La Diócesis de Teruel y Albarracín dará un paso decisivo en su compromiso con el con la creación del Centro de Escucha Esperanza, un servicio diocesano que acompañará a personas en situación de sufrimiento, vulnerabilidad o duelo. El centro comenzará su actividad pastoral a partir de Pascua de 2026, y ya se ha integrado en la Red de Centros de Escucha coordinada por el Centro de Humanización de la Salud de los religiosos camilos, presente en España y en diversos países del mundo.
Esta red ofrece una metodología contrastada y una experiencia de décadas en la escucha activa y el acompañamiento terapéutico desde una visión humanizadora y cristiana. El futuro Centro de Escucha Esperanza seguirá este modelo, adaptándolo a la realidad pastoral de la diócesis, con el objetivo de prestar un servicio competente, profesionalizado y profundamente evangélico.
Formación para voluntarios: un proceso riguroso y humanizador
Para prestar un servicio responsable y seguro, quienes deseen formar parte del Centro de Escucha deberán realizar una formación inicial, estructurada en dos grandes bloques temáticos:
Counselling como modelo de relación de ayuda.
Duelo: acompañamiento en los procesos.
Cada bloque incluye un fin de semana teórico y otro de prácticas vivenciales, en horarios adaptados a personas con responsabilidades pastorales, especialmente los sábados por la tarde:
Viernes: 16:30 – 21:30 h
Sábado: 8:00 – 15:00 h
En total, la formación consta de cuatro módulos de 12 horas, que se desarrollarán en las siguientes fechas:
9 y 10 de enero 2026 – Counselling: metodología y habilidades
23 y 24 de enero 2026 – Counselling: prácticas
6 y 7 de febrero 2026 – Duelo: acompañamiento
13 y 14 de febrero 2026 – Duelo: prácticas
El coste de la matrícula es de 340 €, pero la diócesis bonifica la mitad, quedando en 170 €. Si alguna persona no puede afrontar el coste total o parcialmente, que contacte con nosotros para gestionarlo de forma que nadie que tenga interés quede fuera de esta oportunidad formativa.
Requisitos para ser voluntario/a de escucha
Dado que el acompañamiento implica una gran responsabilidad ética y emocional, se establecen varios criterios orientados a garantizar el bienestar del voluntario y de las personas atendidas. Entre ellos:
No estar en proceso de duelo ni tener heridas emocionales abiertas.
Disponer de equilibrio emocional para acompañar situaciones de sufrimiento extremo.
Contar con convicciones éticas y cristianas coherentes con la filosofía del proyecto.
Garantizar confidencialidad y discreción.
No utilizar el voluntariado como vía para afrontar la propia soledad.
Contar con tiempo suficiente para realizar la formación y un mínimo de dos escuchas por semana.
Resulta positivo (aunque no obligatorio) tener formación previa en acompañamiento psicoemocional.
Preferiblemente no estar en búsqueda activa de empleo.
Inscripción y contacto
Las personas interesadas pueden solicitar la ficha de inscripción y remitirla cumplimentada a través del correo:
el quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema sobre el cual hoy queremos detenernos, para explicar su importancia en la vida de todo creyente.
En primer lugar, hay que recordar que esta manera de definir el ciclo de las celebraciones cristianas “año litúrgico” se extendió en el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el abad Prosper Guéranger (1805-1875).
En la encíclica Mediator Dei, Papa Pio XII afirma que «no es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple […] recuerdo de una edad pretérita. Más bien, el año litúrgico es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […] con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y por ellos en cierto modo vivan; misterios que están presentes y obran constantemente» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). Por lo tanto, el año litúrgico debe entenderse como constante actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los fieles llenarse de la gracia de la salvación (cf. SC, 102c). El encuentro con Jesús, que murió y resucitó por nosostros, es el fin que la Iglesia persigue siempre, situando en el centro de cada momento la celebración del acontecimiento pascual.
Por esta razón, los padres conciliares consideran «fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» precisamente el domingo «el día de la fiesta primordial» (cf. SC, 106). En varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”, “el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!
San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, “el día de los días”: «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía» (n.75), cuando todos resucitaremos.
Para santificar el domingo es fundamental celebrar la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC, 106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede sustituirse por una presencia meramente virtual, ni se reduce a una reunión meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en la participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para que «den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1Pe, 1,3)» (ibid.).
En este sentido, os animo a todos a crear las mejores condiciones posibles para que también puedan participar en la Santa Misa aquellos que los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del trabajo.
