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lunes, 21 de septiembre de 2026

CARTA DEL SANTO PADRE!!!

 

CARTA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS OBISPOS LATINOAMERICANOS Y DEL CARIBE
CON MOTIVO DEL TERCER CENTENARIO DE LA CANONIZACIÓN
DE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO


Queridos hermanos en el Episcopado:

Acogiendo la petición del Episcopado peruano y con ocasión del tercer centenario de la canonización de santo Toribio de Mogrovejo, patrono de los obispos de América Latina, los saludo con afecto en el Señor y les agradezco el servicio que prestan cada día. Al dirigirles estas palabras, vuelve a mi corazón la gratitud por el privilegio de haber ejercido el ministerio episcopal en el Perú. Allí conocí de cerca la fe de un pueblo del que recibí mucho y comprendí mejor lo que significa ser pastor. Esa experiencia me acercó de modo particular a santo Toribio, quien también llegó desde lejos a una tierra que terminó haciendo suya por la caridad pastoral.

Mis Predecesores se han detenido ampliamente en la figura del «excelso metropolitano limeño», recordando su celo evangelizador, su empeño por la edificación y renovación de la vida eclesial y su cercanía a los más pobres y vulnerables. Sin volver ahora sobre su biografía, quisiera contemplar su ministerio a la luz de un signo que nos remite al origen mismo de nuestra misión: la recepción del obispo en su iglesia catedral. Un rito semejante se prevé para la visita pastoral a una comunidad, como si la Iglesia quisiera conducir al prelado, una y otra vez, al significado de aquella primera entrada.Lo que la liturgia expresa en unos pocos gestos, el Apóstol de los Andes lo fue haciendo vida a lo largo de sus años de pastor. La mejor manera de honrar su memoria será dejarnos interpelar por el modo en que vivió el ministerio que también nosotros hemos recibido, e imitarlo.

El rito comienza en la puerta de la catedral. Allí el nuevo obispo es recibido por la Iglesia a la que ha sido enviado. Llega a una comunidad que lo precede, que ha recorrido un camino de fe y en la que el Espíritu Santo ya estaba obrando. Al cruzar aquel umbral, entra en una historia que no comienza con él y queda ligado, por su ministerio, a un pueblo concreto. El santo arzobispo llegó a una tierra de cuyos pueblos y culturas apenas tenía noticia. Para pastorearla debía adentrarse en aquella realidad, y por eso la recorrió. Sus visitas pastorales y su preocupación por que el Evangelio pudiera ser anunciado en las lenguas locales fueron estrechando su vínculo con aquella tierra y sus gentes. Hay realidades de una diócesis que difícilmente alcanzan un escritorio. Por eso, procuremos que la visita pastoral conserve toda su fuerza: vayamos personalmente al encuentro de nuestras comunidades, escuchemos a nuestra grey y busquemos a quienes pocas veces tienen ocasión de acercarse al obispo. El ministerio de un sucesor de los apóstoles exige vivir con el corazón en el cielo y los pies en el camino.

Todavía en la puerta, el obispo recibe un crucifijo y lo besa. La Iglesia pone ante él a Aquel que amó a los suyos hasta el extremo. Ese gesto contiene una promesa de entrega. El ministerio podrá llevarlo por caminos que no había previsto y pedirle renuncias que quizá nunca imaginó. La cruz le recuerda que ha de permanecer junto al rebaño cuando lleguen las horas difíciles y que la protección de las ovejas puede tener un precio para el propio pastor. Toribio prolongó aquel beso a la carne sufriente del Señor en sus viajes y fatigas, al defender a los indígenas, corregir abusos y mantenerse cerca de los pobres y de quienes sufrían. Queridos hermanos, necesitamos volver con frecuencia a la escuela de la cruz. El abandono de la grey puede comenzar mucho antes de una huida visible, cuando la comodidad, el temor o los propios intereses pesan más que el bien de los fieles. El mercenario calcula lo que puede perder; el pastor sabe que algo de sí habrá de entregar para permanecer fiel (cf. Jn 10,12-13).

