La solemnidad de la Ascensión se origina en Jerusalén en el siglo
V y desde los orígenes la lectura de los Hechos está presente en la Liturgia de la
Palabra.
El texto y la memoria litúrgica van unidos y la Liturgia
actualiza el misterio.
Ubicada entre Pascua y Pentecostés, la
Ascensión sólo puede entenderse en relación con estos dos
acontecimientos salvíficos.
La Ascensión es parte del increíble despliegue
de la Pascua: por su Muerte y su
Resurrección, Cristo salvó a la persona humana e hizo que se comprendiera llamada a unirse a Dios para vivir en su gloria.
La humanidad entera
ha sido glorificada en Él.
Todas las Iglesias
celebran con gran solemnidad y gozo la Liturgia de la glorificación del Señor pues gracias a ella la humanidad caída ha entrado
en el seno de la Trinidad.
La Ascensión del Señor no inaugura una
ausencia de Jesús, sino una nueva presencia en el Espíritu, en la
Iglesia y en sus sacramentos.
Un día grandioso, pues "el Señor asciende entre aclamaciones y se sienta en su trono sagrado" (Salmo
46): es lo que alegres cantamos con
el salmista en la Liturgia de hoy, sobrecogidos de asombro.
Los Prefacios propios proclaman y cantan de forma sublime el
misterio que hoy celebramos.
Misa del día: Hch 1, 1-11; Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9; Ef 1, 17-23 (o bien, Heb 9, 24-28; 10, 19-23); Lc 24, 46-53
El relato de los Hechos sirve de introducción a todo el libro, pues la Ascensión
del Señor inaugura
el tiempo del Espíritu y de la Iglesia.
No es el relato del
final de la vida de Jesús sobre la tierra
sino el punto
de partida de una vida nueva en la Iglesia.
No se puede contemplar la Ascensión del Señor en la gloria del Padre sin constatar la resonancia misionera del acontecimiento.
Los apóstoles
preguntan sobre la restauración de Israel y el Señor les dice que están llamados
a ser sus testigos
hasta el confín de la
tierra: serán bautizados con Espíritu
Santo dentro de poco.
El símbolo de la nube, propio de las grandes teofanías,
es una imagen del Espíritu San to.
El Señor
ha venido en el Espíritu Santo y volverá en la gloria del mismo Espíritu.
Ellos no deben estar mirando al cielo, sino volver a la ciudad para recibir la fuerza del Espíritu Santo,
que será la nueva presencia del Señor entre ellos.
A Jesús ya nadie le verá más con los ojos
del cuerpo, sino con los ojos del corazón
(segunda lectura).
Son los ojos de la fe, "ocula
fidei".
El Salmo 46, secularmente aplicado
al misterio que hoy celebramos, canta la alegría
de la Ascensión de Jesús al Padre.
El Cristo resucitado que asciende debe
ser alabado por todos: "Pueblos todos
batid palmas, aclamad
a Dios con gritos de júbilo".
Es una alegría universal.
El leccionario propone
como segunda lectura dos
textos alternativos.
Uno de la carta a los Efesios
y otro de la carta a los Hebreos.
En el primero, opción 1, el
Apóstol expresa el deseo que Dios ilumine
los ojos del corazón para que comprendamos
la esperanza que se desprende de la glorificación del Señor y la riqueza de la gloria que da a los santos.
Cristo es la plenitud del que colma todo en todos.
En el segundo texto, opción 2, la Ascensión de Cristo es contemplada según la visión teológica del autor de la carta a los Hebreos.
Cristo no entró en un santuario
construido por hombres
sino en el mismo cielo, donde intercede por todos.
El autor
exhorta a vivir firmes en la esperanza
ya que es fiel quien hizo la promesa.
El Salmo 67, que es el gran S almo
de la Ascensión y de Pentecostés en la Liturgia de las Horas, "Ascendisti in altum,
cepisti captivitatem, accepisti dona in
hominibus", es citado por Pablo (Ef 4,8) según la versión
de los Setenta.
El relato evangélico de la Ascensión del Señor lo encontramos preciosamente relacionado con la primera lectura:
ambos son escritos del mismo evangelista.
La Pasión y la Resurrección de Cristo culminan con la misión universal confiada a los apóstoles.
La aparición del Señor presenta un contexto litúrgico: Jesús se despide
de los suyos bendiciéndolos, como el gran sacerdote cuando entraba en el lugar santísimo del templo.
Es un gesto típicamente sacerdotal: "Levantando
las manos los bendijo".
Esto permite a Lucas
relacionar el final del Evangelio con el principio.
Lucas cierra su Evangelio
en el templo, allí donde lo había co- menzado
(Lc 1,7-8).
Los apóstoles retornan a la ciudad con alegría: saben
que el Señor está con el Padre y que
les ha sido prometida la fuerza que viene de lo alto.
Saben que Él volverá.
Ellos también adquieren un proceder
litúrgico y en el templo bendicen a
Dios.
La bendición del Señor es ya
la donación del Espíritu Santo.
Cristo Resucitado tiene ahora una función
sacerdotal.
Es el cumplimiento de la
promesa hecha a Abrahán (Hch 3,25).
La Iglesia tendrá que vivir, hasta que
el Señor vuelva, bajo el signo de esta bendición.
El Salmo canta el gozo de la Ascensión
de Jesús al Padre: "Pueblos todos batid palmas".
Sobre la Ascensión del Señor
"Jesús se va bendiciendo y permanece en bendición. Sus manos
quedan extendidas sobre el mundo.
Las manos de Cristo que bendice son como un techo que nos protege. Pero son al
mismo tiempo un gesto de apertura que desgarra el mundo para que el cielo penetre en Él y llegue a ser en Él una presencia. En el gesto de las manos que bendicen
se expresan la relación duradera de Jesús con sus discípulos, con el mundo. En
el marcharse, Él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos
y abrir el mundo a Dios".
Benedicto XVI
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