LUNES
Misa: Hch 19, 1-8; Sal 67, 2-3. 4-5ac. 6-7ab; Jn 16, 29-33
Habiendo llegado a Éfeso, Pablo realiza la "Iniciación cristiana"
de los creyentes.
Es un poco extraño
encontrar en aquella ciudad creyentes que
"sólo habían recibido el bautismo de Juan",
en el Jordán Pablo les habla del verdadero
Bautismo, que Juan anunciaba: el Bautismo en el nombre de Jesús.
Se vislumbra, en el rito del Bautismo y la imposición de las manos, la unidad de los
"Sacramentos de la Iniciación".
Reciben la efusión del Espíritu Santo.
Con aquellos
doce varones la "Ecclesia" queda plantada
en Éfeso.
Pablo se queda en la ciudad durante tres meses, como solía hacer,
predicando con libertad el Reino de Dios.
Se
continúa con el Salmo 67: "Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos".
Los griegos y eslavos repiten hasta la
saciedad este verso en la Liturgia pascual y
acuñan estas palabras en la representación de la Cruz.
Al final
de la conversación, los discípulos
quieren
precipitar el tiempo
y dicen que entienden
cuando no entienden nada. La fe que
alardean poseer muy pronto será puesta a prueba
en la Cruz: ellos se irán
y lo dejarán sólo.
Entonces ya no pensarán
que Él ha salido del Padre.
Con una inmensa
ternura y convicción, Jesús les dice que no quedarán totalmente solos, porque el Padre "siempre está con Él".
Cuando todo suceda, la
muerte y la exaltación, entonces encontraran la paz en Él, y más aún: tendrán valor en las luchas del mundo,
porque sabrán que Él, con su
amor, "ha vencido al mundo".
MARTES
VISITACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
La fiesta de la Visitación se celebraba antes de la reforma litúrgica el día 2
de julio y se trasladó al día de hoy, entre la Anunciación y el nacimiento de Juan el Bautista, para adaptarla mejor a la narración evangélica según Lucas.
La Orden de los Frailes menores celebraba esta fiesta en el siglo XIII y el Papa Bonifacio IX (1390) la extendió a la
Iglesia Universal.
El día es también una
concesión legítima a la piedad popular que dedica el mes de mayo a la Madre de Dios.
El acento litúrgico está puesto más en la "Liturgia de júbilo
y de alanza" que en la conmemoración de los acontecimientos de la venida
del Señor, más propio
de Adviento.
Hoy es el día del
"Magnificat": la
Iglesia se asocia a María, que proclama
las maravillas de Dios. Al mismo tiempo, recuerda que el Señor visita siempre a su
Iglesia en la asamblea
reunida, cuando celebra los Santos Misterios.
Allí se ejerce la maternidad de la santa Madre Iglesia:
en sus sacramentos.
La bella
oración de postcomunión lo expresa admirablemente: "Que tu iglesia
te glorifique, Señor, por todas las
maravillas que has hecho con tus
hijos; y así como Juan Bautista exultó de alegría al presentir a Cristo en el seno de la Virgen,
haz que tu iglesia
lo perciba siempre vivo en
este sacramento".
La Liturgia de hoy es
de alabanza, de júbilo, de fiesta.
Con razón el Oficio es el festivo.
Misa: Sof 3, 14-18 (o bien Rom 12, 9-16b);
Sal Is 12, 2-3. 4bcde.
5-6; Lc 1, 39-56
El amor de la Madre de Dios cuando se dirigió a Ain-Karem no fue para nada fingido y por ello se constituye en icono de la caridad
que la Iglesia tiene que vivir.
El texto de san Pablo,
primera lectura,
es reflejo de la Visitación a santa Isabel ya que María será siempre
modelo de caridad
en la Iglesia.
La Visitación es
casi la Liturgia del Arca: el grito de Isabel, el gozo en el Espíritu
Santo,
Juan que en el seno de su madre ya tiene prisa para ser el Precursor, el abrazo exultante de las dos mujeres… todo es
símbolo del encuentro entre la
antigua y nueva Alianza.
El título "la
Madre de mi Señor" es profundamente cristológico, "Kyrios".
La Iglesia
se asocia cada anochecer a María
en el cántico del "Magnificat",
éxtasis de la alabanza y de la humildad
de la sierva de Dios.
MIÉRCOLES
SAN JUSTINO, mártir
Pertenece a la generación subapostólica: gracias a él tenemos
datos preciosos de la vida y de la celebración cristianas de los primeros tiempos de la Iglesia.
Había nacido
en Nablus (Palestina) y se dedicó
a la filosofía pagana.
Era un hombre que buscaba a Dios sinceramente.
Él mismo
explica el misterioso encuentro con un anciano en una playa solitaria a quien explicó
su preocupación.
El anciano le dijo:
"el hombre no encuentra a Dios por el esfuerzo
del pensamiento, sino por la gracia".