Después, el obispo recibe el agua bendita, se asperja a sí mismo y asperja a los presentes. El gesto lo devuelve a la fuente común del Bautismo. Antes de ser pastor, es discípulo; antes de presidir al Pueblo de Dios, se cuenta él mismo entre los bautizados, hechos hijos en Cristo. La santidad del pastor no puede darse por supuesta (cf. 1 Tm 4,16). Santo Toribio pudo pedir una vida eclesial más fiel al Evangelio porque comenzó por dejarse medir por esa misma exigencia. Quien ha recibido el encargo de santificar sigue necesitando ser santificado; quien anuncia la misericordia vive también de ella. Cuidemos, pues, nuestra vida interior y conservemos la conciencia de que somos discípulos necesitados de conversión.

El rito conduce después al obispo ante el Sagrario, donde se arrodilla y adora. Antes de comenzar su ministerio, se detiene en silencio ante el Santísimo. Los obispos pasan; Cristo permanece (cf. Hb 13,8). Cambian los pastores, surgen nuevas urgencias y se suceden los proyectos, pero la Iglesia vive del Señor. Por eso, quisiera invitarlos a hacer de la adoración eucarística una prioridad pastoral. El amor de Toribio a la Eucaristía se manifestó en su solicitud por acercar a todos a Jesús. Ofrezcamos a nuestros fieles tiempo y espacios para permanecer ante Él y alentemos la adoración prolongada. Estoy convencido de que la santa presencia del Señor, acogida y adorada con fidelidad, sostiene lo que nuestras fuerzas no alcanzan y abre caminos que ninguna planificación podría prever. Será su amor el que transformará nuestras diócesis.

Tras revestirse, el obispo se acerca al altar y lo besa. Es el mismo Señor, ante quien acaba de arrodillarse, ahora contemplado como aquel que reúne a su Iglesia en torno a sí y la hace un solo cuerpo (cf. 1 Co 10,17). El santo prelado sirvió a una Iglesia inmensa y plural, esforzándose por mantenerla unida. También a nosotros nos corresponde velar para que la diversidad de nuestras diócesis encuentre en Cristo su unidad. El altar nos recuerda que la comunión pertenece al corazón mismo de nuestra misión.

Luego se dirige a la cátedra y se leen las Letras apostólicas, la bula por la que el Romano Pontífice lo ha nombrado pastor de aquella Iglesia particular. El obispo no se ha dado a sí mismo esa misión, la ha recibido y la ejerce en la comunión de la Iglesia, unido al Sucesor de Pedro y al Colegio Episcopal. La enseñanza que ofrece desde la cátedra no nace de una palabra propia que tenga que imponer. Ha recibido la fe de la Iglesia y está llamado a «guardar el buen depósito», profundizarlo y hacerlo comprensible para quienes están bajo su cuidado (cf. 2 Tm 1,13-14). Santo Toribio comprendió bien esta responsabilidad. La recepción del Concilio de Trento, los concilios provinciales, los sínodos diocesanos y su labor catequética dan testimonio de su deseo de transmitir íntegramente la fe y hacerla accesible a quienes tenía delante. En un tiempo en el que tantas voces reclaman autoridad sobre la conciencia de los fieles, corresponde al obispo ofrecer una enseñanza clara, paciente y arraigada en esa comunión, para ayudar a su pueblo a reconocer la voz del único Pastor.

A continuación, se acercan el clero y los fieles para «manifestar obediencia y reverencia». La reverencia recibida se convierte para el obispo en responsabilidad, y la obediencia ofrecida reclama, de él, paternidad. Esta se hace especialmente visible en su relación con los presbíteros, unidos a él de un modo singular en el único sacerdocio y en la misión confiada a la Iglesia particular. Toribio veló por su formación, fue exigente en la admisión a las órdenes, visitó a sus sacerdotes y sostuvo la disciplina eclesiástica, consciente de que la vida del clero repercute en la del pueblo. Queridos hermanos, estemos cerca de nuestros sacerdotes. Cuidemos especialmente el seminario y los primeros años de ministerio, favorezcamos una fraternidad real y procuremos que ningún presbítero sienta que sólo puede acercarse a su obispo cuando existe un problema que resolver. La paternidad episcopal se reconoce muchas veces cuando un sacerdote sabe que puede llamar con confianza a la puerta de la casa episcopal.

