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viernes, 16 de enero de 2026

TIEMPO ORDINARIO

 

El Tiempo ordinario no es de ninguna manera un tiempo débil o menos intenso con relación a los tiempos que el lenguaje litúrgico actual indica como "Fuertes", Adviento, Cuaresma y Pascua.

Que no sea un tiempo fuerte, según la terminología en uso, no quiere decir que sea un tiempo de menor intensidad.

Los tiempos fuertes no debilitan este período del Año litúrgico.

Al contrario, el Tiempo ordinario se convierte en un tiempo intensísimo de la vida cristiana.

En este tiempo no se celebra ningún misterio particular de Cristo, cada Domingo se celebra su gloriosa Resurrección, escuchando la Palabra y repitiendo la  Fracción del Pan: de este modo vamos contemplando el Misterio de Cristo y configurando la vida cristiana.

La sucesión del primer día de la semana, el Domingo, "Día del Señor", constituye lo más determinante y sustancial en el culto cristiano.

El ciclo semanal es previo al ciclo temporal e, indudablemente, es de   tradición apostólica: pertenece a lo que la Iglesia ha recibido de su Señor y que ha celebrado siempre y en todas partes, "semper et ubique".

La importancia de este período del año para el crecimiento de la vida espiritual cristiana puede constatarse en el hecho de que este tiempo abarca la parte más extensa del Año litúrgico.

Los Domingos del Tiempo ordinario son motivo para profundizar en la Liturgia de la Iglesia.

La comunidad eclesial debe saber realmente lo que hace cuando celebra los Santos Misterios.

Sabe que se reúne en obediencia a la Palabra del Señor y que cada Eucaristía es una manifestación del Señor de la gloria, y humildemente acoge su presencia.

Sabe también que es presidida por quien, gracias al ministerio del orden sacerdotal, se ha identificado con Cristo Cabeza, por lo que puede saludar a la asamblea como el Señor Resucitado; y como en la Sinagoga de Nazaret, sabe que todos los ojos están puestos en el Señor que proclama la Palabra.

Abrimos el "Libro de la vida" y escuchamos las Palabras del Señor.

Las escuchamos como palabras referidas a nosotros, como relatos abiertos que nos incluyen.

El cristiano conoce, ama y vive tanto la Palabra del Señor que él mismo debe formar parte del paisaje y del paraje del Evangelio.

Nos ponemos de pie para escuchar el Evangelio y cantar el "aleluya": significa que lo que vamos a escuchar es la Palabra del Señor Viviente.

San Gregorio enseña: "La Palabra de Dios es glorificada cuando es predicada y orada, ysobre todo cuando es vivida y germina en el corazón".

El don inestimable de la Palabra divina, las riquezas inagotables que esconde, la necesidad que de ella tiene la persona humana como luz para su camino existencial y alimento de la vida espiritual, la dificultad de su inteligencia limitada ante la sabiduría infinita que habla en estas páginas, hacen necesario el esfuerzo sincero y el  afán generoso en el estudio y en la meditación de éstas.

La experiencia del predicador es gratificante si su predicación no busca  el  protagonismo, si realmente adquiere el tono del Buen Pastor que enseña pacientemente los misterios del Reino, consciente de la limitación de su palabra y de la perentoria necesidad del don de Dios, el único que puede hacer germinar la Palabra que predica.

El Espíritu sopla siempre cuando se proclama la Escritura, y permite que las palabras de la predicación sean vivas.

También por el Espíritu, los significados de la Escritura adquieren un relieve infinito, siempre nuevo, como un horizonte vastísimo de montañas, abierto totalmente.

¡Esto indica hasta qué punto los lectores han de ejercer el ministerio con unción y preparación!

¡Hasta qué punto la predicación debe ser preparada y debe nacer de la oración ardiente y de la contemplación de la Palabra!

La Liturgia de la Palabra debe ser realizada con el máximo respeto. Durante esta Liturgia nada debe distraer.

Sólo hay el canto gozoso del Salmo y la atención pura.

Hemos de permanecer a los pies de Jesús, escuchándolo como María, y sabiendo que las palabras que recibimos son nuestra vida y para la vida.

Uno podría pensar que el Año litúrgico es un ciclo cerrado que se repite de año en año.

No porque se repita es lo mismo.

El memorial que celebra, durante los tres ciclos, A, B, C, son las maravillas de salvación realizadas por Dios en Jesucristo: así pues, el Año litúrgico no mira al pasado, mira al presente y al futuro. 

Está orientado hacia un término: la venida del Señor en Gloria, al final del tiempo, y del tiempo de cada uno, que es la muerte.

