Como primera lectura se lee la asignada al Domingo VI de Pascua, con su correspondiente Salmo responsorial; en cambio la segunda lectura y el Evangelio pueden ser o bien los de este Domingo VI, o bien, puede al D omingo VII.
Con la no muy feliz solución, desde el punto de
vista litúrgico, de trasladar la
Ascensión del Señor al Domingo, hay que advertir
que es grave omitir siempre el VII Domingo de Pascua.
En este Domingo se lee parte de la "Plegaria sacerdotal"
de Jesús.
Si se omite por
defecto, la asamblea jamás podrá escuchar
este importante y decisivo texto del Evangelio.
Es recomendable leer la segunda lectura
y el Evangelio del VII Domingo
de Pascua.
Nadie puede obligar a las asambleas cristianas a no escuchar
nunca la "Oración sacerdotal" del Señor, en la cual, como
sacerdote de la nueva alianza
pide epicléticamente al Padre el don
del Espíritu Santo.
Es su epíclesis sobre la Iglesia.
La "Oración sacerdotal" de Jesús nos introduce en el Misterio de
Pentecostés.
Misa: Hch 15, 1-2. 22-29; Sal
66 2-3. 5.6 y 8; Ap 21, 10-14. 22-23; Jn 14, 23-29
El Señor nos regala su paz.
Si Él nos la
da es nuestra para siempre, nada ni nadie nos la puede arrebatar.
Nos pertenece.
La paz que proviene de Él de una manera única y verdadera.
La del mundo, a menudo,
es un armisticio precario o una guerra fría.
El que por amor hace caso de las palabras de Cristo es amado por el Padre y el
Espíritu.
En el interior del
creyente será "memoria del Señor" y maestro interior.
He aquí que toda la Trinidad habita en el corazón del justo.
Es la doctrina luminosa de la "inhabitatio
Trinitatis".
Si Jesús no hubiera ido hacia el Padre no tendríamos estos
dones, por ello,
debemos alegrarnos de que vaya hacia el
Padre.
La verdadera paz se manifiesta en la nueva Jerusalén, segunda lectura,
donde los dos testamentos han sido superados, ya que
"los fundamentos llevan el nombre de las doce tribus
de Israel".
Del mismo
modo como las puertas llevan el nombre de los doce apóstoles.
Todos están delante
del trono del Cordero.
En el fragmento de los Hechos se confirma
que la paz dentro de la Iglesia se construye
en el diálogo fraterno, pero también exige renuncias.
Nunca un partido
tendrá toda la razón y la otra
no tendrá ninguno.
Hay que valorar las posiciones de la parte contraria y no absolutizar las propias.
Hay ciertos problemas en la Iglesia que sólo se
resuelven en la oración y en la
obediencia y, si no es posible la
unidad de las opiniones, siempre ha
sido posible la unidad en el amor.
No hay que olvidar que las palabras de Jesús
inspiran la oración por la paz de la
Iglesia, previa al ósculo de la paz,
que nos prepara para recibir la sagrada Comunión.
La oración de Jesús,
llamada "Plegaria sacerdotal” es culminante
porque se sitúa en el momento, la hora, del tránsito de este mundo al Padre.
En el Evangelio de este ciclo
C aparece esta oración,
Jn 17, 20 ss.
Nosotros debemos comprenderla como la oración
de su éxodo de este mundo al
Padre por la Muerte y la Resurrección.
También por su ascensión y
donación del Espíritu Santo.
La plegaria sacerdotal de Cristo es su "anáfora" antes
de la oblación de su propia persona; Él, que, en la Cruz, es "altar, víctima y sacerdote".
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