Después del Evangelio, el obispo dirige por primera vez la palabra a su pueblo. Hasta entonces, la liturgia lo ha puesto en actitud de recibir y escuchar, y lo ha conducido al silencio de la adoración. Sólo después habla. Ese orden sencillo contiene una enseñanza que conviene siempre tener presente. Entre las muchas responsabilidades que ocupan nuestra jornada, hemos sido enviados para anunciar la Buena Nueva. Como los Apóstoles, estamos llamados a perseverar «en la oración y en el ministerio de la Palabra» (Hch 6,4). Santo Toribio hizo de su vida una predicación prolongada, y su anuncio resultaba creíble porque había permitido que el Evangelio modelara primero su existencia. Que ninguna urgencia ni tarea pastoral, por necesaria que sea, relegue la oración como antesala de la predicación. Reservemos siempre el tiempo necesario para escuchar la Palabra y preparar con esmero el modo de ofrecerla a nuestro pueblo.

Terminados los ritos de la recepción y celebrada la liturgia de la Palabra, llega el momento de presentar la ofrenda. En aquel ofertorio podemos ver anticipadamente todo lo que el obispo habrá de colocar, día tras día, en las manos del Señor: su trabajo, los proyectos que emprenderá, las decisiones que deberá tomar, las personas que le han sido confiadas, sus preocupaciones y sus esperanzas. Habrá momentos en que verá con claridad el camino y otros en los que experimentará su propia pequeñez: todo ello cabe en la patena. Al obispo le corresponde entregarse con fidelidad; el fruto, en último término, pertenece a Dios (cf. 1 Co 3,6-7).

La celebración misma muestra dónde tiene su fuente esa fecundidad. En la Santa Misa se actualiza sacramentalmente el único sacrificio de Cristo para la salvación del mundo, mientras su Pueblo es asociado a la ofrenda de su Señor. De este Santo Sacrificio mana la gracia de la que vive la Iglesia y por la que Cristo continúa reuniéndola y santificándola a lo largo de la historia. El obispo, como todo sacerdote, presta su voz y sus manos a Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, que actúa por medio de su ministerio. Aquello que celebra ha de prolongarse también en su propia vida, cada vez más unida a la ofrenda del Señor, hasta que toda su existencia llegue a ser, en Cristo, una ofrenda al Padre.

La geografía espiritual de la Iglesia en América Latina está marcada por pastores que hicieron visible esta unión entre el altar y la vida. La figura de santo Toribio, por tanto, no está sola. A lo largo de los siglos y en distintas regiones del continente se ha ido formando una verdadera constelación de obispos que la Iglesia venera como santos y beatos. Junto al gran arzobispo de Lima se encuentran los santos Antonio María Claret, Ezequiel Moreno, Rafael Guízar y Óscar Romero, y los beatos Juan de Palafox, Jacinto Vera, Mamerto Esquiú, Enrique Angelelli, Jesús Jaramillo y Eduardo Pironio, entre tantos otros insignes obispos. Profundicemos en el ministerio y los escritos de estos pastores y démoslos a conocer en nuestras Iglesias particulares. Su testimonio puede ayudarnos a comprender mejor la misión del obispo y reviste un interés especial para la formación de seminaristas y sacerdotes. Sus vidas muestran cómo una misma misión puede tomar formas diversas según los tiempos y las circunstancias y forman una escuela de pastores nacida de nuestra historia eclesial. Los santos siguen formando santos (cf. Hb 13,7).

Encomendemos a Santa María de Guadalupe nuestro deseo de vivir con renovada fidelidad la misión recibida. En los albores de la evangelización de ese querido continente, Ella quiso que san Juan Diego llevara su petición al obispo y que fuera él quien discerniera y acogiera lo que el Señor estaba realizando por medio de un mensajero humilde. Aquel encuentro sigue siendo una invitación para nosotros pastores: estar atentos a la acción de Dios, que muchas veces se manifiesta por caminos imprevistos y se sirve de quienes menos cabría esperar. Por intercesión de la Madre de Dios, pidamos la gracia de conocer, servir y amar a las Iglesias que nos han sido confiadas, para que, cuando llegue la hora de dar cuenta al Señor de nuestro ministerio, podamos escuchar: «Bien, siervo bueno y fiel […] entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21).

