«Con la Misa que tiene
lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia
comienza el Triduo Pascual y evoca aquella última cena, en la que el Señor
Jesús, la noche en que fue traicionado, habiendo amado a los suyos hasta el
extremo (los suyos que estaban en el mundo), ofreció a Dios Padre su Cuerpo y
su Sangre bajo las especies del pan y del vino, y se las entregó a los
apóstoles para que las sumieran, mandándoles que ellos y sus sucesores en el
sacerdocio también las ofrecieran» (Caeremoniale episcoporum n. 297).
La celebración de hoy es como unas I Vísperas
de todo el tríduum, vivido litúrgicamente como una unidad de tiempo, marcado
por las horas de oración (las Horas Santas) y las convocatorias eclesiales.
Esta es la razón por la que
se omite el rito de despedida. Se dirá solemnemente en la Vigilia Pascual, con
el doble aleluya, para significar el final del triduo.
La antífona de
introducción: "Nos autem gloriari"
-propiamente la antífona de entrada de todo el triduo- es como la
Iglesia inicia la gran celebración de la Pascua:" Nosotros hemos de
gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo". ¿De qué otra cosa
puede gloriarse la Iglesia sino de ésta?
Así la asamblea se
introduce y se dispone a participar de la Hora de Jesús (Jn 13,1) en la que el
Señor nos ama hasta el extremo (télos).
Antiguamente, se tocaban
las campanas en el momento del Gloria para anunciar a todos que los cristianos
habían iniciado la celebración de la Pascua.
Esta costumbre, según la
oportunidad, en algunos lugares aún perdura. Tiene relación con las campanas
que resonarán la Noche de Pascua, cuando los creyentes cantarán el aleluya de
la Resurrección.
La palabra del Señor sobre
el mandamiento del amor viene acompañada del icono del lavatorio de los pies,
significativa y visual: el "Mandatum Domini".
Nadie puede censurar al
Papa Francisco por haber dado una
significación más profunda a la rúbrica.
No es mimesis pura, es un
gesto cuasi sacramental (en Mysterio); es tener parte en el sacerdocio real del
Señor ("Si non lavero te, non habes partem mecum").
El mandamiento nuevo (nunca
envejecido), los cristianos sólo lo podemos vivir por la recepción del Espíritu
del amor del Hijo ("como yo os he amado" tiene un valor causal:
“porque yo os he amado y os he demostrado mi amor”).
Este amor es el que
subsiste: "Hay tres cosas que permanecen (…); pero la más importante es el
amor" (1Co 13,13).
Es la única celebración del
año en que el Misal indica el contenido de la homilía sobre los grandes
misterios que hoy se conmemoran: la institución de la Eucaristía y del Orden
sacerdotal, y el mandato del Señor sobre la caridad fraterna.
La densidad sacramental de
la celebración es altísima en el Canon Romano (en el relato de la institución),
cuando se dice: "El cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación
y la de todos los hombres" y en la consagración del vino se dice:
"hunc praeclarum calicem".
Con este realismo, la
liturgia hace participar de la Cena del Señor y, de hecho, todos
(espiritualmente) estamos en el Cenáculo.
Después prosigue la
adoración silenciosa, amorosa y agradecida, ante el sacramento del Amor, hasta
la medianoche, cuando comienza el misterio del Gran Viernes de la Muerte del
Señor.
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