La Madre de Jesús y Madre nuestra nos acompaña en el camino de la fe y
del amor:
Su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia… María, como
Madre de Cristo, está unida de modo particular a la Iglesia. «Haced lo que él
os diga»… “En Caná María aparece como la que cree en Jesús; su fe provoca la
primera ‘señal’ y contribuye a suscitar la fe los discípulos… se trata de una
mediación maternal”. “Esta ‘nueva maternidad de María’, engendrada por la fe,
es fruto del nuevo amor, que maduró en ella definitivamente junto a la Cruz,
por medio de su participación en el amor redentor del Hijo”. “El Evangelio de
Juan… ninguno puede percibir el significado si antes no ha posado la cabeza
sobre el pecho de Jesús y no ha recibido de Jesús a María como Madre”.
Su maternidad continúa como presencia activa y materna:
“Las palabras que Jesús pronuncia desde lo alto de la Cruz significan
que la maternidad de su madre encuentra una ‘nueva’ continuación en la Iglesia
y a través de la Iglesia … Así la que está presente en el misterio de Cristo
como Madre, se hace -por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo-
presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue siendo una presencia materna, como
indican las palabras pronunciadas en la Cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»… «
Ahí tienes a tu madre»”. “No sólo se dirigen con veneración y recurren con
confianza a María como a su Madre, sino que buscan en su fe el sostén para la
propia fe. Y precisamente esta participación viva de la fe de María decide su presencia especial en la
peregrinación de la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios en la tierra”.
Es “Medianera” y colaboradora como Madre:
“Mantiene así continuamente su solicitud hacia los hermanos de su Hijo.
Efectivamente, la mediación
de María está íntimamente unida a su maternidad y posee un carácter
específicamente materno … Esta función constituye una dimensión real de su presencia en el misterio
salvífico de Cristo y de la Iglesia”. “En virtud de este amor… desde el
principio ella acogió y entendió la propia maternidad como donación total de
sí, de su persona, al servicio de los designios salvíficos del Altísimo… A
través de esta colaboración en la obra del Hijo Redentor, la maternidad misma
de María conocía una transformación singular, colmándose cada vez más de
«ardiente caridad» hacia todos aquellos a quienes estaba dirigida la misión de
Cristo”. “Después
de la ascensión del Hijo, su maternidad permanece en la Iglesia como mediación
materna”.
Si la dejamos entrar, aprenderemos de ella a ser Iglesia misionera y
madre:
“Se puede afirmar que la Iglesia aprende también de María la propia
maternidad”. “La maternidad de María, que se convierte en herencia del
hombre, es un don: un don que Cristo mismo hace personalmente a cada hombre. ….
Entregándose filialmente a María, el cristiano, como el apóstol Juan, «acoge
entre sus cosas propias» a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio
de su vida interior, es decir, en su «yo» humano y cristiano”. “María acoge,
con su nueva maternidad en el Espíritu, a todos y a cada uno en la Iglesia,
acoge también a todos y a cada uno por medio de la Iglesia. En este sentido
María, Madre de la Iglesia, es también su Modelo”. “Toda la Iglesia es invitada a vivir más
profundamente el misterio de Cristo, colaborando con gratitud en la obra de la
salvación. Esto lo hace con María y como María, su madre y modelo: es ella, María, el
ejemplo de aquel amor maternal que es necesario que estén animados todos
aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración
de los hombres”
La ternura materna de María se expresa en la vocación y vida de cada
apóstol:
“Junto con el sacrificio de su corazón de madre, junto con su
"fiat" definitivo” … la llamamos también Madre de la misericordia… el
tacto singular de su corazón materno… su especial aptitud para llegar a todos
aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una
madre”. “Madre de la Iglesia, que con los discípulos en el Cenáculo implorabas
el Espíritu para el nuevo Pueblo y sus Pastores: … acoge desde el principio a
los llamados al sacerdocio, protégelos en su formación y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio, oh Madre
de los sacerdotes”. “La presencia de María tiene una importancia
fundamental tanto para la vida espiritual de cada alma consagrada, como para la
consistencia, la unidad y el progreso de toda la comunidad… La persona
consagrada encuentra, además, en la Virgen una Madre por título muy especial … amándola
e imitándola con la radicalidad propia de su vocación y experimentando, a su
vez, una especial ternura materna… Por eso, la relación filial con María es el
camino privilegiado para la fidelidad a la vocación recibida y una ayuda
eficacísima para avanzar en ella y vivirla en plenitud”
El “sí” de María se inserta en nuestro “amén” al celebrar la Eucaristía:
Por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la
encarnación del Verbo de Dios... hay una analogía profunda entre el fiat
pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel
pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor". “Vivir en la Eucaristía el
memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don.
Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue
entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de
conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella.
María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas
nuestras celebraciones eucarísticas".

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