Con afecto fraterno, los bendigo de corazón.

Vaticano, 8 de septiembre de 2026, Natividad de la Bienaventurada Virgen María.


LEÓN PP. XIV

domingo, 20 de septiembre de 2026

LOS TRABAJADORES!!!

 

Durante su último peregrinaje a Jerusalén, el Señor predica esta maravillosa parábola.

Hace la bella comparación del dueño de la viña que, al llegar el tiempo de la vendimia, contrata los labradores que necesita.

Lo hace todo por su viña, ¡hasta cinco veces sale a buscar trabajadores!.

Desde la primera hora de la mañana hasta la última de la tarde busca trabajadores.

La sorpresa es que los de la última hora cobran lo mismo, de hecho, es el trato verbal que habían pactado.

Era necesario que el dueño cumpliera la ley santa de pagar a los trabajadores el salario del día (Lev 19,13 y par.).

Los que habían trabajado todo el día murmuran y protestan.

El dueño no los quiere ver sumidos en el odio y en la dureza de corazón y les habla de los demás como compañeros y no como rivales: “Quiero darle a este último igual que a ti (Mt 20,14b).

O también:¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Todos tienen necesidad del salario.

Es cierto que algunos han trabajado más que los otros, pero no por culpa de estos últimos: sencillamente, nadie les había contratado hasta entonces.

La generosidad de Dios no debe suscitar jamás la envidia o la murmuración, sino la acción de gracias y la alegría fraterna.

La justicia de Dios no es humana simplemente, es también divina: la justicia divina es la plenitud de la caridad.

La bondad de Dios para con los demás va más allá de lo debido y merecido.

Es una justicia que trastorna.

He aquí que los primeros que se oponen al bien de los últimos son los verdaderamente injustos: su mirada no es divina, es mezquina.

En la Iglesia, nadie puede decir “yo he trabajado más que tú”: lo importante es que unos y otros hayamos trabajado humildemente en la viña del Señor.

San Pablo es sublime en la segunda lectura:Para la vida es Cristo y el morir una ganancia”, pero ama tanto a la Iglesia que incluso renuncia a descansar ya en Cristo, “que es con mucho lo mejor”, para continuar sirviendo a la comunidad.

sábado, 19 de septiembre de 2026

BUSCAR LA ESPERANZA!!!

 DISCURSO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV

A LA ASAMBLEA DIOCESANA DE ROMA

Basílica de San Juan de Letrán
 viernes 18 de septiembre de 2026


Queridos hermanos y hermanas,

Quisiera comenzar con ustedes en la mañana de Pascua, en un jardín, junto a una tumba vacía. María Magdalena está allí, al amanecer, cuando aún está oscuro, y la oscuridad en la que se encuentra no es solo la de la noche interminable. Es la oscuridad de quien ha perdido a alguien, de quien busca y no encuentra, de quien se inclina y llora. Sin embargo, el Evangelio no la deja sola en ese llanto. Un hombre se le acerca, a quien ella confunde con el jardinero, y le hace dos preguntas: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?» ( Juan 20:15).

Estas dos preguntas, queridas, quisiera inspirar el camino inmediato de la Diócesis de Roma. De hecho, creo que hoy las escuchamos dirigidas a nuestra Iglesia y a toda la ciudad: "¿Por qué lloráis? ¿A quién buscáis?". Se refieren a la ansiosa búsqueda de esperanza que percibís en las parroquias, en las reuniones y en la vida cotidiana, cuando os habéis escuchado unos a otros y a la gente. María Magdalena se despierta antes del amanecer y ya corre al sepulcro, porque en ella hay vida, ¡hay esperanza! Así, en Roma, hay muchas personas que comienzan de nuevo cada mañana, pero también comunidades parroquiales, asociaciones, movimientos, grupos y entidades eclesiales que trabajan generosamente en la evangelización, en la caridad y al servicio de la oración litúrgica. Por supuesto, junto a esta riqueza, habéis reconocido honestamente algunas dificultades. Es el desconcierto de quienes ya no encuentran dónde está el Señor. Una experiencia que compartimos con muchos hermanos y hermanas, pero que también nosotros vivimos. A veces, las propuestas, las actividades y las reuniones se multiplican y se pierde el centro, el significado evangélico de lo que hacemos.