Queridos hermanos, el año litúrgico, marcado por los domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la devoción de la Iglesia. De hecho, ya desde el siglo II d. C., a la celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «la máxima solemnidad» (SC, 102), que se extendía a lo que se denomina el «tiempo de gran alegría» de cincuenta días, que culminaba en Pentecostés y se preparaba mediante el tiempo de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC, 109). El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar posteriormente siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo. La Iglesia ha incorporado además en los distintos tiempos la veneración de la Santísima Virgen María, «unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo» (SC, 103), y «el recuerdo de los mártires y de los demás santos […] cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros» (SC, 104).
El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidámosle a la Virgen María, quien llevó a Cristo en su seno, que interceda por nosotros para que, también como ella, podamos participar de los misterios de Cristo, especialmente en la celebración dominical de la Eucaristía.
Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Llamamiento
Deseo expresar mi cercanía a las hermanas y hermanos colombianos que sufrieron los efectos del reciente terremoto que causó numerosas víctimas y heridos, así como grandes daños materiales. Mientras ruego al Señor por el eterno descanso de los fallecidos, aseguro mis plegarias por sus familias y todos los que han sido golpeados por esta tragedia. Manifiesto mi gratitud a cuantos trabajan en las labores de rescate y de asistencia a los damnificados.
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Resumen leído en español por el Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy he querido hablar del “año litúrgico”, para continuar nuestras catequesis sobre la Sacrosanctum Concilium. Como explicaba mi Predecesor, el Papa Pío XII, “el año litúrgico no es una representación de hechos del pasado, sino que es Cristo mismo, que nos quiere hacer participar de sus misterios, permanentemente presentes y operantes” (cf. Mediator Dei, 140). En otras palabras, es una actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia.
La finalidad de la Iglesia es que los fieles se encuentren con Cristo, poniendo al centro de cada momento la celebración del evento pascual. Por eso, el domingo ocupa un lugar preponderante en el año litúrgico y en cada semana, es “el día del Señor”, que estamos llamados a santificar con la celebración de la Eucaristía, reunidos de manera presencial en asamblea, atentos a la escucha de la Palabra y participando de la comunión del Cuerpo de Cristo.
Nuestro Administrador diocesano, Alfonso Belenguer Celma, invita a todas las comunidades y organismos diocesanos a reactivar el proceso sinodal de cara al próximo Sínodo de los Obispos previsto para octubre de 2028. Este nuevo encuentro mundial estará dedicado a la implementación de la sinodalidad en la Iglesia, siguiendo las conclusiones del Documento Final aprobado en la Asamblea General del Sínodo de 2024, presidida por el papa Francisco y posteriormente confirmado por el papa León XIV.
De cara a la fase diocesana 2025-2026 del nuevo Sínodo, el Administrador diocesano subraya la importancia de volver a implicar a los grupos sinodales, especialmente a los grupos de participación, consejos pastorales, parroquias, Unidades Pastorales, Arciprestazgos, así como a sacerdotes, miembros de vida consagrada, movimientos y asociaciones laicales.
Para facilitar este trabajo, el Equipo Sinodal de la Conferencia Episcopal Española ha preparado unos cuestionarios, cuya primera entrega acompaña la carta, y que servirán para orientar la reflexión y las futuras síntesis diocesanas.
La Delegación General de Pastoral de la Diócesis de Teruel y Albarracín ha enviado a los grupos de participación dos guías de lectura elaborada por Juan Pablo Ferrer, en el marco del proceso sinodal 2025-2028.
Ahora en la tercera entrega, es sobre algunas notas de la Espiritualidad Sinodal.
Con este material, se invita nuevamente a parroquias, consejos pastorales, comunidades religiosas, movimientos y asociaciones laicales a seguir implicándose activamente en este camino de comunión, participación y misión, fortaleciendo así la vida pastoral de nuestra diócesis.
Desde la Delegación de Pastoral se anima a todos los grupos a acoger esta propuesta como una oportunidad para crecer en corresponsabilidad y renovar su compromiso con la Iglesia diocesana.
Este 12 de agosto, buena parte de Aragón vivirá en primera fila el primer eclipse total de Sol visible desde la Península Ibérica en más de un siglo. Ciencia, historia y fe se encuentran durante unos minutos en un cielo que ha despertado una expectación extraordinaria.
