Como primera lectura se lee la asignada al Domingo VI de Pascua, con su correspondiente Salmo responsorial; en cambio la segunda lectura y el Evangelio pueden ser o bien los de este Domingo VI o bien los correspondientes al Domingo VII.
Con la no muy feliz solución, desde el punto de vista litúrgico, de trasladar la Ascensión del Señor al Domingo, hay que advertir que es grave omitir por defecto las lecturas del VII Domingo de Pascua, pues en este Domingo se lee parte de la "Oración sacerdotal" de Jesús.
Es recomendable leer la segunda lectura y el Evangelio del VII Domingo de Pascua, en años alternativos, por ejemplo, para que la asamblea pueda escuchar este importante y decisivo texto del Evangelio en el cual, como sacerdote de la nueva alianza, el Señor pide epicléticamente al Padre el don del Espíritu Santo.
Es su "epiclesis" sobre la Iglesia.
La "Oración sacerdotal" de Jesús nos introduce en el Misterio de Pentecostés.
Misa: Hch 8, 5-8. 14-17; Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20; 1 Pe 3, 15-18; Jn 14, 15-21
Domingo de la promesa del Espíritu Santo.
"Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre": por la donación del Espíritu Santo, los discípulos comprenderán la unidad de amor entre el Padre y el Hijo.
Con el "Espíritu de la verdad", la verdad es Dios-Amor, Él volverá a ellos y no quedarán "huérfanos".
Así le volverán a ver y, además, "dentro de poco", a diferencia del mundo.
Ensanchará aún más el círculo: no sólo comprenderán la unidad de amor entre el Padre y el Hijo, sino que sabran, y ¡esto es sublime!, que ellos mismos entran en la unidad trinitaria "yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros".
Esta unidad es realizada en el Espíritu Santo: Él mismo es unidad, y Él mismo la crea.
De aquí brota la antropología cristiana: la condición del hombre nuevo es "ser en Cristo".
San Pedro, en la lectura continuada de la carta de estos Domingos, segunda lectura, nos exhorta a dar "razón de nuestra esperanza".
Hay que hacerlo, no desde la arrogancia y la prepotencia, sino "con delicadeza y con respeto".
Un testimonio acompañado de la "buena conducta en Cristo", de modo que queden confundidos, "en ridículo", los que despotrican, pero también acompañada de la capacidad de sufrir por amor a la verdad: sólo así se realiza la semejanza con Cristo que, siendo "justo, murió por los injustos, para conducirnos a Dios".
Sólo podemos dar testimonio si el Espíritu anima nuestra vida.
Nadie puede evangelizar si no lleva el Espíritu Santo en su corazón.
Si no está el Espíritu Santo, el testimonio es apologética vacía e ideológica.
En el libro de los Hechos, primera lectura, los apóstoles Pedro y Juan van a confirmar la fe de los que habían sido sólo bautizados.
Este texto es fundamental en la teología del sacramento de la Confirmación.
La Confirmación es, en relación con el Bautismo, lo que es Pentecostés en relación con la Pascua: su plenitud y madurez.
El Salmo 65 es pascual: "Aclamad al Señor, tierra entera", por las maravillas que Él ha hecho, siendo la más grande de todas la Resurrección del Hijo.
El salmista, lleno de estupor, canta: "Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres".
Los ha salvado y por el Bautismo los ha hecho hijos e hijas de Dios.La oración de Jesús, llamada "Plegaria sacerdotal" es culminante porque se sitúa en el momento, "la hora" del tránsito de este mundo al Padre. En el Evangelio de este ciclo A aparece esta oración (Jn 17, 1-11a). Nosotros debemos comprenderla como la oración de su éxodo de este mundo al Padre por la Muerte y la Resurrección.También por su Ascensión y donación del Espíritu Santo.La plegaria sacerdotal de Cristo es su "anàfora" antes de la oblación de su propia persona; Él, que, en la Cruz, es "altar, víctima y sacerdote".