Y he aquí que, en el Evangelio, una sola palabra hace que María Magdalena se vuelva: su nombre, «¡María!» ( Jn 20,16). Así es como nos encontramos con Jesucristo: al oírle llamarnos por nuestro nombre, de las muchas maneras en que esto puede suceder. Aquí es donde debe comenzar toda acción pastoral: no tanto preguntando «qué» hacer, sino más bien «a quién» y «cómo» encontrarnos. En nuestras comunidades, podemos permanecer anónimos, invisibles e incomprendidos, o podemos ser vistos, conocidos y llamados por nuestro nombre. Y aquellos que verdaderamente se encuentran con Cristo, como María Magdalena, sienten que su corazón se llena, y entonces no pueden quedarse quietos; corren y van a proclamar la noticia. «¡He visto al Señor!» (v. 18), dice la mujer a los discípulos. No un recuerdo, no un asunto privado, sino una alegría profunda que genera comunidad.

Por esta razón, hermanos y hermanas, hoy no les presento un nuevo programa pastoral. No partimos de cero, y nada de lo que hemos vivido debe archivarse. Nuestro trabajo sobre las "enfermedades espirituales" nos ha enseñado a reconocer qué necesita ser sanado, corregido o transformado en nuestra vida eclesial. El Camino Sinodal nos ha enseñado a escuchar y discernir juntos, corresponsables de la misma misión. En cambio, quisiera proponerles que desarrollemos una tercera dimensión: la de la evaluación pastoral .

Verificar, bajo la luz del Espíritu Santo, significa detenerse, reexaminar lo sucedido, reconocer lo que ha dado fruto, comprender lo que no ha funcionado y buscar juntos las razones. Significa, en una palabra, establecer la verdad. Los invito a emprender esta verificación involucrando a toda la comunidad y, siempre que sea posible, escuchando también a quienes no forman parte de ella y ven las cosas, por así decirlo, «desde fuera».

Para ayudarles a practicar la evaluación pastoral, me gustaría señalar algunos puntos a tener en cuenta, que yo distingo pero que forman una dinámica única.

La primera preocupación: encontrar a Cristo y propiciar ese encuentro . La Iglesia no existe para sí misma, sino para guiar a cada persona a un encuentro con el Señor; por lo tanto, no basta con preguntarse si una actividad está bien organizada, si cuenta con una buena asistencia o si lleva muchos años celebrándose; debemos preguntarnos si realmente conduce a Cristo, si introduce el Evangelio en la vida cotidiana de las personas.

El segundo objetivo: construir comunidad . De la Pascua de Cristo nacen comunidades nuevas, libres y reconciliadas. Tenemos el valor de cuidar lo esencial, de crear espacio para relaciones auténticas, donde las personas se sientan parte de un pueblo: acogidas, apoyadas, valoradas y corresponsables. Comprometámonos a ofrecer a los jóvenes tiempo y atención, tanto dentro como fuera de nuestras iniciativas.

La tercera preocupación: habitar y servir a la ciudad . Roma no es un telón de fondo indiferente para nuestras comunidades: es el lugar de nuestra misión. La comunidad generada por el Resucitado no puede permanecer aislada, sino que comparte las expectativas, las fragilidades y las preguntas de su gente; y aprende a reconocer, en lo que sucede en los diversos ámbitos de la ciudad, las preguntas a las que el Evangelio puede responder, si se le acoge con renovado entusiasmo.

A estas tres áreas de verificación se suma una cuarta , que las atraviesa a todas: la formación del Pueblo de Dios . ¿Nuestras actividades fomentan el crecimiento en la fe? ¿Forman discípulos misioneros? ¿Ayudan a desarrollar responsabilidades eclesiales? ¿Generan una fe madura, capaz de traducirse en decisiones concretas de vida y servicio?

