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domingo, 18 de enero de 2026

LA GLORIA DEL MESÍAS

 

El II Domingo del Tiempo ordinario participa en los tres ciclos del resplandor de la Epifanía.

Las primeras manifestaciones de Jesús revelan su gloria como Mesías.

Las antífonas de entrada y de comunión evocan todavía el misterio de la manifestación del Señor.

Es característico que los Evangelios, en los tres ciclos, pertenezcan al IV Evangelio: "el Evangelio de los signos y de la gloria".

 

Misa: Is 49, 3. 5-6; Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b. 9. 10; 1 Cor 1, 1-3; Jn 1, 29-34

 


El resplandor de la teofanía del Señor justifica que se proclame un fragmento del IV Evangelio.

Juan, el Precursor, presenta Jesús al pueblo: venía de los silencios y le señala como "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".

Juan no lo conocía, aunque Lucas cuenta que era pariente suyo y, por tanto, significa que no sabía que era el Mesías.

Sin embargo, el precursor del Señor tiene tres indicios: el Señor "existía antes que él y está por delante de él; ha visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él"; y ha oído la voz del Padre que se lo indicaba.

Con ello le es revelado que él ya existía, esto es, que venía del Padre, de su eternidad.

Él "existía antes" porque el Verbo no fue creado, sino engendrado.

Verbo subsistente con el Padre en una relación de conocimiento y de amor, "perichoresi".

Él es el Mesías, el Ungido, y por esta condición puede "quitar el pecado del mundo".

El pecado del mundo, también nuestro, lo llevará a la Cruz: para redimirnos y darnos nueva vida.

Cordero de la nueva Pascua, Cordero que en el designio del Padre es inmolado desde la creación del mundo (Ap 13,8).

Este es el destino del siervo de Dios según Isaías, en la primera lectura.

La teofanía del Jordán, según el IV Evangelio, es también trinitaria: la del Padre que revela al Hijo en el Espíritu Santo.

Este Evangelio es un icono de la Santa Trinidad.

Por ello, la bendición que Pablo da a los Corintios es la del Padre, y la del Hijo, con la gracia y la paz del Espíritu Santo.

Los cristianos, convocados en la Iglesia, "santificados en Jesucristo y llamados santos", son testigos, heraldos y precursores del Señor que viene.

Todos hemos de cantar con el Salmo: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".

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