La
del buen sembrador es la primera del evangelista, una parábola suficientemente
conocida y célebre.
El
sembrador es el mismo Señor; la semilla, la Palabra; y el terreno, el corazón
de cada uno.
La
gracia hace que dé fruto extraordinario "ciento, sesenta, treinta".
El
corazón dará fruto no por sí mismo, sino por la semilla sembrada en él: existe,
por tanto, una tierra buena, disponible y apta.
Quien
tiene el corazón duro como una piedra o habitado por los afanes de la vida o
por un espíritu superficial, no puede comprender la Palabra de Dios.
¿Por
qué, pues, Jesús les habla en parábolas? Sólo se puede hablar del misterio de
Dios en imágenes, símbolos.
Hay
que ser discípulo, tiene que darse un principio de fe, para comprender el
lenguaje de las palabras.
Sin
la fe, muchos oyen, pero no escuchan interiormente; ven, pero sin llegar a
contemplar nada (la cita de Isaías).
La
falta de fe es un impedimento para comprender. Aquí tiene sentido el aforismo:
"fides quaerens intellectum", la fe que busca entender.
El
Señor mismo dijo: "Buscad, y hallaréis" (Mt 7,7).
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