El núcleo del método que propongo, sin embargo, reside en una pregunta muy sencilla: "¿ Por qué? ". Implica detenernos juntos y preguntarnos, para todo lo que hacemos: ¿por qué lo hacemos? ¿Qué intención evangélica nos impulsa? ¿A qué necesidad real pretendemos responder? ¿Cómo se corresponde esta elección con la misión de la Iglesia? Y luego, el segundo paso: ¿por qué obtenemos estos resultados y no otros? ¿Por qué algunas iniciativas generan caminos mientras que otras permanecen aisladas? ¿Por qué algunas personas participan mientras que otras permanecen marginadas? Del encuentro entre las razones de nuestras elecciones y las razones de sus efectos, nace un discernimiento auténtico que nos permite reconocer qué es necesario mantener, valorar, corregir, abandonar o iniciar.

Para que esto no se quede en una mera ilusión, el viaje tendrá su propio "ritmo", y agradezco al Cardenal Vicario y a los demás colaboradores por haber preparado las etapas que se les presentarán.

Por lo tanto, les pido que se den tiempo para recorrer juntos este camino —no un año, sino un camino— para que sea un verdadero discernimiento y no una iniciativa añadida a otras. El obispo no les pide que planifiquen nuevas actividades: les ofrece un método compartido de escucha, discernimiento, evaluación y conversión. El contenido y las prioridades siguen siendo responsabilidad de sus comunidades, en las cinco áreas de catequesis e iniciación cristiana, juventud, familia, caridad y vocaciones, porque el objetivo es compartir un enfoque pastoral, no estandarizar experiencias. Y en esto, las prefecturas están llamadas a convertirse cada vez más en lugares de encuentro, diálogo y desarrollo pastoral compartido.

Queridos hermanos y hermanas, es cierto: un método, por sí solo, jamás ha convertido a nadie. Así que, para que lo que he propuesto no quede en abstracto, les recuerdo también un rostro. He aprobado con alegría la decisión de tomar las medidas necesarias para iniciar la investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la reputación de santidad del Padre Luigi Di Liegro, sacerdote de esta Iglesia, fallecido el 12 de octubre de 1997. El don que nos deja para nuestro camino no reside principalmente en las obras que realizó: el Padre Luigi, antes de construir nada, quería «ver». En 1969, encargó un estudio sobre la religiosidad romana, porque había aprendido que no hay encarnación del mensaje sin escuchar la realidad. En su último discurso, pocas semanas antes de su muerte, el Padre Luigi dijo a su personal: «El discernimiento es esta pregunta: Señor, ¿dónde estás?».

Queridos amigos, esto me recuerda la pregunta de María Magdalena ante la tumba de Jesús. Es la pregunta con la que volvemos a empezar hoy. ¿Qué signos del Reino y qué llamados del Espíritu Santo se manifiestan en la vida de Roma hoy, y qué forma de Iglesia debemos asumir para reconocerlos y servirlos? Tener presente esta pregunta nos ayudará a ser una Iglesia solidaria con el destino de esta ciudad, atenta a sus heridas, sus esperanzas y sus transformaciones.

Ahora quisiera dirigirles unas palabras sobre el ministerio ordenado en Roma. Antes que nada, quiero expresar mi agradecimiento, y no solo por formalidad. Gracias al Cardenal Vicario, a los Obispos Auxiliares, a los Prefectos y a todos los que sirven en las oficinas del Vicariato. Gracias a los párrocos y vicarios parroquiales; a los sacerdotes ancianos y enfermos; a los capellanes de hospitales, prisiones, escuelas y universidades; a los sacerdotes que vienen de otras Iglesias y otros países, que sirven en esta ciudad como si fuera la suya. Gracias a los diáconos permanentes y a sus familias. Gracias a los religiosos y religiosas; a quienes apoyan silenciosamente a Roma con su intercesión; y a quienes la encuentran cada día en escuelas, hospitales, albergues y en los suburbios. Gracias a los catequistas, educadores y trabajadores caritativos. Sabemos que la bondad no hace ruido; el Señor lo sabe, y hoy yo también quiero reconocerlo. ¡Gracias!

