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martes, 31 de mayo de 2022

VII SEMANA DE PASCUA


LUNES
 

Misa: Hch 19, 1-8; Sal 67, 2-3. 4-5ac. 6-7ab; Jn 16, 29-33

 

Habiendo llegado a Éfeso, Pablo realiza la "Iniciación cristiana" de los creyentes.

Es un poco extraño encontrar en    aquella ciudad creyentes que "sólo habían   recibido el bautismo de Juan", en el Jordán  Pablo les habla del verdadero Bautismo, que Juan anunciaba: el Bautismo      en el nombre de Jesús.

Se vislumbra, en el rito del Bautismo y la imposición de las  manos, la unidad de los "Sacramentos de   la Iniciación".

Reciben la efusión del Espíritu Santo.

Con aquellos doce varones la  "Ecclesia" queda plantada en Éfeso.

Pablo se queda en la ciudad durante tres meses, como solía hacer, predicando con libertad el Reino de Dios.

Se continúa con el Salmo 67: "Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos".

Los griegos y eslavos repiten hasta la saciedad este verso en la Liturgia pascual y acuñan estas palabras en la representación de la Cruz.

Al final de la conversación, los discípulos      quieren precipitar el tiempo y dicen que entienden cuando no entienden nada. La fe que alardean poseer muy pronto será puesta a prueba en la Cruz: ellos se irán y lo dejarán sólo.

Entonces ya no pensarán que Él ha salido del Padre.

Con      una inmensa ternura y convicción, Jesús les dice que no quedarán totalmente solos, porque el Padre "siempre está con Él".

Cuando todo suceda, la muerte y la exaltación, entonces encontraran la paz en Él, y más aún: tendrán valor en las luchas    del mundo, porque sabrán que Él, con su  amor, "ha vencido al mundo".

 

MARTES

VISITACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

 

La fiesta de la Visitación se celebraba  antes de la reforma litúrgica el día 2 de julio y se trasladó al día de hoy, entre la Anunciación y el nacimiento de Juan el Bautista, para adaptarla mejor a la narración evangélica según Lucas.

La Orden de los Frailes menores celebraba  esta fiesta en el siglo XIII y el Papa Bonifacio IX (1390) la extendió a la Iglesia Universal.

El día es también una concesión legítima a la piedad popular que dedica el mes de mayo a la Madre de Dios.

El acento litúrgico está puesto más en la "Liturgia de júbilo y de alanza" que en la conmemoración de los acontecimientos de la venida del Señor, más propio de Adviento.

Hoy es el día del "Magnificat":  la Iglesia se asocia a María, que proclama        las maravillas de Dios. Al mismo tiempo, recuerda que el Señor visita siempre a su  Iglesia en la asamblea reunida, cuando celebra los Santos Misterios.

Allí se ejerce la maternidad de la santa Madre Iglesia: en sus sacramentos.

La bella oración de postcomunión lo expresa admirablemente: "Que tu iglesia te glorifique, Señor, por todas las maravillas que has hecho con tus hijos; y así como Juan Bautista exultó de alegría al presentir a Cristo en el seno de la Virgen, haz que tu iglesia lo perciba siempre vivo en este sacramento".

La Liturgia de hoy es de alabanza, de júbilo, de fiesta.

Con razón el Oficio es el festivo.

 

Misa: Sof 3, 14-18 (o bien Rom 12, 9-16b); Sal Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6; Lc 1, 39-56

 

El amor de la Madre de Dios cuando se dirigió a Ain-Karem no fue para nada fingido y por ello se constituye en  icono de la caridad que la Iglesia tiene     que vivir.

El texto de san Pablo, primera     lectura, es reflejo de la Visitación a santa   Isabel ya que María será siempre modelo de caridad en la Iglesia.

La Visitación es       casi la Liturgia del Arca: el grito de Isabel, el gozo en el Espíritu Santo,

Juan que en el seno de su madre ya tiene prisa para ser el Precursor, el abrazo exultante de las dos mujeres… todo es símbolo del encuentro entre la antigua y nueva Alianza.

El título "la Madre de mi Señor" es profundamente cristológico, "Kyrios".

La Iglesia se asocia cada anochecer a María  en el cántico del "Magnificat", éxtasis de la alabanza y de la humildad de la sierva  de Dios.

 

MIÉRCOLES 

SAN JUSTINO, mártir

 

Pertenece a la generación subapostólica: gracias a él tenemos datos preciosos de la vida y de la celebración cristianas de los primeros tiempos de la Iglesia.

Había nacido en Nablus (Palestina) y se dedicó a la filosofía pagana.

Era un hombre que buscaba a Dios sinceramente.

Él mismo explica el misterioso  encuentro con un anciano en una playa  solitaria a quien explicó su preocupación.

El anciano le dijo: "el hombre no  encuentra a Dios por el esfuerzo del pensamiento, sino por la gracia".

