Su estatura es de más de
siete palmos. El rostro hermosísimo y atractivo, manifiesta más lo compasivo, y
acostumbra a variar sus colores, según los sucesos, significando que nos asiste
y acompaña en nuestras aflicciones. En la una mano se ve la azucena y en la
otra a su Unigénito Hijo. El Niño está con la cruz al hombro. Tiene inclinada
la cabeza, como llamando a todos, benigna y afable. Las cejas son arcos, no de
indignación para castigarnos, sino iris para defendernos. Sus ojos nos miran
con afabilísimo agrado, como dulcísima Madre de misericordia. A sus pies se
miran arrodillados los inocentes para indicarnos su perpetua protección a la
inocencia. Con su manto extendido, que la cubre, desea acogernos bajo su
misteriosa sombra -que raras veces llega al umbral de su capilla el ruego, que
no logre su apetecido alivio-. Ciñe su cabeza riquísima corona, porque es Reina
soberana que rige con amor maternal a sus innumerables hijos.
Los inmensos beneficios que
brotaron siempre de su trono son tantos que parecen compararse a las arenas del
mar y a las estrellas del cielo; por esto, la devoción a tan insigne imagen se
ha extendido tanto por España y el extranjero, singularmente en las Américas.
De Ella parece brotar el ejercicio de la caridad más cumplida; de manera que no
hay actos de misericordia que no salgan sino del pecho maternal de Nuestra
Señora de los Desamparados.
LA
MADRE DE DIOS DE LOS DESAMPARADOS
Meditación: “Se turbó,
preguntándose qué podría ser éste saludo” (Lucas 1,29). Prudentísima porque
turbada calló, porque obedeció, porque creyó y supo entregarse como esclava de
Dios. ¡Qué modelo para nuestra locuacidad, nuestra poca fe y nuestro orgullo!.
“Las vírgenes prudentes llenaron sus lámparas de aceite” (Mateo 25,4). María la
llenó con fe. “Feliz porque haz creído”. La llenó con amor. “Mi Amado es mío y
yo soy suya” (Cantar de los cantares 2,16). La llenó de esperanza. “Guardaba
todas las Palabras de Jesús en su Corazón” (Lucas 2,51).
Oración: Dios, Padre de
misericordia, a cuantos veneramos a la Virgen María con el entrañable título de
Madre de los Desamparados, concédenos que protegidos por tan tierna Madre,
nunca nos veamos abandonados de tu bondad y sepamos llevar a tus hijos más
necesitados tu amor y misericordia. Por Jesucristo nuestro Señor, Amén.
Decena del Santo Rosario
(Padrenuestro, diez Avemarías y Gloria).
Reflexionar sobre si cumplo
lo que Dios quiere de mí, si hago Su Voluntad, o la mía.

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