“Y
la Palabra se hizo fragilidad,
y
puso su Morada entre nosotros…”
Juan
1, 14
Las finas imágenes de ayer
que todavía se hacen presente en nuestra memoria, evocan toda una experiencia
reveladora del Dios de Jesús. Sin lugar a dudas, las palabras de Francisco
fueron bálsamos para esta hora crítica, nos hizo entender la profundidad del
Evangelio cuando se pasa por la vida. Su mensaje fue capaz de hacer bajar
lágrimas por las mejillas, acelerar el corazón, emocionarnos y revelarnos que
Dios no está lejos.
Pero más allá de las
profundas y hermosas palabras pronunciada ayer, queremos hacer una comprensión
de los gestos silenciosos que hablaron con fuerza. Cuando nos atrevemos a
captar a Dios, cuando dejamos que su presencia portadora de sentido nos
interpele, cuando abrimos la vida sin miedo a la novedad que desea regalarnos,
el silencio es la mejor opción para verlo. Ayer hubo gestos abrumadores, ayer
cada imagen sorprendió nuestra retina, ayer pudimos ver a Dios en el otro
discurso, en los símbolos que estaban ahí.
El primer gesto es un
hombre entrado en años vestido de blanco caminando bajo la lluvia, atravesando
silenciosamente una plaza inmensa apoyado en su cojera, con su mirada profunda
y en sus hombros el miedo y el dolor de la humanidad en estos momentos. Antes
de terminar su caminar, cuando los pasos se hacen más vacilantes, necesita
apoyarse, necesita de otro, necesita una mano que lo ayude a subir. En este
gesto nos damos cuenta que solos no somos capaces, solos no llegamos lejos,
solos nos hundimos en nuestra autosuficiencia. La fragilidad nos confronta con
lo menesterosos que somos, y al mismo tiempo, nos hace entender que la última
palabra la tiene Dios.
El segundo gesto es un
esfuerzo por respirar. Cuando Francisco inicia la oración dándose la bendición
e invitando a todos a orar, le cuesta mantener el aire, su cuerpo se ve forzado
a respirar hondo. Este hombre frágil, con un solo pulmón, entiende lo que está
pasando en el mundo. Su carne vulnerable se une a todas las personas que están
luchando por mantenerse vivas. Dios no está en el balcón mirando pasivamente
desde lejos. Dios está luchando en el mundo para mantener la vida. La
fragilidad del Papa revela al Dios débil que se hace carne de nuestra carne y
desde allí poder ver su presencia auténtica.
El tercer gesto es una
tarde que se va desvaneciendo y que se deja abrazar por la noche, como quien se
rehúsa a morir, pero al final entiende que es su real destino. Cuando miramos
hacia adentro, cuando hemos sido forzados a ir a nuestras casas, entendemos que
durante estos días la vida parece desvanecerse, hay una sensación de victoria
de la pandemia, nos sentimos avasallados por una tarde que nos cae encima con
toda su fuerza y que parece inevitable. Pero más allá de esta sensación, cuando
la tarde, como último atisbo de luz parece perderse en la noche, y
experimentamos el miedo y la soledad, la presencia de Dios siempre estará
latente para sostenernos. No se nos olvide que es en medio de la noche donde
Dios baja a las profundidades de la nuestra vida para resucitarla.
El cuarto gesto son seis
antorchas vacilantes que no se apagan a pesar de la lluvia. A medida que se va
adentrando la noche, la luz permanece fiel. Con el peligro contante de las
gotas de lluvia, arden más fuerte. En estos momentos de gran tormenta la opción
por Jesús es lo que nos mantiene firmes en medio de las borrascas que amenazan
con apagar la vida. La debilidad de aquellas antorchas ante ese inmenso cielo
azul que deja caer sus gotas, son el testimonio que en esta hora de la historia
la salvación vendrá de lo débil del mundo.
El quinto gesto es el
Cristo solitario de San Marcelo. En esta bella figura hay un elemento que ha
sido demasiado elocuente. Cuando Francisco se dirige hacia Él, con su paso
lento, se ve que el agua ha empapado esta imagen. Tras un profundo silencio,
místico y envolvente, la cámara deja ver que el agua corre Cristo abajo. Esto
recuerda aquella fina imagen del evangelista Juan, que en el momento definitivo
de la vida de Jesús, tras ser traspasado por la lanza de un soldado, de su
costado salió sangre y agua. Ayer, silenciosamente, hemos vuelto a entender que
Jesús lo ha dado todo, no se ha guardado nada para sí, ya nadie le puede
arrebatar nada, ni la muerte misma. Lo último que da el cuerpo humano es el
plasma, signo de la entrega total. En esa agua la humanidad entera estaba y en
esta realidad presente, hombres y mujeres lo siguen entregando todo para vida a
otros.
El sexto gesto es un hombre
hablando sin tapabocas y guantes. Ver a Francisco completamente vulnerable,
expuesto, humano, nos enseña que Dios necesitaba hablar más fuerte que nunca,
necesitaba una voz que no estuviera cubierta para regalarnos su palabra que
consuela y anima. Necesitaba unas manos libres para abrazarnos a todos y
hacernos sentir su compañía fiel. En esa plaza inmensa, las murallas se
abrieron más que nunca para alcanzar al mundo entero en un abrazo.
El séptimo gesto es la
Custodia en la puerta de la Basílica. El Resucitado dando la cara al mundo,
mirando de frente la realidad, aconteciendo siempre en salida. Las puertas
abiertas desde donde el Resucitado bendijo el mundo, son signo de que todos
tenemos un lugar en el corazón de Dios. Más allá del miedo que pueda
asaltarnos, Jesús vuelve y nos recuerda como a sus amigos que estaban
encerrados, que Él abre las puertas a una realidad nueva que nos regala la paz.
En la Custodia Jesús ha pronunciado una palabra de esperanza en tiempos de
desolación, en la Custodia Jesús se hizo presente para primerear con su
presencia el camino que estamos recorriendo, en la Custodia Jesús se vuelve a
unir más íntimamente a todos mediante su pequeñez. En esa Hostia el corazón de
un amor entregado sigue latiendo para que nunca nos sintamos solos.
Solamente unos ojos capaces
de captar la presencia sutil de los gestos silenciosos, podrán ver a Dios
aconteciendo en esta historia, sabrán que hay más de lo que se pide, hay más de
lo que se ve, hay más de lo que se reclama escrupulosamente. Al finalizar,
Francisco entrega el Santísimo, quizá esto sea lo más fuerte, pues vimos que en
cada paso que daba la Custodia le pesaba más, estaba haciendo fuerza para
sostenerla; sin lugar a dudas, Dios es de los frágiles, de los débiles, de los
vulnerables. El lugar de la Revelación hoy son los que se encuentran postrados
en las camas de los hospitales del mundo, los que están encerrados en sus casas
contagiados, los que sienten que el cansancio los dobla, los que lo siguen
dando todo para que la vida salga victoriosa.
P. Diego Bedoya
Luis Fernando González
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