Solemnidad con la que la Iglesia católica
celebra el amor de Cristo salvador por los seres humanos, amor cuyo símbolo es
su corazón. Aunque la devoción al Sagrado Corazón se remonta a la Edad media,
la fiesta fue reconocida oficialmente en 1856 por el Papa Pio IX.
Historia de un
corazón
Aunque el cénit de la devoción cristiana al
Corazón de Jesús lo marcan las revelaciones de Cristo a Santa Margarita María
de Alacoque, en el siglo XVII, hay una larga prehistoria, que se remonta a San
Bernardo, abad de Claraval, en el siglo XII, con su devoción a la humanidad de
Jesús. Más expresamente, centran su veneración en el corazón sensible de Cristo
tres santas de la Edad Media. Lutgarda, Matilde y Gertrudis practican
personalmente y difunden con sus escritos la devoción al corazón de Jesús. Más
tarde, en el siglo XVI, Luis de Blois y nuestro San Juan de Ávila predican y
dan forma a la veneración del corazón de Cristo. Y San Juan Elides, ya en el
XVII, la populariza y consigue incluirla en la liturgia.
Pero, sin duda, el espaldarazo a esta
devoción lo da una monja recluida en su convento de Paray-le-Monial (Francia),
llamada Margarita María de Alacoque. Entre 1673 y 1675, recibe cuatro revelaciones
notables. Según propia confesión, la primera tuvo lugar mientras estaba en
presencia de Jesús Eucaristía, que le confió: «Mi divino Corazón está tan
apasionado de amor a los hombres, en particular hacia ti, que, no pudiendo
contener en él las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame,
valiéndose de ti, y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos
dones que te estoy descubriendo».
Sobre la segunda manifestación (1674), la
monja de la Visitación asegura: «El divino Corazón se me presentó en un trono
de llamas, más esplendoroso que el sol y transparente como el cristal, con la
llaga adorable, rodeado con una corona de espinas, significando las punzadas
producidas por nuestros pecados, y una cruz en su parte superior». Como se ve,
en esa segunda revelación ya aparecen los elementos doloristas que marcarán
fuertemente la devoción al Corazón de Jesús. […]
Como en un juego alternante, tras dos
revelaciones donde prevalecen los aspectos positivos, entreverados por la segunda
de tono más negativo, la última recupera esta línea con un subrayado dolorista.
Según la futura santa, la más popular de sus visiones ocurrió en 1675, estando
ante la Eucaristía, y escuchó de Jesús: «He aquí este Corazón que tanto ha
amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para
demostrarles su amor, y que no recibe en reconocimiento, de la mayor parte,
sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y
desprecio con que me tratan en este sacramento de amor (...). Por eso te pido
que se dedique el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento
a una fiesta especial para honrar mi Corazón».
Para hacer llegar al pueblo fiel y a la
jerarquía eclesial estas confidencias y peticiones del Corazón de Jesús,
Margarita María de Alacoque recibió la ayuda de un sacerdote jesuita, que el
mismo Cristo puso en su camino como confesor y consejero. Claudio de la
Colombiére, hoy santo, creyó en la verdad de las revelaciones de
Paray-le-Monial, y se dedicó a poner en marcha los deseos del Corazón de Jesús.
Aceptó como misión de su corta vida el «encargo suavísimo» de sacar al exterior
lo que hasta entonces sólo había sido una comunicación privada en el interior
de un monasterio de salesas. El joven jesuita, empapado en la escuela ignaciana
de los ejercicios espirituales, vio en las revelaciones del Corazón de Jesús
una expresión, con otras palabras, de ese Cristo de las contemplaciones del
Reino y de las Dos banderas, cuyo conocimiento, amor y seguimiento es la meta
de todo auténtico cristiano.
[…] Por su influjo y el de sus discípulos y
sucesores, diversos obispos acogieron en sus diócesis esta devoción e
incluyeron en sus liturgias misas propias y capillas dedicadas al Corazón de
Cristo.
Reconocimiento oficial
Por fin, en 1765, a petición del episcopado
polaco y de algunos reyes, el papa Clemente XIII aprobó un oficio del Sagrado
Corazón, limitado a algunas diócesis. Casi un siglo más tarde, en 1856, Pío IX
instituyó esta solemnidad como fiesta universal para toda la Iglesia católica.
