Juan, hijo de Zacarías, de familia sacerdotal, el Precursor,
debe ser visto como el dato que señala de manera permanente al
Señor: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn
1,29).
El Mesías es quien asume los pecados de todos los
hombres y mujeres sin haberlos cometido, los lleva a la Cruz, y allí los
destruye.
El profeta Juan es quien invita a todos a ser
discípulos del Señor.
Juan Bautista es también quien recupera todo el
Antiguo Testamento y se lo entrega a Jesús, el Señor.
Él es la voz de la Palabra, resplandor de la Luz
y amigo del Esposo.
Él, como María, anuncia el misterio de la Iglesia
predicando al Señor, no a él mismo: es el Señor quien debe crecer.
Es pertinente, pues, que se celebren ambos
nacimientos, el de Juan y el de María, que en el iconostasio oriental forman la
"Déisi" (súplica).
Ambas figuras flanquean la imagen del
"Pantocrátor", presidiendo la intercesión del Antiguo y del Nuevo
Testamento.
Su nacimiento pertenece ya a los misterios de la
encarnación del Señor y nos introduce en su grandeza, véase el contenido de la
oración sobre las ofrendas y la oración después de la comunión.
La tradición de todas las Iglesias celebra de
manera muy solemne la Natividad de Juan, el Bautista: "su nacimiento fue
motivo de gran alegria", como canta el Prefacio de hoy.
En el rito bizantino es una fiesta importante y
se celebra con una gran vigilia nocturna.
La fecha de la Navidad del Precursor se escogió
con relación a la Navidad de Jesús, seis meses antes.
No se puede demostrar en la historia de la
liturgia que estas celebraciones dependen del solsticio de invierno y de
primavera, como algunos sostienen.
Juan asume tipológicamente la figura del profeta
Jeremías, como se propone en la primera lectura.
Su misión es como la de los profetas, y con mucha
más razón fue santificado desde el seno materno.
La liturgia aplica los versículos del Salmo 70 a
la persona de Juan, escogido desde su gestación: "En el vientre materno ya
me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías".
San Pedro, segunda lectura, sitúa a Juan, el
Bautista, entre los profetas que "estuvieron explorando e indagando"
sobre la salvación de Cristo.
En el Evangelio leemos la anunciación del
nacimiento de Juan a Zacarías, su padre, en el recinto del Templo de Jerusalén.
Su misión será "preparar al Señor un pueblo
bien dispuesto".
El Prefacio propio es un bellísimo comentario a
las lecturas de hoy y expresa excelentemente la misión del Precursor.
Toda su vida fue entregada a Cristo, sin
disfrutar de su presencia. Lo hizo en la oscuridad de la fe.
Se cumple aquello que él ya anunció: "Es
necesario que Él crezca, y que yo disminuïa" (Jn 3,30).
Juan dio testimonio de Jesús desde antes de
nacer, en el seno de Isabel, hasta su martirio cuando "mereció darle el
supremo testimonio derramando su sangre".
La liturgia aplica la vocación de Isaías a su
persona: "Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas
maternas, y pronunció mi nombre".
El Salmo también se aplica a Juan: "Tú has
creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno".
En el Evangelio escuchamos el gozo y el estupor
que su nacimiento provocó en los habitantes de la montaña de Judá y que hoy
llena de alegría a toda la Iglesia.
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