También sé que el servicio pastoral hoy es más exigente que ayer. Les ruego que no carguen con las responsabilidades solos. Y les digo claramente que el arte de la evaluación pastoral no les pide que hagan más: más bien, les da permiso para hacer menos y mejor. Si la evaluación pastoral se convirtiera en una carga más sobre sus hombros, habríamos traicionado su propósito. Por lo tanto, quisiera ofrecerles algunas reflexiones sobre los sacerdotes que Roma necesita. El sacerdote debe ser un hombre que escucha antes de responder, que discierne antes de decidir. Una persona que permanece ante el Señor, porque no puede guiar a otros a un encuentro que él mismo no experimenta. La pregunta de "¿por qué?" es, ante todo, una pregunta personal: ¿por qué soy sacerdote? ¿Acaso mi día sigue correspondiendo a la razón por la que el Señor me llamó por mi nombre? El sacerdote no concentra toda la responsabilidad en sí mismo. Reconoce carismas, forma conciencias y posibilita la corresponsabilidad de los laicos: no por falta de fuerza, sino por fidelidad a la naturaleza de la Iglesia. Una comunidad en la que todo depende del párroco es una comunidad frágil, y presidir no significa hacerlo todo. Significa generar comunión, valorar las energías de los demás, conectar a las personas y las realidades, y preservar la unidad. El sacerdote, en última instancia, se integra y desea pertenecer a una comunidad capaz de comprender su entorno, compartir sus heridas y esperanzas, y ser responsable de la vida de todos, incluso de aquellos que nunca entran en la iglesia. Esta es la forma que adopta la caridad en el liderazgo pastoral, y es lo que impide que una parroquia se repliegue en la autopreservación.

Nadie está llamado a vivir todo esto solo. El presbiterio no es la suma de sacerdotes que se reúnen para asuntos organizativos: es una fraternidad, y es el primer lugar para comprobar si lo que hacemos genera verdaderamente comunión. Deseo que las Prefecturas sean, antes que instrumentos de coordinación, espacios efectivos de fraternidad sacerdotal, donde también podamos hablar de nuestras propias luchas sin vergüenza. Junto a ustedes, los diáconos recuerdan a toda la Iglesia que existe para servir; y los religiosos y religiosas, con la generosidad de sus vidas, recuerdan a Roma que ninguna eficiencia salva al hombre y que la primacía pertenece a Dios.

Un pensamiento especial va dirigido a nuestros seminaristas. Queridos jóvenes, se están preparando para ser sacerdotes de esta Diócesis. Los invito a participar, desde ahora, en este camino de autoexamen, aprendiendo a integrarlo como un estilo durante sus años de formación. Y permítanse formarse tanto por los libros, necesarios para encontrar buenos maestros, como por los rostros: los pobres, los enfermos, la gente de nuestras parroquias. A ustedes y a sus formadores, les expreso mi gratitud y mi confianza. Los jóvenes no se limitan a un rol, sino que siguen a hombres y mujeres que parecen felices con quienes son.

Sé que este camino de reflexión requerirá paciencia, y quizás incluso el valor de desprendernos de algo que apreciamos profundamente. Pero es el mismo valor que tuvo María Magdalena, quien tuvo que renunciar al deseo de aferrarse al Señor y, en cambio, correr a proclamarlo. De este discernimiento pastoral, espero, surgirá una etapa de compartir experiencias renovadas y, posteriormente, la construcción de un camino común que nos prepare, juntos, para el Jubileo de la Redención de 2033.

Queridos hermanos y hermanas de Roma, ¡no teman volver a escuchar su nombre! El Señor vivo se deja encontrar por aquellos que, como María al amanecer de Pascua, aún tienen el valor de buscarlo, incluso entre lágrimas, incluso en la oscuridad. Que la Madre de Dios, Salus Populi Romani , quien primero creyó en Cristo y lo trajo al mundo, los acompañe. Y a todos ustedes, a sus comunidades y a esta ciudad, que mi bendición se extienda.