, para no ceder nunca ante las dificultades que
ponen en peligro la comunión conyugal.
4. El Concilio exhorta a
los fieles a contemplar a María, para que imiten su fe «virginalmente íntegra»,
su esperanza y su caridad.
Conservar la integridad de
la fe representa una tarea ardua para la Iglesia, llamada a una vigilancia
constante, incluso a costa de sacrificios y luchas. En efecto, la fe de la
Iglesia no sólo se ve amenazada por los que rechazan el mensaje del Evangelio,
sino sobre todo por los que, acogiendo sólo una parte de la verdad revelada, se
niegan a compartir plenamente todo el patrimonio de fe de la Esposa de Cristo.
Por desgracia, esa
tentación, que se encuentra ya desde los orígenes de la Iglesia, sigue presente
en su vida, y la impulsa a aceptar sólo en parte la Revelación o a dar a la
palabra de Dios una interpretación restringida y personal, de acuerdo con la
mentalidad dominante y los deseos individuales. María, que aceptó plenamente la
palabra del Señor, constituye para la Iglesia un modelo insuperable de fe
«virginalmente íntegra», que acoge con docilidad y perseverancia toda la verdad
revelada. Y, con su constante intercesión, obtiene a la Iglesia la luz de la
esperanza y el fuego de la caridad, virtudes de las que ella, en su vida
terrena, fue para todos ejemplo inigualable.
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