"Con la Misa que tiene
lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia
comienza el Triduo Pascual y evoca aquella última cena, en la que el Señor
Jesús, la noche en que fue traicionado, habiendo amado a los suyos hasta el extremo
(los suyos que estaban en el mundo), ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre
bajo las especies del pan y del vino, y las entregó a los apóstoles para que
las sumieran, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también
las ofrecieran" (Caeremoniale episcoporum, n. 297).
De la mistagogía de los
Padres:
"Fue una tarde
perfectísima, en la que Cristo cumplió la verdadera Pascua; fue una tarde, la
última tarde, en la que Cristo selló su doctrina; tarde, cuyas tinieblas fueron
iluminadas; tarde, que hizo nueva la décima cuarta luna del día del sol; Dios
mandó aquel día que la sinagoga inmolara el cordero de la décima cuarta luna de
Nissan y que cada año fueran preparados los ácimos.
En la noche, pues, de
aquella Pascua, otorgó a su Iglesia el mandato que renovara la memoria del
Cordero, Hijo de nuestro Dios.
El cual, antes que para
nosotros fuera entregado a la muerte, dio su Cuerpo y su Sangre. Aquella tarde,
en la que los judíos usaban los ácimos, Jesús constituyó la Iglesia heredera de
su Sangre ante el mundo.
Oh tarde gloriosa, ¡en la
que se cumplieron misterios tan grandes!
¡Fue sellada la antigua
alianza, y la Iglesia de los gentiles fue enriquecida!
Tarde bendita, tiempo
bendito, en el que la Cena fue consagrada; mesa bendita que se convirtió en
altar para los apóstoles.
En aquella Cena el Señor
nos dio el alimento espiritual y la
bebida espiritual, como lo
había predicho Isaías".
San Efrén (sermón
IV)
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