A la luz de la Encarnación redentora de Cristo, todo creyente está
llamado a ser “santo”, “hijo en el Hijo”, expresión suya ante el Padre y los
hermanos, “para alabanza de su gloria”. De este modo todos estamos llamados a
“recapitular en Cristo todas las cosas”, “marcados con el sello del Espíritu
Santo” (Ef 1,4-13). Corresponde a la llamada universal a la santidad como
“perfección de la caridad”.
La realidad de la
consagración es una acción divina, puesto que es un don de Dios e
iniciativa suya. Al mismo tiempo, Dios quiere y hace posible la colaboración
libre de la persona. Se puede decir, pues, que Dios consagra (con su iniciativa y don de
gracia) y que la persona se
consagra a Dios. Esta base teológica está en armonía con la
Alianza esponsal (el "sí" de Dios y el
"sí" del hombre).
Dimensión misionera de la consagración mariana
La consagración
mariana, personal o comunitaria, indica una entrega a los planes
salvíficos de Dios en Cristo, como ella y con ella. Hay, pues, una
"entrega" y una "confianza" en la función materna de María.
Es una donación a Cristo por
medio de "la Señora", para recibir el Espíritu Santo.
Se recuerda a San Ildefonso de Toledo como el primer Padre de Occidente
que habla sobre la consagración a María. San Juan Damasceno es el primero en el
Oriente. "
Al "entregarse"
y "confiarse" a María, se toma conciencia de la actitud
mariana del "fiat", "Magnificat" y "stabat",
transformándola en una actitud relacional de fidelidad a sus palabras:
"Haced lo que él os diga" (Jn 2,5). Consagrarse y confiarse a María significa,
pues, comprometerse
como ella (y con su presencia y ayuda materna) a ser discípulos de Cristo, ser
fieles a la Palabra de Dios y a la acción
santificadora y evangelizadora del Espíritu Santo.
La consagración al Corazón Inmaculado de María según Papa Francisco:
“Madre de Dios y nuestra, nosotros solemnemente encomendamos y
consagramos a tu Corazón inmaculado nuestras personas, la Iglesia y la
humanidad entera, de manera especial Rusia y Ucrania” …
“Los labios de María pronunciaron la frase más bella que el ángel
pudiera llevar a Dios: «Que se haga en mí lo que tú dices» (Lc 1, 38) … Es la
participación más íntima en su proyecto de paz para el mundo. Nos consagramos a
María para entrar en este plan, para ponernos a la plena disposición de los
proyectos de Dios” …
“Que Ella tome hoy nuestro camino en sus manos; que lo guíe, a través de
los senderos escarpados y fatigosos de la fraternidad y el diálogo, por el
camino de la paz… Madre, queremos acogerte ahora en nuestra vida y en nuestra
historia. En esta hora la humanidad, agotada y abrumada, está contigo al pie de
la cruz. Y necesita encomendarse a ti, consagrarse a Cristo a través de ti”.
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