En este día, en que «Cristo
nuestro Cordero pascual ha sido inmolado”, la Iglesia, meditando sobre la
Pasión de su Señor y Esposo y adorando la Cruz, conmemora su nacimiento del
costado de Cristo dormido en la Cruz e intercede por la salvación de todo el
mundo.
El centro de la celebración
es la proclamación de la Pasión y muerte de Jesús, que, según antigua tradición
es la de san Juan: el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero.
La cima del relato son las
palabras de Jesús «Está cumplido»: el designio del Padre, la obediencia del
Hijo y la entrega del Espíritu Santo.
La celebración comienza con
el silencio de todos, también con la postración de los ministros y de la
asamblea arrodillada.
Esta es la condición del
viejo Adán si Cristo no la hubiera elevado.
La oración de los fieles es
hoy más que nunca universal: ruega por todo y por todos, porque no hay nada ni
nadie que quede excluido de la redención de Cristo.
Bajo la cruz del Redentor,
la Iglesia, en pie como María, se acuerda también de todos sus hijos e hijas,
por los que ha muerto el Salvador.
La Iglesia adora con un
inmenso amor la Cruz del Señor y se une a sus sufrimientos, incluso con la
comunión eucarística.
Una Eucaristía que sólo hoy
no rompe el ayuno. Del cual el Concilio Ecuménico afirma: «Téngase como sagrado
el ayuno pascual; que ha de celebrarse en todas partes el Viernes de la Pasión
y Muerte del Señor y aún extenderse, según las circunstancias, al Sábado Santo,
para que de este modo se llegue al gozo del Domingo de Resurrección con ánimo
elevado y entusiasta» (SC 110).
La cruz, presentada o
desvelada, adorada por todos, es entronizada en el altar y la antífona
antiquísima y que cantan todas las Iglesias: «Tu Cruz adoramos, Señor, y tu
santa Resurrección alabamos y glorificamos, por el madero ha venido la alegría
al mundo entero», expresa admirablemente el gesto litúrgico, casi sacramental.
Hay que hacer un esfuerzo
para que la asamblea cante el trisagio en los improperios. El trisagio se canta
cuando se manifiesta la santidad de Dios y la cruz es manifestación suprema de
la santidad divina (su amor).
Ciertamente es un día
velado por el llanto de la hija de Sión que llora la muerte del hijo unigénito,
pero en su llanto se vislumbra ya su victoria: por eso los ornamentos del día
no son morados, sino rojos, ya que el Señor es el rey de los mártires.
Es ya un presentimiento de
gloria.
La proclamación de la
Palabra de Dios es el centro de la celebración de hoy. Realmente, las lecturas
aparecen alrededor de la cruz de Jesús, que ocupa el centro. Es un misterio tan
grande de amor y de donación que en sí mismo es inagotable: sólo puede ser
amado y adorado.
Las tres lecturas tienen en
común que el Señor sufrió.
En la segunda lectura, es
el sumo sacerdote quien a gritos y con lágrimas se ha ofrecido él mismo para
convertirse en autor de nuestra salvación eterna. Él mismo es el oferente y la
ofrenda.
En el Evangelio de san Juan
es «el rey entronizado en la cruz» quien cumple para nosotros todo lo que
estaba escrito de él en la Escritura.
Él es rey desde la cruz, y
son sus enemigos quienes le entronizan.
Antes, sin embargo, su
realeza se manifiesta en ser testimonio de la verdad (la de Dios Padre).
El mismo Pilato lo presenta
con ironía ante el pueblo: "¿A vuestro rey voy a crucificar? Entonces lo
entrega (se lo entregó) para ser crucificado".
Su realeza es anotada en el
titulus de la cruz en las tres lenguas del mundo (hebreo, latín y griego).
La cruz se manifiesta como
el «trono real» desde donde Él atrae a todos los humanos.
Desde la cruz, confía su
madre al discípulo amado, y también desde la cruz hace la gran súplica por el
agua del Espíritu, con el versículo de los Salmos: "Tengo sed".
Aquel que tiene sed del
Espíritu es el mismo que entrega el Espíritu a la Iglesia, representada por
María y el discípulo amado "inclinato capite emissit spiritum".
Finalmente, su costado
abierto se convierte en una fuente de donde brota incesante -por los siglos de
los siglos- el agua y la sangre (bautismo y eucaristía).
Allí, la Iglesia nace del
costado abierto del nuevo Adán.
La primera experiencia de
la Iglesia es sentirse amada por el Señor ya que la muerte del Hijo muestra
hasta qué extremo amó Dios al mundo, entregando a su Hijo por nosotros.
Desde la cruz dirá, como
última palabra: "Está cumplido", que significa: «Todo ha llegado a la
plenitud» y, por tanto, «nada ha terminado, todo vuelve a empezar». Impresiona
cada Viernes Santo (la Parasceve en las liturgias occidentales) escuchar las
palabras del evangelista Juan: "El que lo vio da testimonio".
La riqueza simbólica del
relato es enorme.
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