La
fiesta de los Apóstoles procede de la Iglesia aún indivisa y debe celebrarse
con un gran sentido ecuménico.
Esta fiesta es pues antigua y universal, no
sólo en Roma, sino en todo el mundo cristiano.
Ciertamente,
la Iglesia celebró esta fiesta antes que la Navidad del Señor.
Realmente
es un tesoro teológico y litúrgico en todos los ritos.
La
liturgia de los Apóstoles se revela festiva y, al mismo tiempo, se reviste de
una cierta gravedad y ponderación.
Celebramos el fundamento apostólico de la fe
cristiana. Sobre esta fe el Señor edifica su Iglesia.
El Prefacio es bello y denso y revela el
"sensus theologicus" de la fiesta.
En el rito bizantino precede a la solemnidad
"el ayuno de los apóstoles".
El Papa León, en el año 461, explicaba que
este ayuno es lo que los Apóstoles hicieron, según la tradición de las
iglesias, para que el Espíritu Santo los asistiera antes de iniciar la misión
universal.
Los textos eucológicos y las lecturas
propuestas vienen de la más antigua tradición litúrgica.
Lects. bíblicas: Misa de la vigilia: Hch
3, 1-10; Sal 18, 2-3. 4-5; Ga 1, 11-20; Jn 21, 15-19
La triple negación de Pedro se cancela con una
triple respuesta, humilde y fervorosa de amor por parte de Pedro en el
Evangelio.
De
su acto de amor brota el ministerio: "Apacienta mis ovejas".
Un
amor humillado y débil.
El
ministerio se fundamenta siempre en un acto de amor a Cristo.
San
Agustín hace observar que apacentar las ovejas del pueblo santo de Dios
significa sufrir con ellas y que la invitación "Sígueme" implica:
hasta la muerte en cruz, "Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a
dar gloria a Dios".
En
la primera lectura, San Pedro anuncia la Palabra y cumple los signos que
manifiestan la presencia del Reino de Dios, como el Señor.
Esto
mismo realizará Pablo en Iconio (Hch 14, 8-18).
En
la segunda lectura, de la carta a los Gálatas, Pablo explica cómo, después de
su conversión, sube a "Jerusalén para conocer a Cefas".
El
encuentro y el abrazo de Pablo y Pedro se refleja en el “Icono de los
apóstoles” de oriente.
Representa
el abrazo y la comunión de la Iglesia procedente de la gentilidad y de aquella
que procede de Israel.
En
ellos, en su vida y en su martirio, la Iglesia reconoce a los garantes de la
fe.
El
Salmo se aplica a la predicación de los apóstoles: "A toda la tierra
alcanza su pregon".
Lects. bíblicas: Misa del día: Hch 12, 1-11;
Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9; 2Tm 4, 6-8. 17-18; Mt 16, 13-19
En un momento crítico del ministerio de Jesús,
propiamente fuera del territorio palestinense, en Cesarea de Filipo, el Señor
escucha la profesión de fe de Pedro.
Sobre
su fe y la de los discípulos, el Señor puede edificar su Iglesia dándole -por
el ministerio de los apóstoles- los medios de salvación.
Desde
ahora ya puede ir a Jerusalén, a la Cruz. El nombre de Simón, el primer
apóstol, es cambiado por el nombre de Pedro "Kefas", que significa
"roca" y es gratificado por la bienaventuranza de la revelación:
"¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!"
Es
la roca de la fe apostólica, el primado de Pedro, en el sentido eclesiológico
más profundo y esencial.
El
Señor necesita de nuestra fe para edificar la Iglesia.
La
comunidad, como escuchamos en la primera lectura, deberá rezar por él
insistentemente.
Pedro
será liberado de la noche de la prisión y deberá ir al encuentro de los
hermanos y hermanas para confirmar su fe.
Adviértase
que los verbos de la teofanía son importantes,
"Date prisa, levántate; ponte el cinturón y las sandalias;
envuélvete en el manto y sígueme" porque indican la futura suerte de Pedro
y su martirio, como le fue dicho (Jn 21,18ss).
Ahora
sabe que él debe continuar el camino del seguimiento hasta el final.
La
segunda lectura está dedicada al testamento espiritual de Pablo.
Toda
su vida queda contenida en aquello que escribe: es como la síntesis gloriosa y
humilde de la vida del siervo del Señor.
Ha
sido una vida entregada, ofrecida, "Yo estoy a punto de ser derramado en
libación": el bello combate de la paz y del Evangelio ha terminado, la
carrera ha llegado a la meta, y él ha conservado el don más grande, su fe.
El
Apóstol termina la carta con una doxología que, en cierto modo, es su última
palabra a la Iglesia, nosotros.
Es
la victoria sobre la muerte, es la vida de la fe que suspira por la Vida
divina.

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