En esa línea de adhesiones pontificias, el papa León XIII, en 1899, hizo la
consagración solemne de todo el mundo al Sagrado Corazón, manifestando que era
«el acto más grande de mi pontificado», y escribió la encíclica Annum sacrum,
poniendo el Año Santo de 1900 al calor del Corazón de Jesús. Por su parte, Pío
XI firmó la encíclica Miserentissimus Redemptor, sobre la importancia de esta
devoción para la espiritualidad cristiana, llamándola «el compendio de toda la
religión y la norma de vida más perfecta». Y Pío XII, siguiendo los pasos de su
predecesor, en 1956, dedicó otra larga encíclica a ponderar y propagar la
devoción al Corazón de Jesús, titulada Haurietis aquas, donde asegura que «el
culto al Sagrado Corazón de Jesús se considera, en la práctica, como la más
completa profesión de la religión cristiana». Por su parte, Pablo VI, en 1965,
da a luz la carta Investigabiles divitias, donde califica la devoción al
Corazón de Jesús como «una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia
Cristo que, en nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II en especial,
se viene insistentemente pidiendo».
En cuanto a Juan Pablo II, que en 1979 dedica
su primera encíclica Redemptor hominis a Jesucristo, presenta su cristología
desde la perspectiva del Corazón de Jesús. La segunda encíclica del papa
Wojtyla, de 1980, titulada Dives in misericordia, está toda ella volcada en el
amor misericordioso del Padre, manifestado en Jesucristo, todo corazón. […]
De la abundancia
del corazón
[Una] forma de descubrir la personalidad
cautivadora de Jesucristo/corazón son sus palabras, ya que él mismo asegura:
«De la abundancia del corazón habla la boca». Ahora bien, las palabras de Jesús
fueron tan maravillosas que la gente, al escucharle, decía: «Jamás hombre
alguno habló como este hombre». Y Pedro, en un momento crucial de la vida
pública de Jesús, le dijo: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú solo tienes
palabras de vida eterna». Cristo, Palabra única y eterna del Padre, traduce en
palabras temporales y terrenas el mensaje divino: «Yo no hablo por mi cuenta;
sólo digo lo que oigo del Padre».
Dos mil años de comentario a las palabras de
Jesús no han agotado todo su sentido y valor. Pero ¿cuál es esa palabra-clave
que abre el secreto de todo el mensaje de Jesús, esa nota dominante que
sobrenada en la sinfonía de los Evangelios, ese leitmotiv que unifica las
sentencias más dispares del discurso paradójico de Cristo, ese común
denominador que preside los dichos evangélicos aparentemente tan heterogéneos?
¿Cuál es el «manifiesto» lanzado por Jesús de
una manera tan rotunda que no ofrece duda de que estamos ante la página base de
su doctrina? ¿Cuál es la «declaración de principios, formulada por Cristo tan
nítidamente que sea forzoso confesar que se trata de su pensamiento esencial?
Los evangelistas no discrepan, a la hora de remitirnos al día D, en que Jesús
abre la nueva etapa de su actuación en público: «Comenzó a predicar el
Evangelio». En esa palabra, gastada de tan repetida, está el resumen original de
todo el mensaje cíe Jesús. El nombre de Evangelio (Eu-Angelion) es la mejor
síntesis del pensamiento de Cristo y la mejor llave para abrir el sentido de
todo el mensaje de Cristo.
La palabra clave de la Palabra es una «Buena
noticia», un «Buen anuncio», una «Buena nueva». Es decir, se trata de algo
gozoso, como la llegada de un telegrama del ser querido con la novedad más
grata. El Evangelio es la carta del Padre anunciando un reino feliz, una
alegría profunda, un gozo íntimo. Nada tan positivo y dichoso en la historia de
las comunicaciones humanas. ¿Por qué? Porque la novedad sorprendente que viene
a traernos Jesús desde la otra orilla es que Dios es Padre. Hasta él, los
filósofos habían intentado localizar a Dios en el campo de la metafísica, como
el Primer motor, la Causa primera, un Ser superior, distinto y distante. El
evangelista Juan confiesa: «A Dios no lo ha visto nunca nadie; pero el Hijo que
está en su seno nos lo ha revelado», y nos ha dicho claramente: Cuando queráis
poneros en comunicación directa con Dios, no habéis de forzar la máquina de
vuestro entendimiento hasta dar con el Ser incausado. «Cuando recéis, decid
simplemente: —iPadre nuestro!»
