El Domingo de Ramos es fundamentalmente un Domingo y celebramos, como cada Domingo, la Resurrección de Cristo.
La Liturgia de la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén en el Rito Romano está vinculada a la celebración eucarística.
Es la Iglesia, que se dispone a acompañar a su Señor y Esposo en la celebración del Misterio de la Pascua.
Acompañamos al Señor, "rey" pacífico y humilde, que entra en la ciudad santa para ofrecer el sacrificio de la nueva alianza en su Cuerpo, y llevando a plenitud su obediencia al Padre.
La monición del celebrante dice: "Hoy nos disponemos a inaugurar, en comunión con toda la Iglesia, la celebración anual del Misterio pascual de la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo".
La memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén, según las tres posibilidades ofrecidas por el Misal, debe ser preparada.
Es expresión del amor y de la gratitud por la entrega de Cristo, que se ofrece a sí mismo como cordero de la nueva Pascua.
Por la historia litúrgica sabemos que en Roma empezaba con una gran sobriedad la Semana Santa, pero los peregrinos medievales, sobre todo de la Galia, participaban en la liturgia festiva de Jerusalén, la que iniciaba la gran semana con la procesión que, desde el monte de los Olivos quería imitar la entrada de Jesús en la ciudad santa.
La costumbre se impuso en Occidente y también en Roma.
De ahí el contraste litúrgico entre la conmemoración festiva de la entrada del Señor en Jerusalén y la sobriedad de la Misa, centrada ya en los misterios de la Muerte y Pasión del Señor.
El Misal actual prevé la posibilidad de celebrar con una Liturgia de la Palabra la entrada de Jesús, separada de la Misa.
La Semana Santa no es una sucesión de acontecimientos que se van celebrando, como si fuese un drama por partes, sino que está toda entera en cada una de las celebraciones, es decir, en cada una de ellas se actualiza el Misterio Pascual.
Nos introducimos en el "gran paso" "pascua" hacia la Vida por la Muerte y la Resurrección, realizada plenamente en Cristo y en nosotros sacramentalmente.
Esta semana forma un todo y recibe todo su sentido en el día que la culmina: el día de la Resurrección.
La proclamación del Evangelio de la conmemoración no es aislada, va acompañada de los Salmos de la asamblea.
Los Salmos 23 y 46 tienen su plena significación cristológica, así como el bellísimo himno "Pueri hebraeorum" con la preciosísima expresión: "Los niños hebreos profetizaban la Resurrección de Cristo".
Propiamente, en la entrada solemne, el rito termina con la veneración del altar y su incensación.
La liturgia de los ramos es el solemne "rito de entrada" a la celebración eucarística.
La celebración eucarística está marcada por la proclamación de la Pasión del Señor según el Evangelio de Mateo.
Idealmente, hay que considerar que el texto de la Pasión encuentra su culminación, como una unidad sustancial, con el texto de la Resurrección de la Noche Santa.
Dicha proclamación de la Pasión debe ser cuidadosamente preparada y la homilía debe ser breve, pero intensa.
A no ser por causas realmente importantes, no debe proclamarse el texto breve de la Pasión.
Lects. bíblicas: Procesión: Mt 21, 1-11
El texto comienza con la peregrinación del Señor, acompañado de los discípulos que lo seguían y de las mujeres que habían subido con Él desde Galilea, y que se convierte en una manifestación popular, gozosa, festiva y solemne con todo el pueblo que lo aclama.
El cortejo comienza en Bet-Fagué, en el monte de los Olivos, lugar con tantos significados bíblicos.
El centro de la perícopa es la "palabra de cumplimiento" del profeta Zacarías: Él es el "rey" pacífico que no se presenta con la potencia temible de las armas, los carros y la caballería, sino montado sobre el "pollino hijo de acémila" y así toma posesión de su ciudad.
Con su cabalgata, propia de quien es "manso y humilde de corazón" (Mt 11, 28) confunde todos los proyectos de odio y de guerra.
La ciudad es la "Hija de Sión", expresión que indica la Esposa, la Madre futura de muchos hijos, esposa gloriosa, bendita y bienaventurada.
Sólo su sangre redimirá a la Esposa amada, tan amada que dará la vida por ella.
Los habitantes de Jerusalén le reciben como el Mesías, el Rey mesiánico, el "Hijo de David", anticipando los signos de la fiesta de las Tiendas y el canto del Salmo 117 con la aclamación: "Hosanna Hoshîaina" la misma aclamación que resuena eternamente (Ap 7, 9-10).
De nuevo la pregunta: "¿Quién es éste?"
La respuesta: "Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea".
En el título de la Cruz, como trágico contraste, se habrá escrito: "Este es Jesús, el rey de los judíos".
Misa: Is 50, 4-7; Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Flp 2, 6-11; Mt 26, 14-27, 66; (o bien, más breve: Mt 27, 11-54)
Se proclama el tercer cántico del Siervo de Yahvé: la primera Iglesia interpretará la Pasión y Muerte del Señor con los oráculos de Isaías y verá en ellos el cumplimiento de todo al detalle.
En el Salmo escuchamos el alma del Señor a través de la oración del Salmo 21 que el Señor murió en la Cruz recitándolo: así hacemos nuestros los sentimientos de Cristo.
Es lo que pide San Pablo a los destinatarios de la carta a los Filipenses antes de transcribir el himno de la "kénosis": "Cristo, por nosotros, se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la Cruz".
Estas palabras, la Liturgia de la Iglesia las repetirá tantas veces en las Horas Santas durante el "Triduo".
La obediencia del Siervo, anunciada por el profeta y proclamada por el Apóstol, se refleja en el relato sobrio, a la vez que grandioso, de la Pasión y Muerte del Señor.
Traicionado por sus discípulos, negado por Pedro, abandonado por los suyos, experimentando la angustia del pecado del mundo en Getsemaní, torturado y elevado en la Cruz, Jesús se manifiesta como el Hijo amado del Padre, y, de hecho, muere con el grito supremo: "‘Abbâ" (45-50).
El Señor murió con los Salmos de su pueblo en los labios.
Israel, como si no fuera el pueblo de la alianza, lo ha entregado a los paganos.
El diálogo con Pilato no conduce a nada porque falta la mediación de la Escritura.
Sin embargo, es un pagano, el centurión, quien proclama su identidad: "Verdaderamente este era Hijo de Dios".
Jesús tuvo que soportar las injurias de sus enemigos y las burlas de quienes le habían condenado, pero también soportó las tres "tentaciones escatológicas", en paralelismo con las tres tentaciones del desierto.
Su muerte es una "teofania" divina, significada por el terremoto, "la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron", el velo del templo rasgado y las tinieblas "vinieron tinieblas sobre toda la tierra".
Es la "teofania", revelación de Dios en la Persona, humanidad y divinidad del Verbo y del Hijo que obedece filialmente la voluntad del Padre en el Espíritu Santo para nuestra salvación.
El abismo de la Vida ha entrado en el abismo de la Muerte para aniquilarla y hacernos entrar, resucitando, en el Abismo de su Vida.