Toda la vida cristiana está orientada hacia el retorno de Cristo y este deseo de encontrarse con Cristo y cara a cara con Dios, requiere que el cristiano enriquezca progresivamente su fe, su vínculo con Dios, es decir, una conversión permanente.

El Tiempo ordinario ofrece esta posibilidad y nos invita, en fidelidad al Evangelio, a morir a todo lo que obstaculiza la libertad que Cristo inauguró en la mañana de Pascua.

La celebración continua del Domingo, día del Señor, en el tiempo en el cual no celebramos ningún aspecto particular de su misterio, no deja de ser una llamada permanente a la conversión y a la recepción de la gracia que puede convertirnos.

Únicamente ella puede convertirnos.

 

INDICACIONES PASTORALES PARA EL TIEMPO ORDINARIO

 

1.- Lo estimulante desde el punto de vista pastoral para estos Domingos no es una creatividad desmesurada de signos que no concuerdan con el espíritu de la Liturgia.

Lo realmente estimulante es asegurar la "calidad" de la celebración.

Esto se consigue por la participación activa de los fieles, por el arte de saber presidir, y  por una predicación cordial, de contenido acorde con la Palabra proclamada.

El común denominador es la "actitud orante".

No representamos nada para nadie: lo que hacemos en la celebración no es algo nuestro, sino del Señor.

2.- Hay que aplicar el principio de "gradualidad".

Poco a poco hay que ir trabajando aspectos de la celebración según las posibilidades  de cada comunidad.

Así, paulatinamente, los fieles van entrando en el "sensus" litúrgico y gozan en ello.

La fidelidad a las normas litúrgicas, con el pasar del tiempo, se ve que es siempre  el mejor criterio.

3.- La celebración debe prepararse en su globalidad y en los detalles.

Nada debe dejarse a la improvisación.

La importancia de los llamados "equipos de litúrgia" es fundamental.

Deben ser equipos compuestos por personas bien formadas, apasionadas por la belleza de la acción litúrgica.

4.- Son importantes el canto y la música.

No hay que preguntarse: "¿Hoy qué cantamos?" sino: "¿Hoy qué toca cantar?".

Hay que elegir el canto en función del día litúrgico, del momento de la celebración.

Hay que insistir en el ministerio del "salmista".

Un Salmo responsorial implica siempre el canto.

No cualquier canto y melodía son aptos para la Liturgia.

Evítese en la medida de lo posible la música reproducida.

Es importante el "pequeño coro": no se puede dejar sola a la asamblea cantando.

El director de canto de la asamblea debe ser muy discreto y no acaparar la atención.

La repetición de cantos es buena puesto que se interioriza y entra en el alma de la asamblea.

Un canto "se sabe" cuando ya no necesita el soporte del Cantoral o de la hoja para  cantaros.

El canto en la procesión de la comunión debe ser muy delicado: nada debe distraer a los fieles que se acercan a recibir los sagrados Dones.

5.- En las Misas parroquiales participan frecuentemente, cosa que siempre es un gozo, niños y niñas de la catequesis.

Esto no debe llevar a infantilizar la Misa ante los fieles.

Al final siempre cansa.

Hay que encontrar el justo equilibrio en el lenguaje dirigidos a los pequeños y a su participación.

6.- Es importantísima la proclamación de la Palabra.

La calidad de su amplificación, la calidad de su proclamación.

El "lectorado" es un ministerio objeto de aprendizaje continuo.

7.- Hay que aplicar el principio de "gradualidad" en cada tiempo litúrgico y en las  solemnidades.

No se puede celebrar la Liturgia del día de Pascua igualándola a la Liturgia de un Domingo de agosto en el Tiempo ordinario.

8.- Pastoralmente, hay que ser muy sobrios y medidos en la celebración de las  jornadas eclesiales, "DomundOctavario de oración por la unidad, Domingo de la Palabra, Jornada Mundial de los Pobres, etc. que nunca han de desplazar la Liturgia dominical.

Si se incide demasiado en ellas pueden aparecer como calcomanías superpuestas  sobre los Domingos.

Las referencias a estas jornadas eclesiales encuentran su lugar en la homilía, en la  monición inicial y, como lugar propio, en la Oración de los fieles.

9.- Muchas veces, en las comunidades parroquiales se quiere imitar la Liturgia monástica o la catedralicia.

Es siempre una equivocación.

La "statio paroecialis" tiene teológicamente en  misma mucha entidad y adquiere un   estilo celebrativo propio.

No hay que menoscabarla.

Es la asamblea santa del pueblo santo de Dios que celebra los Santos  Misterios, y el sacerdocio ministerial adquiere allí plenitud de significado.

