Quien no esté dispuesto a
tomar la cruz -dice el Señor- para seguirle a Él, no arriesga nada.
Tomar la cruz es lo que
acredita al discípulo de Jesús y lo manifiesta ante el mundo.
Dios lo ha dado todo en el
Hijo: es así como se entiende que pueda exigir al discípulo que renuncie a todo
lo que le es propio y le da seguridad,
el hogar
paterno.
Seguir a Cristo no es
perder la vida, ya que no la pierde porque sí, inútilmente, sino gastarla por
su causa; es decir, es reencontrarlo todo en Él, en plenitud: "el que
pierda su vida por mí, la encontrarà".
No es posible seguir a
Cristo y no arriesgar nada. Creer es comprometerse. En este sentido, según la
Regla de los monjes, el cristiano "no debe anteponer nada al amor de
Cristo" (cf. RB 4,21).
Y amar más a Cristo que al
padre y la madre no es exclusivo, sino al contrario: es amarlos aún más en
Cristo.
¡El lenguaje hiperbólico es
evidente!
En la segunda parte del
Evangelio se nos dice que acoger un profeta, un justo, o a uno de estos
pequeños, es participar de su gracia "no perderá su recompensa".
Esto lo debe saber el que
acoge y el que es acogido.
En el mundo oriental,
"un vaso de agua fresca" es un bien incalculable.
Darlo no pasa nunca
desapercibido a los ojos de Dios.
Vemos pues que la última
palabra o advertencia que Jesús dirige a quien envía en misión es la de la
caridad.
Un ejemplo de ello se
encuentra en la primera lectura: acoger al profeta Eliseo es acoger la gracia
de Dios y ésta es siempre fecunda "el año próximo, por esta época, tú
estarás abrazando un hijo".
En la segunda lectura
escuchamos la didascalia de San Pablo sobre el Bautismo: injertados en la
muerte y en la Resurrección de Cristo.
No olvidemos que este texto
se proclama en la Vigilia Pascual.

No hay comentarios:
Publicar un comentario