Jesús lleva tan metido en su corazón ese
«Abba», que es Dios para él, que quiere comunicar a los hombres la gran
novedad, la grata noticia de que ellos también pueden atreverse a llamarle así.
Y cuando Cristo se pone a concretar esa paternidad divina, la reviste de rasgos
maternales: como cuando habla de la providencia del Padre, que tiene contados
hasta los pelos de nuestra cabeza. Y es que Dios encierra en su simplicidad la
complejidad repartida entre el padre y la madre humanos. El Dios desvelado por
Jesús es cálido como un regazo, amable corno un hogar. El Dios de Jesús es
Padre-madre: un Padre maternal, una Madre paternal. Y al final de su vida
temporal, Cristo nos descubre el reverso de la medalla de la filiación divina,
la otra buena nueva del Evangelio: la fraternidad humana, Porque «uno solo es
vuestro Padre, el del cielo, y todos vosotros sois hermanos». Es sacar la
conclusión de lo que ya estaba implícito en ese «nuestro,' que añadimos a la
palabra «Padre cuando acudimos a Dios.
Consecuencia práctica, interpersonal y
social, de esta buena noticia de la paternidad divina y la fraternidad humana
es el anuncio cíe Jesús, la última noche de su convivencia temporal, de su
testamento, de su última voluntad: «Éste es mi mandamiento: que os queráis
mutuamente». «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros». «En esto
conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor recíproco». Es
la novedad religiosa más positiva en la historia de las religiones. Las
primeras generaciones cristianas lo practicaron tan bien que los paganos no
tenían más remedio que exclamar:
«;Mirad cómo se aman!» Era una novedad que
les chocaba admirativamente. Veían que se ayudaban, que llevaban el amor
afectivo hasta lo efectivo de la cartera: «Todo lo tenían en común».
Practicaban nuestro refrán popular: «Obras son amores que no buenas razones». Y
el consejo ignaciano: «El amor hay que ponerlo más en las obras que en las
palabras. Para que no quedara duda de que el amor cristiano es cuestión de
práctica, el mismo Jesús nos dijo: «Amaos como yo os he amado», hasta
desvivirme y dar la vida por vosotros, «hasta el fin». Si hubo un amor
comprometido hasta el fondo fue el de Jesús, que «nos amó y se entregó por
nosotros», que «nos amó hasta el exceso».
Renovar la devoción al Corazón de Cristo es
volver a la fuente de su mandamiento signo, para demostrar que no hay palanca
más eficaz para elevar el mundo que el amor cristiano, No hay motor tan potente
para mover la humanidad como amar a lo Cristo. Pero hay que accionarlo. Si está
quieto no mueve nada. Hay que ponerlo en acción. Hay que aplicarlo al muro de
las injusticias para derribarlo. Hay que ponerlo en contacto con las miserias
del hambre, el paro, el subdesarrollo, para que se traduzca en alimento,
trabajo y progreso. «Para que los cristianos de hoy puedan ser a los ojos de
sus contemporáneos signos legibles del amor-caridad, es menester que, bien
plantados en el terreno humano, sepan traducir en gestos modernos el amor
eterno de Cristo» (Michel Quoist). El amor del Corazón de Jesús hoy se llama
solidaridad.
Correspondencia
Desde el comienzo de esta devoción cristiana,
se ha hecho hincapié en la correspondencia de los fieles a las corazonadas de
Jesús, según la lógica cordial del «amor con amor se paga». En las apariciones
que dieron origen al culto del Sagrado Corazón, aparece el deseo de Cristo de
recibir reparación por las ofensas recibidas por parte de los pecadores.