Hoy no será un atardecer cualquiera en Aragón. Miles de personas buscarán un horizonte despejado hacia el oeste, prepararán sus gafas de protección y esperarán a que, poco a poco, la Luna vaya cubriendo el disco solar. Hasta que, en buena parte de nuestra tierra, llegue la oscuridad.
El eclipse total de Sol de este miércoles 12 de agosto es el primero que puede contemplarse desde la Península Ibérica desde 1912. La franja de totalidad atraviesa España de oeste a este y pasa por buena parte de Aragón. En Zaragoza, la totalidad llegará entre las 20.29 y las 20.30 horas; en Teruel, entre las 20.31 y las 20.32. Huesca capital contemplará el fenómeno de manera parcial.
La expectación da una idea de la excepcionalidad del momento. Más de 3.000 personas forman parte este miércoles del operativo dispuesto en Aragón para garantizar la seguridad y atender los puntos de observación, mientras las reservas en los espacios oficiales superaban ya esta mañana las 11.000.
Pero en Aragón mirar hacia arriba nunca ha sido del todo extraño.
Una tierra acostumbrada a mirar al cielo
En el Pico del Buitre, a 1.957 metros de altitud, el Observatorio Astrofísico de Javalambre escruta habitualmente un cielo privilegiado. Allí trabaja el Centro de Estudios de Física del Cosmos de Aragón (CEFCA), dedicado a la investigación en astrofísica y cosmología y responsable de uno de los grandes observatorios científicos españoles. Muy cerca, en Arcos de las Salinas, Galáctica acerca ese mismo universo al público y se ha convertido estos días en uno de los lugares de referencia para vivir el eclipse.
El CEFCA lleva meses preparando este momento con actividades científicas, educativas y divulgativas. Galáctica ha organizado para los días 11 y 12 de agosto una experiencia específica en torno al eclipse, con observación guiada, talleres y participación de especialistas internacionales.
Pero la relación de Aragón con las estrellas viene de bastante más atrás.
Hace exactamente cinco siglos, en 1526, un sacerdote natural de Cella, Francisco Martínez Zarzoso, matemático, teólogo y astrónomo, publicó un tratado relacionado con un ecuatorio, un instrumento destinado a calcular la posición de los planetas. Tras su formación en París regresó a su pueblo y desarrolló allí su actividad científica. Quinientos años después, en la misma provincia de Teruel, sofisticados telescopios vuelven a mirar al cosmos desde Javalambre.
Hay algo hermoso en esa continuidad. La curiosidad ante el cielo no empezó con nosotros.
Y tampoco es ajena a la fe.
la bibliotecaria del Obispado de Teruel, Inmaculada Gómez, con el incunable en el que habla del eclipse de 1485. Fuente: Diario de Teruel.
Los astros no son dioses
El relato bíblico de la creación contiene una afirmación revolucionaria para el mundo antiguo. El Sol y la Luna no son divinidades. Son criaturas. El Génesis los llama simplemente los «dos grandes luceros», destinados a alumbrar el día y la noche (cf. Gn 1,16).
No hay que adorarlos. Tampoco temerlos.
Un eclipse no es un presagio ni anuncia ninguna desgracia. Sabemos por qué sucede, podemos calcularlo con extraordinaria precisión y somos capaces de conocer con años de antelación el segundo exacto en el que la Luna ocultará completamente el Sol sobre Zaragoza o Teruel.
Y saberlo no disminuye el asombro.
Quizá lo aumenta.
San Agustín de Hipona ya tuvo que enfrentarse en el siglo IV a quienes confundían el movimiento de los astros con supersticiones y predicciones sobre el destino de las personas. En su Carta 55, al hablar precisamente del Sol, la Luna y el curso de los tiempos, distingue entre la realidad natural y las «necias opiniones» que los hombres pueden construir alrededor de ella. Para Agustín, el problema no está en observar los astros, sino en atribuirles un poder que no tienen.
Más adelante explica que el cristiano puede servirse de la creación como signo capaz de conducir «de lo visible a lo invisible, de lo corporal a lo espiritual, de lo temporal a lo eterno».
Mil seiscientos años después, la intuición conserva toda su fuerza.
La ciencia nos explicará esta tarde qué está sucediendo en el cielo. La fe no necesita discutir esa explicación. Formula otra pregunta: ¿qué despierta en nosotros lo que estamos contemplando?
También hubo oscuridad en el Calvario
El cristianismo conoce bien la imagen de la luz que parece desaparecer.