Y le invitó a la oración: "Tú reza ante todo
para que
se
te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo no le conceden comprender" (Diálogo con Trifón VII,
3).
Convertido
al cristianismo, en diversos lugares
y finalmente en Roma ejerce como
apologeta de la fe y filosofía cristianas.
Quiere defender y
presentar la fe en Cristo como
plenitud de la sabiduría humana.
Escribe las célebres dos
"Apologías" y el "Diálogo con Trifón".
En la Urbe establece
una escuela de filosofía cristiana para
los catecúmenos y gente que quería conocer el cristianismo.
Allí muere mártir
el año 165.
Las "Actas"
se consideran auténticas y su
culto es antiguo.
San Justino es portavoz de una Iglesia que sale al encuentro del mundo, quiere
dialogar positivamente con él y quiere progresiva y pacientemente instruirle en el
Evangelio del Señor.
El Papa Benedicto
XVI le dedicó una bella
catequesis el día 1 de junio 2015.
San Justino,
laico, es el más
grande de los Padres apologéticos del
siglo II.
Misa: Hch 20, 28-38; Sal 67, 29-30.
33-35a. 35bc y 36d; Jn 17, 11b-19
En la primera lectura,
el final del discurso de Pablo a los presbíteros de Éfeso en Mileto y su adiós.
El relato
conmueve: oran conjuntamente, se dan el
ósculo de la paz y "lo acompañan
hasta la embarcación".
De las palabras de Pablo
hay que resaltar éstas: "Tened cuidado
de vosotros y de todo el rebaño sobre el
que el Espíritu
Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia, que
É l adquirió con la sangre de su propio Hijo".
La densidad
teológica y ministerial de esas palabras
es extraordinaria.
También Pablo transmite una perla, una palabra del mismo Señor fuera de los
Evangelios: "Hay más dicha en dar, que
en recibir".
En la
"Oración sacerdotal", el Señor reza por los
discípulos.
Pide al Padre que los guarde en la unidad del amor, fundamentada
en la unidad trinitaria misma, y que
no los retire del mundo, un mundo que
deben evangelizar, aunque deben ser
salvaguardados del mundo, que les odiará
y del Maligno.
Ellos "están
en el mundo", pero
"no son" de él,
en sentido joánico.
Tal como el Padre le
ha enviado, también Jesús les envía
y se consagra a sí mismo para
que ellos "sean consagrados en la verdad".
JUEVES
Misa: Hch 22, 30; 23, 6-11; Sal 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10.11;
Jn 17, 20-26
Pablo, prisionero, es llevado ante los ancianos y el Sanedrín de Jerusalén.
El altercado entre
fariseos y saduceos vuelve a aflorar.
El tribuno
se lo llevó al cuartel.
Allí el Apóstol
escucha la palabra del Señor:
"El testimonio que has dado en Jerusalén … tienes que darlo en Roma".
Es una etapa más de su
camino y forma parte de los sufrimientos que el Señor le
mostró el día de su conversión: por causa del
Nombre.
Fue un largo camino el recorrido
por Pablo, un camino que culminará
en Roma con el último y mayor testimonio: el martirio.
La tercera
sección de la
"Oración sacerdotal" está dedicada a los futuros
discípulos, es decir, a nosotros.
Los discípulos de
todos los tiempos son un don del
Padre para el Hijo y también del Hijo al
Padre.
Deben permanecer en la
unidad y en el amor de la santa
Trinidad.
Son las últimas palabras
del Señor a la Iglesia:
desde ahora ya no hablará más, será el
Espíritu quien recordará sus palabras y la guiará.
Todo radica en un
conocimiento de amor, de puro amor.
Toda la misión del Verbo y del Espíritu radica en esas úl timas palabras de Jesús a la Iglesia:
"Para
que el amor que me tienes esté
en ellos y yo en
ellos” .
Este Amor, amor de
ambos, es la persona del Espíritu
Santo, substancial al Padre y al Hijo.
VIERNES
SANTOS CARLOS LUANGA Y COMPAÑEROS, mártires
San Pablo VI canonizó, en la prime ra visita apostólica de un Papa a África, el día 22 de octubre de 1964, a San Carlos Luanga y sus compañeros
de martirio.
Estos son sus nombres:
"Mbaya Tuzinde, Bruno Seronuma, Santiago Buzabaliao,
Kizito, Ambrosio Kibuka, Mgagga, Aquiles Kiwanuka,
Adolfo Ludigo Mkasa, Mukasa Kiriwanvu, Anatoli
Kiriggwajjo y Lucas Banabakintu".
Todos eran laicos y algunos jovencísimos, entre los doce y los veinticinco años, y formaban parte de la corte del rey Mwanga.
Se negaron
a apostatar de la fe y a participar de las costumbres depravadas del rey.
Son fruto de la presencia misionera
de los Padres
Blancos en Uganda
que, poco después tuvieron que abandonar el país por su oposición
a la venta de esclavos.
Muchos católicos, también anglicanos,
sufrieron la persecución y el martirio.