Por eso, expiar los pecados contra el Corazón
de Jesús, sensible a las injurias y menosprecios de la gente, se ha subrayado
como un elemento constitutivo de la nueva devoción. Según los cánones antiguos,
reparar tenía como objetivo influir actualmente sobre el Jesús histórico de
aquel tiempo, prestándole consuelo en su vida mortal al pensar en quienes iban
a neutralizar sus sufrimientos afectivos por medio de actos de satisfacción
reparadora. Esta consideración era paralela a la que consideraba al jesús
paciente, en Getsemaní y a lo largo de toda la pasión hasta la muerte en cruz,
sufriente al pensar en los pecados que la humanidad iría descargando sobre él a
lo largo de la historia y a lo ancho del mundo. Sabemos que jesús era sensible
a las ofensas, como cuando exclama, tras la curación de los leprosos: «¿No eran
diez los curados? ¿Dónde están los otros nueve?» Y si la ingratitud le hacía
mella, también la incredulidad: «¿Hasta cuándo habré de soportaros?» En la misa
de la solemnidad litúrgica del Sagrado Corazón, la Iglesia nos manda ofrecerle
una «dignísima reparación».
Una consideración más actual de la reparación
se apoya en la situación real del Cristo resucitado, que es infinitamente feliz
y nada ni nadie puede arañarle un átomo de su gozo eterno. Sin embargo, con el
corazón oxigenado por esta realidad inalterablemente dichosa de Jesús, los
cristianos sienten en su propio corazón las injurias que, subjetivamente, se le
dirigen, aunque objetivamente no le hagan daño. Nos hacen daño a nosotros, como
si alguien insultara a nuestra madre, aunque ella esté feliz en el cielo. Pero
la mezcla de las dos consideraciones, la intangibilidad real del Cristo
glorioso y la realidad de personas que le ofenden, vuelven menos dolorista, más
bien agridulce, nuestro deseo de repararle personalmente.
Pero hay otro aspecto de la reparación muy
considerable actualmente, y es su aplicación al Cuerpo social de Cristo. No
sólo podemos compensar espiritualmente con nuestro amor el desamor de tantas
personas al Jesús personal, sino también podemos y debemos neutralizar los
egoísmos e injusticias cometidas actualmente contra los miembros del Cristo
completo. Esta reparación está sólidamente basada en la doctrina paulina de
«suplir en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su Cuerpo»
(2Co 1, 24). Y, sobre todo, tiene su fundamento en las palabras del mismo
Jesús, que torno corno hecho a sí mismo todo aquello que hacemos en favor de
los necesitados. Releer el discurso del Rey Jesús, en el capítulo 25 del
Evangelio según San Mateo, es la mejor forma de vivirla reparación real, no
sólo piadosa, al Cristo encarnado en la humanidad doliente, restañando las
heridas infligidas a los miembros rotos de su Cuerpo social.
Consagración
Un último punto esencial en la devoción al
Corazón de Cristo es la consagración. Si el amor con amor se paga, la lógica
del corazón exige corresponder al amor personal de Jesús a cada uno de los
seres humanos con la entrega propia de todos a él. De ahí nació la costumbre
del ofrecimiento diario de la jornada, con todo su bagaje de acciones y
pasiones, de alegrías y tristezas, de gozos y sombras, de sonrisas y lágrimas,
al Corazón que tanto ha amado a los hombres. Los papas han considerado que esta
consagración debía hacerla toda la Iglesia y, en su nombre, la humanidad
entera. Así, Pío IX, el 22 de abril de 1875, León XIII, en 1898, Pío X, con
motivo de la fiesta del Sagrado Corazón, y Pío XII, el 8 de mayo de 1928,
leyeron y difundieron sendos actos de consagración colectiva al Corazón del
Redentor.
Naturalmente, la correspondencia al amor
personalizado de Cristo tiene que completarse con la imitación. Conocer al que
«me amó y se entregó a la muerte por mí» sólo tiene como reacción lógica el
enamorarme de él y el imitarle. San Ignacio lo formuló lúcidamente con su
petición a lo largo de los ejercicios: «Pedir conocimiento interno de Cristo,
para más amarle y seguirle». Un conocimiento de su intimidad -su Corazón-que
nos atraiga como un imán y nos empuje a su imitación, hasta pasar por la tierra
«haciendo bien».
Rafael
de Andrés, S. J.
Texto
tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.

No hay comentarios:
Publicar un comentario