Los tres Evangelios sinópticos narran que, durante la muerte de Jesús, la oscuridad cubrió la tierra desde la hora sexta hasta la hora nona (cf. Mt 27,45; Mc 15,33; Lc 23,44).
No es necesario identificar aquella oscuridad con un eclipse solar para comprender la enorme fuerza de la escena. Los Evangelios sitúan la creación entera ante la hora de la cruz. Mientras Cristo entrega la vida, llega la oscuridad.
Pero no termina ahí la historia.
Después de la noche llega la mañana de Pascua.
Quizá por eso la oscuridad de un eclipse puede resultar tan sugerente para una mirada cristiana. No porque esconda un mensaje secreto de Dios. No porque haya que buscar augurios entre los astros. Precisamente san Agustín advertía contra esa tentación.
Sino porque la naturaleza puede ofrecernos imágenes con las que pensar nuestra propia existencia.
Cuando lo oculto se hace visible
Durante la totalidad ocurre además algo fascinante. Al quedar cubierto el brillante disco solar puede contemplarse la corona, la atmósfera exterior del Sol, habitualmente invisible para nuestros ojos debido a la intensidad de su luz. Es uno de los motivos por los que los eclipses totales siguen teniendo un enorme interés para la investigación científica.
Lo que estaba allí todo el tiempo aparece precisamente cuando el Sol parece haber desaparecido.
La ciencia explica perfectamente por qué.
La fe puede recibirlo, sencillamente, como una imagen.
Porque también hay etapas de la vida en las que la luz parece ocultarse. Momentos en los que Dios parece silencioso, distante o incluso ausente. La experiencia cristiana nunca ha negado esas noches. Están en los salmos, en los profetas, en Getsemaní y en la cruz.
Pero que no veamos la luz no significa necesariamente que la luz haya dejado de estar ahí.
Durante unos segundos, esta tarde, el Sol desaparecerá sobre una parte de Aragón.
No se habrá apagado.
Seguirá estando exactamente donde estaba.
Y después volverá a brillar.
Crucifixión. Juan de Flandes. Museo Del Prado
Alzar la mirada
Dentro de unas horas habrá telescopios apuntando al cielo desde Javalambre. Habrá científicos tomando datos, fotógrafos buscando una imagen irrepetible, familias reunidas en los pueblos, aficionados que llevan años esperando este momento y miles de personas que simplemente levantarán la cabeza para dejarse sorprender.
Unos estudiarán el fenómeno. Otros se maravillarán. Muchos harán las dos cosas.
También el creyente puede hacerlo.
No necesita encontrar a Dios donde termina la explicación científica. Puede descubrir su huella precisamente en una realidad que la inteligencia humana es capaz de conocer: en las leyes de la naturaleza, en la inmensidad del universo, en su belleza y también en nuestra capacidad para preguntarnos por todo ello.
El eclipse pasará en poco más de un minuto.
Quizá lo que permanezca sea el asombro.
Porque, como canta el salmista, los cielos siguen proclamando la gloria de Dios.
Esta tarde Aragón tiene una oportunidad extraordinaria para comprobarlo.
Bastará con alzar la mirada.
Mirar al cielo, siempre con seguridad
La observación del Sol durante las fases parciales del eclipse debe realizarse únicamente con gafas o filtros específicamente homologados. Las gafas de sol convencionales, radiografías, cristales ahumados y otros métodos caseros no ofrecen protección suficiente y pueden provocar lesiones oculares graves. El Instituto Geográfico Nacional recomienda extremar las precauciones durante toda la observación.
Oración trinitaria ante el eclipse
Padre, Creador del cielo y de la tierra, esta tarde contemplamos el sol y la luna, obra de tus manos,
y nuestro corazón se llena de asombro.
¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Jesús, Hijo eterno,
Luz verdadera que brilla en nuestras tinieblas, cuando la sombra cubra el sol, recuérdanos que ninguna oscuridad puede apagar tu presencia.
Espíritu Santo,
Aliento de vida y de toda la creación, abre nuestros ojos para descubrir tu misterio en este instante de belleza y silencio.
Padre, Hijo y Espíritu Santo, Trinidad santa, comunión eterna de Amor, que este eclipse nos enseñe que incluso cuando la luz parece esconderse, Tú sigues sosteniendo el universo y caminando con nosotros.
Que al levantar hoy los ojos al cielo aprendamos también a levantar el corazón hacia Ti.