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domingo, 28 de junio de 2020

DOMINGO DE LA ACEPTACIÓN DE LA CRUZ


El Evangelio forma parte todavía del "discurso de la misión" y es su conclusión. 

Quien no esté dispuesto a tomar la cruz -dice el Señor- para seguirle a Él, no arriesga nada.

Tomar la cruz es lo que acredita al discípulo de Jesús y lo manifiesta ante el mundo.

Dios lo ha dado todo en el Hijo: es así como se entiende que pueda exigir al discípulo que renuncie a todo lo que le es propio y le da  seguridad, el  hogar  paterno.

Seguir a Cristo no es perder la vida, ya que no la pierde porque sí, inútilmente, sino gastarla por su causa; es decir, es reencontrarlo todo en Él, en plenitud: "el que pierda su vida por mí, la encontrarà".

No es posible seguir a Cristo y no arriesgar nada. Creer es comprometerse. En este sentido, según la Regla de los monjes, el cristiano "no debe anteponer nada al amor de Cristo" (cf. RB 4,21).

Y amar más a Cristo que al padre y la madre no es exclusivo, sino al contrario: es amarlos aún más en Cristo.

¡El lenguaje hiperbólico es evidente!

En la segunda parte del Evangelio se nos dice que acoger un profeta, un justo, o a uno de estos pequeños, es participar de su gracia "no perderá su recompensa".

Esto lo debe saber el que acoge y el que es acogido.

En el mundo oriental, "un vaso de agua fresca" es un bien incalculable.

Darlo no pasa nunca desapercibido a los ojos de Dios.

Vemos pues que la última palabra o advertencia que Jesús dirige a quien envía en misión es la de la caridad.

Un ejemplo de ello se encuentra en la primera lectura: acoger al profeta Eliseo es acoger la gracia de Dios y ésta es siempre fecunda "el año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo".

En la segunda lectura escuchamos la didascalia de San Pablo sobre el Bautismo: injertados en la muerte y en la Resurrección de Cristo.

No olvidemos que este texto se proclama en la Vigilia Pascual.

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