La solemnidad del Corazón de Jesús es una
celebración y una contemplación de la infinita caridad de Cristo, Sacerdote y
Víctima.
Su corazón es santuario de
gracia y de perdón.
Se podría pensar que las
solemnidades que vienen después de Pentecostés son simplemente devotas y
representan un declive, pero esto sería no reconocer la contemplación litúrgica
de la Iglesia que celebra la sobreabundancia del Amor de Dios Trinidad, que se
da en Cristo y por el Espíritu Santo.
El Padre nos da el Hijo en
la Eucaristía, "Corpus" y en
su Corazón traspasado, "Sagrado Corazón", por el que tenemos acceso
al corazón del Padre, siempre en virtud del Don de Pentecostés.
Son solemnidades del Señor
que celebran lo que conmemoramos cada Domingo y en cada Eucaristía: su Pascua.
El Evangelio, que se llama "himno de
exultación de Jesús", nos da a conocer
que el Padre, "nadie conoce al Hijo más que el Padre", no le
ha escondido nada: ni a Él, ni a aquellos a quienes "el Hijo se lo quiera
revelar".
Estos son los
"sencillos" y humildes de corazón que se abren a la fe y a la
confianza en su predicación, a diferencia de los "sabios" y los
"entendidos" que creen saberlo todo.
O peor aún, que creen que
lo saben mejor y más que nadie.
Sólo los humildes pueden
comprender a Aquel que es "manso y humilde de corazón" y convertirse
así en sus discípulos.
Encontrarán el reposo que
tanto necesitan aceptando su "yugo": el del amor crucificado.
Un yugo que sólo el Amor
hace "llevadero".
En la segunda lectura, de
la primera carta de san Juan, escuchamos
las palabras más sublimes del Nuevo Testamento sobre Dios y la definición:
"Dios es amor".
Un Amor que ha sido el
primero de amarnos, un amor gratuito, un amor contemplado en el Corazón de
Jesús "como víctima de propiciación por nuestros pecados".
Quien ama a Dios en el amor
del Espíritu Santo conoce y contempla a Dios en esta vida.
El Antiguo Testamento, con
el discurso de Moisés en el libro del Deuteronomio, anuncia con palabras
delicadas el amor y la predilección de Dios para con su pueblo.
El Salmo 102, que se inicia
con el exultar del "Bendice, alma mía, al Señor", es el que canta más
excelentemente en todo el salterio el amor del Señor por sus fieles.
Un amor que "dura
siempre".
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