San Carlos Luanga, 21 años, era
catequista y bautizó a
cuatro catecúmenos en la cabaña donde estaban
presos, el día antes del martirio.
Entre ellos, al
adolescente Kizito de doce años; se
ignora el nombre cristiano que recibió.
Uno de ellos, Mukasa Kiriwanvu, no estaba bautizado, pero se unió a sus compañeros diciendo que también era
cristiano: recibió el Bautismo de
sangre.
Fueron ejecutados en
el monte de Namugongo, degollados
o
quemados vivos tal día como hoy († 1886).
San Carlos Luanga es
considerado patrón de la juventud africana.
Los Papas han reconocido el martirio de los hermanos
anglicanos que murieron
también por causa de Cristo.
La valentía de la fidelidad a la fe de estos jóvenes africa
nos es admirable.
Misa: Hch 25, 13b-21; Sal 102, 1bc-2.
11-12. 19-20ab; Jn 21, 15-19
En la primera lectura, cuando Pablo apela a Roma, es una lástima que se haya omitido el texto precedente, el gobernador Festo presenta su caso al rey Agripa
y a su esposa Berenice
a su llegada a Cesarea.
Tal como hicieron Pilatos
y Herodes con el Señor, expone
el caso desde el estricto “ius romanum”.
Llama la atención que Festo describa a Pablo como alguien que habla de un tal Jesús que él sostiene
que está vivo.
El litigio
no se ha resuelto y Pablo,
que había apelado al César, queda
en la cárcel hasta el momento
de remitirlo al emperador, es decir, a Roma
En el
Evangelio, el último capítulo de Juan,
el 21.
Jesús pregunta
a Pedro si le ama, y se lo pregunta tres
veces, porque tres veces había negado
al Señor.
Al final, de manera
conmovedora, Pedro humildemente remite su amor al
conocimiento de Jesús: "Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero".
El ministerio apostólico se fundamenta en un acto de amor que
abarca toda una vida: "Apacienta
mis ovejas".
Es toda la existencia de Pedro la que se convierte en
un único y sublime acto de amor a su Señor.
SÁBADO
Misa: Hch 28, 16-20. 30-31; Sal 10, 4. 5 y 7; Jn 21, 20-25
Terminamos el Libro de los Hechos.
Pablo llega a Roma y queda en prisión
preventiva.
Incluso en aquellas condiciones "predica el Reino
de Dios y enseña todo lo referido a Jesús".
Y allí permanece
por dos largos años.
El relato
termina de manera
enigmática.
Propiamente, el libro de los Hechos
no tiene colofón.
Algunos sostienen que el libro termina allí donde finaliza históricamente el relato,
no hay que narrar lo que todavía no ha ocurrido, pero otros afirman que el libro
no tiene final porque
cada comunidad está llamada a
continuar los Hechos.
Es entonces
un libro que no quedará
terminado hasta que venga el Señor, de la misma manera como se marchó,
ante los "viri Galilae",
sobre las nubes: "en la gloria del
Espíritu Santo" (Hch 1,11).
Hasta entonces la
misión no terminará.
Queda claro que
la historia teológica de la Iglesia, la historia de los discípulos, no de la institución, llega a su plenitud
en el Reino.
También
hoy se proclama el final del Evangelio
de Juan: Evangelio del discípulo que "da testimonio y lo ha escrito".
Es la figura
del discípulo amado,
aquel que se
queda siempre, porque
"la Iglesia del
Amor" precede a
"la Iglesia del ministerio".
Aquella, significada
en "el discípulo amado",
es evidente que Jesús quiere que
"se quede", no sólo por un tiempo,
sino "hasta que yo venga"
(Jn 21, 22-23).
Es necia la opinión de que Juan no moriría:
se trata más bien de
que el amor encarnado por el discípulo perdure hasta el final de la Historia.
Un discípulo que ama, porque antes es amado.
La Iglesia sobrevive a
través de él.
Él simboliza aquel "permanecer" del
amor de Jesús en nosotros: "permaneced en mi amor" (Jn
15,9).
De otra forma, la
Iglesia desaparecería.
Santa Teresa
de Lisieux lo describirá así siglos
después: "Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar
a los miembros de la Iglesia; que, si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio
y los mártires se negarían
a derramar su sangre..."
Todos los aspectos
organizativos y pastorales de la Iglesia
no son nada si no permanece
en el amor del Señor, como sostienen
los místicos, entre ellos San Juan de
la Cruz: "el más pequeño acto de
amor tiene más mérito a los ojos de Dios y es más provechoso a la Iglesia
y a la ánima misma que
todas las demás obras juntas».
Este amor es libertad
pura; un amor sobre el cual no es
lícito interrogar, "¿y a ti qué?" puesto que es la libertad soberana del amor que,
como "el viento, no se sabe de dónde viene
y a dónde va" (cf. Jn 3,8).
Sin embargo,
a todos el Señor nos dice: Tú, ¡sígueme!
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