Y le invitó a la oración: "Tú reza ante todo para que        se       te          abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo no le conceden comprender" (Diálogo con Trifón VII, 3).

Convertido al cristianismo, en diversos lugares y finalmente en Roma ejerce como apologeta de la fe y filosofía cristianas.

Quiere defender y presentar la fe en Cristo como plenitud de la sabiduría humana.

Escribe las célebres dos "Apologías" y el "Diálogo con Trifón".

En la Urbe establece una escuela de filosofía cristiana para los catecúmenos y gente que quería conocer el cristianismo.

Allí muere mártir el año 165.

Las "Actas" se consideran auténticas y su culto es antiguo.

San Justino es portavoz de una Iglesia que sale al encuentro del mundo, quiere dialogar positivamente con él y quiere progresiva y pacientemente instruirle en el           Evangelio del Señor.

El Papa Benedicto XVI le dedicó una bella catequesis el día 1 de junio 2015.

San Justino, laico, es el  más grande de los Padres apologéticos del siglo II.

 

Misa: Hch 20, 28-38; Sal 67, 29-30. 33-35a. 35bc y 36d; Jn 17, 11b-19

 

En la primera lectura, el final del discurso de Pablo a los presbíteros de Éfeso en Mileto y su adiós.

El relato conmueve: oran conjuntamente, se dan el     ósculo de la paz y "lo acompañan hasta     la embarcación".

De las palabras de Pablo hay que resaltar éstas: "Tened cuidado     de vosotros y de todo el rebaño sobre el      que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia, que  É  l adquirió con la sangre de su propio Hijo".

La densidad teológica y ministerial de esas palabras es extraordinaria.

También Pablo transmite una perla, una palabra del mismo Señor fuera de los Evangelios: "Hay más dicha en dar, que en recibir".

En la "Oración sacerdotal", el Señor reza          por los discípulos.

Pide al Padre que los guarde en la unidad del amor, fundamentada en la unidad trinitaria misma, y que no los retire del mundo, un mundo que deben evangelizar, aunque deben ser salvaguardados del mundo, que les odiará y del Maligno.

Ellos "están en el mundo", pero "no son" de él, en sentido joánico.

Tal como el Padre le ha enviado, también Jesús les envía y se consagra a sí  mismo para que ellos "sean consagrados en la verdad".

 

JUEVES 

Misa: Hch 22, 30; 23, 6-11; Sal 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10.11; Jn 17, 20-26

 

Pablo, prisionero, es llevado ante los ancianos y el Sanedrín de Jerusalén.

El altercado entre fariseos y saduceos vuelve a aflorar.

El tribuno se lo llevó al   cuartel.

Allí el Apóstol escucha la palabra del Señor: "El testimonio que has dado en Jerusalén tienes que darlo en Roma".

Es una etapa más de su camino y forma parte de los sufrimientos que el Señor le  mostró el día de su conversión: por causa del Nombre.

Fue un largo camino el recorrido por Pablo, un camino que culminará en Roma con el último y mayor testimonio: el martirio.

La tercera sección de la "Oración sacerdotal" está dedicada a los futuros discípulos, es decir, a nosotros.

Los discípulos de todos los tiempos son un don del      Padre para el Hijo y también del Hijo al      Padre.

Deben permanecer en la unidad y en el amor de la santa Trinidad.

Son las últimas palabras del Señor a la Iglesia: desde ahora ya no hablará más, será el Espíritu quien recordará sus palabras y la guiará.

Todo radica en un conocimiento de amor, de puro amor.

Toda la misión del Verbo y del Espíritu radica en esas úl timas palabras de Jesús a la Iglesia: "Para        que el amor que me tienes esté en ellos y    yo en ellos” .

Este Amor, amor de ambos, es la persona del Espíritu Santo, substancial al Padre y al Hijo.

 

VIERNES 

SANTOS CARLOS LUANGA Y COMPAÑEROS, mártires

 

San Pablo VI canonizó, en la prime ra visita apostólica de un Papa a África, el día 22 de octubre de 1964, a San Carlos Luanga y sus compañeros de  martirio.

Estos son sus nombres: "Mbaya Tuzinde, Bruno Seronuma, Santiago Buzabaliao, Kizito, Ambrosio Kibuka, Mgagga, Aquiles Kiwanuka, Adolfo Ludigo Mkasa, Mukasa Kiriwanvu, Anatoli Kiriggwajjo y Lucas Banabakintu".

Todos eran laicos y algunos jovencísimos, entre los   doce y los veinticinco años, y formaban   parte de la corte del rey Mwanga.

Se negaron a apostatar de la fe y a participar de las costumbres depravadas del rey.

Son fruto de la presencia misionera de los Padres Blancos en Uganda que, poco después tuvieron que abandonar el país por su oposición a la venta de esclavos.

