En este día, en que "Cristo nuestro Cordero pascual ha sido
inmolado", la Iglesia, meditando sobre la Pasión de su Señor y Esposo y
adorando la Cruz, conmemora su nacimiento del costado de Cristo dormido en la
Cruz e intercede por la salvación de todo el mundo.
El centro de la celebración
es la proclamación de la Pasión y Muerte de Jesús, que, según antigua tradición
es de San Juan "el que lo vio da testimonio, y su testimonio es
verdadero".
La cima del relato son las
palabras de Jesús. "Está cumplido": el designio del Padre, la
obediencia del Hijo y la entrega del Espíritu Santo.
La oración hoy es más que
nunca universal, ruega por todo y por todos, porque no hay nada ni nadie que
quede excluido de la redención de Cristo.
Adora con un inmenso amor
la Cruz del Señor y se une a sus sufrimientos, incluso con la comunión
eucarística.
Una Eucaristía que sólo hoy
no rompe el ayuno. Del cual el Concilio Ecuménico afirma: "Téngase como
sagrado el ayuno pascual; que ha de celebrarse en todas partes el Viernes de la
Pasión y Muerte del Señor y aun extenderse, según las circunstancias, al Sábado
Santo, para que de este modo se llegue al gozo del Domingo de Resurrección con
ánimo elevado y entusiasta" (SC n. 110).
De la mistagogía de los
Padres:
"Gloria a Ti, amigo de
los hombres.
Gloria a Ti, oh
misericordioso.
Gloria a Ti, oh magnífico.
Gloria a Ti, que ha venido
a salvar nuestras almas.
Gloria a Ti, que fuiste
atado a la columna.
Gloria a Ti, que fuiste
flagelado.
Gloria a Ti, que fuiste
escarnecido.
Gloria a Ti, que fuiste
clavado en la Cruz.
Gloria a Ti, que fuiste
sepultado y has resucitado.
Gloria a Ti, glorificado
por los hombres que han creído en Ti.
Gloria a Ti, que has subido
a los cielos.
Gloria a Ti, que te has
dignado salvar al pecador, por tu misericordiosa bondad»
San Efrén (Sermón IX)
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