La Liturgia debe aparecer como una "actio" de toda la comunidad que participa en ella, en su diversidad y heterogeneidad.

Por la escasez de sacerdotes y de fieles debe recuperarse la "Missa maior" celebrada gozosamente, sin prisas y como expresión de la Iglesia en el lugar propio.

Sin olvidar que, en cualquier asamblea reunida legítimamente y presidida por un sacerdote, en comunión con un obispo, está toda la Iglesia de Cristo, por pobre y poco numerosa que sea (cf. LG 26).

La Misa parroquial es la manifestación visible del Pueblo santo de Dios, sin ninguna posterior determinación.

Allí crece como Iglesia, misionera y caritativa.

Las asambleas litúrgicas parroquiales no deben imitar a nadie, son medulares en sí mismas.

Ellas merecen la acción litúrgica más esmerada y digna.

También la mejor preparada.

La belleza de la celebración viene de su autenticidad, aunque las formas externas pueden ser pobres o sencillas.

10.- Descúbrase y foméntese el silencio en la celebración: "El silencio forma parte de la  celebración" (OGMR n. 45).

La Liturgia se celebra en el ámbito del silencio orante tanto de los fieles como de los ministros.

Es un silencio de apropiación de la Palabra y de la santa Anáfora (OGMR nn. 55 y 78)  para "lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu Santo en los corazones" (OGLH n. 202).

En diversos lugares se recomienda en los libros litúrgicos el silencio (cf. OGMR nn. 45, 56, 174).

Es un silencio meditativo, orante y de recogimiento.

Evítese la horrorosa costumbre de decir "Oremos" y no dejar un espacio de silencio significativo; lo mismo para el "Acto penitencial".

El silencio muchas veces es el elemento más descuidado, más sacrificado, en nombre de una "participación" concebida falsamente.

Se olvida que por la intensidad con que se vive este silencio se puede medir el grado de  capacidad y de preparación de los fieles para la verdadera participación.

La naturaleza del silencio es ser un silencio "sagrado", es decir, que pertenece a Dios.

La asamblea, cuando canta, participa en la celebración; pero también cuando calla y reza.

Con el corazón participa en lo más íntimo del Misterio, pues la Liturgia es también "Liturgia cordis".

Acordémonos que el silencio forma parte del sacramento durante la imposición de manos en la "Unción de los enfermos", o durante la imposición de manos en el "sacramento del Orden": silencio, palabras y gestos van juntos.

Naturalmente, no es un callar por callar, sino un silencio "epiclético", que invoca el Espíritu Santo, el cual se expresa con un lenguaje inefable (Rom 8, 26).

El silencio más significativo se da durante la comunión de los fieles.

El canto para la procesión de los fieles debe ser discreto, meditativo, con intervalos de silencio, y prolongado en el silencio adorante.

Nada ni nadie debe molestar a un fiel que acaba de recibir el Cuerpo de Cristo.

Una mayor búsqueda del silencio en la Liturgia es también signo de  una mayor madurez celebrativa.

Una celebración que acumulara un rito sobre otro, que procediera con un ritmo sin pausas… cansaría a la comunidad, y no la edificaría.

11.- Son importantes asimismo las posturas corporales.

La Liturgia se celebra en el Espíritu de la Verdad, y en ello participa nuestra corporalidad.

Los gestos y las posturas corporales, indicadas en los libros litúrgicos, deben respetarse y no dejarse llevar por lo arbitrario.

Cada gesto y cada postura tienen un significado litúrgico que es siempre objeto de la catequesis litúrgica.

La asamblea litúrgica se manifiesta unánime en sus actitudes corporales, y esto es también signo  de la participación activa en la celebración:  "La uniformidad de las posturas, que debe ser observada por todos los participantes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para la  sagrada Liturgia: expresa y promueve, en efecto, la intención y los sentimientos de los participantes" (OGMR n. 42).

La fe eucarística se manifiesta en las genuflexiones pausadas del celebrante después de la mostración del Sacramento, y en los fieles que se arrodillan durante la consagración de los dones o inclinándose profundamente si no pueden arrodillarse, "veneremur cernui" (OGMR n. 43).

Es una participación que nos hace caer de rodillas.

Estar arrodillados y adorar es lo mismo: si esto no se percibe, es puro formalismo.

También se manifiesta en el modo como se reparte y se recibe la Sagrada Comunión.

La Liturgia es siempre una "prosternatio" de la "ecclesia" ante el "Kýrios" de la gloria.

Antes de nuestra participación está la participación de Dios en nuestra celebración.

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