Los
detalles son importantes y significativos en el texto evangélico de hoy.
Jesús
se deja tocar por lo más marginal: un leproso.
Su
situación está bien descrita en la primera lectura del Levítico.
No
únicamente lo cura, sino que lo toca y
Él mismo incurre en la impureza ritual, de manera que, como dice el
texto, "ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo".
La
caridad del Señor es inclusiva y totalmente solidaria.
Es
fruto de su compasión.
El
texto dice que, ante el leproso, Jesús "se compadeció".
El
verbo está relacionado con el "eleos-hesed" bíblico, lo más propio de
Dios.
Él
manifiesta las entrañas de misericordia de nuestro Dios.
El
diálogo es admirable ya que se encuentran las dos voluntades: la del leproso de
ser curado y la de Jesús de curar.
Recuerda
la oración del alma enamorada de Juan de la Cruz: "¡Señor Dios, amado mío!
Si todavía te acuerdas de mis pecados para no hacer lo que te ando pidiendo,
haz en ellos, Dios mío, tu voluntad, que es lo que yo más quiero, y ejercita tu
bondad y misericordia y serás conocido en ellos".
La
súplica del leproso, arrodillado ante el Señor, es conmovedora: "Si
quieres, puedes limpiarme".
Este
hombre sabe que la curación solamente la puede recibir por la voluntad del
Señor, como don de su gracia.
Antes
de ser curado ya ha sido tocado por la gracia de la fe.
Jesús
lo manda al sacerdote para certificar su curación y así integrarlo a la comunidad
cultual de Israel, a la vida.
Le
impone un secreto imposible: ¿Cómo
aquel hombre podía
dejar de anunciar que Jesús lo
había curado?
San
Pablo, en la segunda lectura, parece pretencioso: "Sed imitadores
míos".
Lo
puede decir porque él es imitador de Cristo.
El
Salmo 31 con el verso: "Dichoso el que está absuelto de la culpa, a quien
le han sepultado su pecado" es cantado gozosamente en la liturgia oriental
en el momento que un niño o un adulto acaba de ser bautizado.
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