"Lauda, Sion, Salvatorem"
La nueva Sión,
Jerusalén espiritual, donde se reúnen los hijos e hijas de Dios de todos los
pueblos, lenguas y culturas, alaba al Salvador con himnos y cantos, "cum
hymnis et canticis".
En efecto, son
inagotables el estupor y la gratitud de la Iglesia por el don de la Eucaristía.
Este don supera
toda alabanza: "Jamás podrás alabarle lo bastante" (Secuencia del
Corpus).
La bellísima
antífona del "Magnificat" de las II Vísperas expresa admirablemente
el misterio eucarístico: "O sacrum convivium in quo Christus sumitur;
recolitur memoria passionis eius, mens impletur gratia, et futurae gloriae
nobis pignus datur".
Cada vez que nos
reunimos para celebrar la Eucaristía "proclamamos la muerte del Señor
hasta que vuelva", "donec venies".
El fruto precioso
es la unidad del Cuerpo místico: "la Eucaristía hace la Iglesia y la
Iglesia hace la Eucaristía".
Ciertamente, sin
el Bautismo y la Eucaristía, la Iglesia no sería.
En la santísima
Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber: Cristo
mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da
la vida a los hombres, vivificada y
vivificante por el Espíritu Santo.
La Secuencia
termina con esta súplica: "tuos ibi commensales, cohæredes et sodales, fac
sanctorum civium", "admítenos en el Cielo entre tus
comensales y haznos coherederos en compañía de los que habitan la ciudad de los
Santos".
Tanto
la Misa como el Oficio fueron compuestos por
santo Tomás de Aquino.
Reclamamos la
atención sobre el segundo responsorio del Oficio: "V. Reconoced en el pan
al mismo que pendió en la cruz; reconoced en el cáliz la sangre que brotó de su
costado. Tomad, pues, y comed el cuerpo de Cristo; tomad y bebed su
sangre. Sois ya miembros de Cristo.
R. Comed el
vínculo que os mantiene unidos, no sea que os disgreguéis; bebed el precio de
vuestra redención, no sea que os despreciéis».
En el Ciclo B las
lecturas de la solemnidad son una intensa referencia al misterio del Cáliz y de
la Preciosísima Sangre del Señor.
En el Evangelio,
la narración de la institución de la Eucaristía según Marcos.
El Señor, como a
los discípulos, nos encarga una cierta preparación de la mesa eucarística, pero
el protagonista es Él.
Es Jesús quien
realiza lo completamente imprevisible y grandioso, toma pan ordinario y dice:
"Este es mi cuerpo". Y aún más incomprensible que lo primero, toma el
cáliz, y dice: "Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por
muchos".
Anticipa así el
derramamiento de la Sangre en la Cruz.
Remite al origen
de la primera alianza en el Sinaí, tal como escuchamos en la primera
lectura.
La antigua
alianza se consuma cuando el mediador definitivo aparece ante el Padre
"con su propia sangre".
Así expía los
pecados de la humanidad y sella una Alianza nueva.
El derramamiento
de sangre de los sacrificios, presente en todo el Antiguo Testamento, culmina y
se realiza en Él "en virtud del Espíritu eterno" (Hb 9,14).
El Salmo confirma
que las lecturas versan en este ciclo sobre el misterio del Cáliz.
Así, la Iglesia
canta: "Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre".
Un detalle
precioso de la actualización sacramental se encuentra en el Canon romano,
cuando en las palabras previas a la consagración del cáliz se dice: "Del
mismo modo, acabada la cena, tomo este cáliz glorioso" "praeclarum
calicem".
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