Tercer
día del Triduo Pascual
Vigilia
Pascual en la noche Santa
La oración colecta, previa a la lectura del Apóstol, invoca a Dios que ha
iluminado «esta noche santísima con la gloria de la resurrección del Señor».
Es la noche en que se celebra la «Madre de todas las vigilias»: la
Iglesia alaba a Dios porque «Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado»
(Prefacio I de Pascua).
La Pascua de Cristo es también nuestra Pascua: «En la muerte de Cristo
nuestra muerte ha sido vencida, y en su gloriosa resurrección hemos resucitado
todos» (Prefacio II de Pascua).
La Iglesia se siente participante del paso-éxodo de Cristo a través de la
muerte a la vida.
Ella misma renace y disfruta suplicando «que los sacramentos pascuales
que inauguramos nos hagan llegar, con tu ayuda, a la vida eterna» (oración
sobre las ofrendas): por el Bautismo se sumerge con Cristo en su Pascua; por la
Confirmación recibe el Espíritu de la vida a modo de sello; y en la Eucaristía
participa del Cuerpo y la Sangre de Cristo, como memorial de su muerte y
resurrección.
Con alegría, la comunidad, cantando el Salmo Sicut cervus, se dirige a la
fuente bautismal para proclamar las maravillas del nuevo nacimiento por medio
del signo del agua.
Porque Cristo ha resucitado y vive en la gloria del Padre y en la
donación constante del Espíritu Santo, la Iglesia celebra con eficacia
salvadora la Iniciación cristiana para los catecúmenos y también para los
fieles que renuevan el Bautismo (renovar significa partir de la primera gracia)
y celebran el banquete eucarístico.
La liturgia es precedida del bello lucernario.
Conviene dar el máximo valor a la proclamación del Evangelio.
Es el primer Evangelio (Evangelio alpha) que los contiene todos y por el
que todos adquieren sentido.
Es realmente la Buena Noticia, magnífica e inaudita, de la resurrección
de Cristo.
Para llegar a este Evangelio se han escuchado las «profecías» del Antiguo
Testamento (creación, sacrificio de Isaac, éxodo, el anuncio de la nueva
alianza, el agua de la vida).
Las profecías vienen acompañadas por el canto de los Salmos -transidos de
sentido pascual- y de las oraciones colectas que indican la interpretación
cristológica de cada texto.
Son oraciones antiquísimas y muy bellas teológicamente.
El Evangelio de la resurrección es el punto culminante (punctum saliens)
de la celebración de la liturgia de la Palabra (tanto en la Vigilia como el día
de Pascua).
La salmodia de la noche de Pascua es espléndida y hay que hacer todo lo
posible para que sea cantada.
Son Salmos de amor de la Esposa enamorada: el Señor que ha entregado su
vida por ella.
En algunas liturgias, como ya consta en la obra Peregrinación de Egeria,
es el mismo obispo quien proclama el Evangelio de la resurrección la noche de
Pascua (no hay ningún inconveniente en que, en la noche de Pascua, en la
catedral, sea el obispo quien, si quiere, proclame hoy el Evangelio).
Después prosigue la liturgia del Bautismo con la procesión al
baptisterio, la letanía de los santos (la tal nube de testigos de que habla Hb
12,1), la bendición del agua… como anamnesis de las maravillas de Dios obradas
por el signo del agua. Y la epíclesis del Espíritu: el Espíritu de la cruz, de
la resurrección, de Pentecostés, de la divina Plenitud.
También el Bautismo de los elegidos y/o la renovación del Bautismo de los
fieles.
Renovar tiene, esta noche, el sentido fuerte de “hacer nuevo” el
Bautismo, como si acabáramos de ser bautizados aquellos que con cirios
encendidos en las manos hemos efectuado la triple renuncia y la triple adhesión
a la fe.
Finalmente, como plenitud de todo, el banquete eucarístico: banquete
nupcial, luminoso y festivo.
Los dones son presentados por los neófitos o por los fieles.
Dones que el Señor mismo devolverá a la Iglesia como ofrendas más
excelentes: como su Cuerpo y su Sangre.
Lo hace por la plegaria siempre escuchada, la Plegaria eucarística, con
el memorial de toda la historia de la salvación -desde los inicios (la
creación) hasta la culminación (la resurrección y Pentecostés)-.
Oración que incluye también la narración de la Santa Cena, la ostensión
de los Dones con la invocación (precedente y procedente) del Espíritu Santo
sobre las ofrendas y sobre nosotros, con la intercesión por toda la Iglesia,
por los vivos y por los difuntos.
Nuestra conversión hace más grande el gozo de los santos (en el cielo
habrá más alegría según Lc 15,7), y hacemos memoria de quienes nos han
precedido en el «signo de la fe» (el Bautismo).
Habiendo recitado la Plegaria eucarística, habiéndonos dado el ósculo de
la paz (¡tan lleno de gozo en esta noche!), y habiendo partido el Pan, los
fieles ansiosos participarán del banquete del Reino en la noche llena de luz, y
así gustarán y verán "qué bueno es el Señor".
Es la Iglesia que escucha la palabra de su Esposo: «Iglesia mía, no
ayunes más. Entra en mi alegría y en mi reposo».
Noche del Domingo de Pascua, Domingo de todos los Domingos, el Domingo
perenne, fiesta de todas las fiestas.
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