Muchos católicos, también anglicanos, sufrieron la persecución y el martirio.

San   Carlos Luanga, 21 años, era catequista   y bautizó a cuatro catecúmenos en la cabaña donde estaban presos,  el día antes del martirio.

Entre ellos, al adolescente Kizito de doce años; se ignora el nombre cristiano que recibió.

Uno de ellos, Mukasa Kiriwanvu, no estaba bautizado, pero se unió a sus compañeros diciendo que también era cristiano: recibió el Bautismo de sangre.

Fueron ejecutados         en el monte de Namugongo, degollados             o quemados vivos tal día como hoy († 1886).

San Carlos Luanga es considerado patrón de la juventud africana.

Los Papas han reconocido el martirio de los hermanos anglicanos que murieron también por causa de Cristo.

La valentía de la fidelidad a la fe de estos jóvenes africa nos es admirable.

 

Misa: Hch 25, 13b-21; Sal 102, 1bc-2. 11-12. 19-20ab; Jn 21, 15-19

 

En la primera lectura, cuando Pablo apela a Roma, es una lástima que se haya omitido el texto precedente, el gobernador Festo presenta su caso al rey Agripa y a su esposa Berenice a su llegada     Cesarea.

Tal como hicieron Pilatos y Herodes con el Señor, expone el caso desde      el estricto  “ius romanum”.

Llama la atención que Festo describa a Pablo como alguien     que habla de un tal Jesús que él sostiene  que está vivo.

El litigio no se ha resuelto y  Pablo, que había apelado al César, queda     en la cárcel hasta el momento de remitirlo            al emperador, es decir, a Roma

En el Evangelio, el último capítulo de Juan, el 21.

Jesús pregunta a Pedro  si le ama, y se lo pregunta tres veces, porque tres veces había negado al Señor.

Al final, de manera conmovedora, Pedro humildemente remite su amor  al conocimiento de Jesús: "Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero".

El ministerio apostólico se fundamenta en    un acto de amor que abarca toda una vida: "Apacienta mis ovejas".

Es toda la existencia de Pedro la que se convierte  en un único y sublime acto de amor a     su Señor.

 

SÁBADO 

Misa: Hch 28, 16-20. 30-31; Sal 10, 4. 5 y 7; Jn 21, 20-25

 

Terminamos el Libro de los Hechos.

Pablo llega a Roma y queda en prisión preventiva.

Incluso en aquellas condiciones "predica el Reino de Dios y enseña    todo lo referido a Jesús".

Y allí permanece     por dos largos años.

El relato termina de manera enigmática.

Propiamente, el  libro de los Hechos no tiene colofón.

Algunos sostienen que el libro termina allí donde finaliza históricamente el relato, no hay que narrar lo que todavía no ha ocurrido, pero otros afirman que el libro           no tiene final porque cada comunidad está llamada a continuar los Hechos.

Es entonces un libro que no quedará terminado hasta que venga el Señor, de la misma manera como se marchó, ante los "viri     Galilae", sobre las nubes: "en la gloria del Espíritu Santo" (Hch 1,11).

Hasta entonces  la misión no terminará.

Queda claro que  la historia teológica de la Iglesia, la historia de los discípulos, no de la institución, llega a su plenitud en el Reino.

También hoy se proclama el final del Evangelio de Juan: Evangelio del discípulo que "da testimonio y lo ha escrito".

Es la figura del discípulo amado, aquel que  se queda siempre, porque "la Iglesia del   Amor" precede  a "la Iglesia del ministerio".

Aquella, significada en "el discípulo amado", es evidente que Jesús quiere que    "se quede", no sólo por un tiempo, sino "hasta que yo venga" (Jn 21, 22-23).

Es necia la opinión de que Juan no moriría: se  trata más bien de que el amor encarnado por el discípulo perdure hasta el final de la Historia.

Un discípulo que ama,  porque antes es amado.

La Iglesia sobrevive a través de él.

Él simboliza aquel "permanecer" del amor de Jesús en nosotros: "permaneced en mi amor" (Jn 15,9).

De otra forma, la Iglesia desaparecería.

Santa Teresa de Lisieux lo describirá así siglos después: "Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que, si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían    el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre..."

Todos los aspectos organizativos y  pastorales de la Iglesia no son nada si no permanece en el amor del Señor, como  sostienen los místicos, entre ellos San Juan de la Cruz: "el más pequeño acto de     amor tiene más mérito a los ojos de Dios y es más provechoso a la Iglesia y a la ánima misma que todas las demás obras juntas».

Este amor es libertad pura; un amor sobre el cual no es lícito interrogar, "¿y a ti qué?" puesto que es la libertad soberana del amor que,  como "el viento, no se sabe de dónde viene  y a dónde va" (cf. Jn 3,8).

Sin embargo,  todos el Señor nos dice: Tú, ¡sígueme!

 

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