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sábado, 4 de abril de 2026

SÁBADO SANTO


"Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muertesu descenso a los infiernos... y esperando con la oración y el ayuno su Resurrección. Se recomienda con insistencia la celebración del Oficio de Lectura y de las Laudes con participación del pueblo" (Carta sobre las Fiestas Pascuales, 73).

En ningún Rito litúrgico se celebra la Eucaristía el Sábado Santo.

Hoy hacemos memoria del artículo del Credo: "Descendió a los infiernos".

El Señor, después de su muerte, aún salva: desciende hacia lo más profundo y oscuro, para salvarlo.

Fue así porque la divinidad quedó unida a su humanidad incluso cuando fue sepultada: "recordamos la Muerte de Cristo y su descenso al lugar de los muertos, proclamamos su Resurrección y Ascensión a tu derecha" reza la Plegaria Eucarística IV.

En este día hay un signo de veneración: la adoración de la Cruz.

La oración de los Salmos ante la piedra sellada del sepulcro del Señor tiene una gran importancia.

Se recomienda prolongar el ayuno del Viernes Santo.

Es un ayuno pascual, ya que el Esposo está ausente: "llegarán días en que se lleven al esposo; entonces, en aquellos días ayunarán" (Lc 5, 35).

El ayuno de hoy no es penitencial: es un ayuno de deseo, de vaciarse para dejarse llenar de la Resurrección del Señor.

La Iglesia se reúne sólo para la celebración de las Horas santas.

Todos los Salmos están transidos del Misterio de la Muerte y de la sepultura del Señor.

El silencio de la Iglesia, únicamente interrumpido por la cantilena de la salmodia, es un silencio amante, de deseo.

La Iglesia contempla solamente la Cruz de su Señor y, cerca del sepulcro, como las santas mujeres, en llanto y tristeza, va meditando todo lo que Cristo sufrió, pensó, dijo, amó.

Es precisamente la ausencia de Eucaristía lo que hace sentir más vivamente al "Gran Ausente".

Este "día de reposo del cuerpo del Señor", como lo llamaban los antiguos, está lleno de serenidad y de esperanza.

Así lo expresa la bella oración colecta que se repite en todas las Horas: "Te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el Bautismo, resucitar también con El a la vida eterna".

Evocamos a María, la única que hoy tuvo fe en la Resurrección de su Hijo.

El "grano de trigo" ha muerto y ha sido sepultado en el suelo; también en el corazón de la Iglesia y de los fieles.

Todos esperamos el fruto que dará en la noche de Pascua que preparamos.

Los preparativos de la Vigilia Pascual no deberían oscurecer ni vaciar de sentido este excelso y pausado día, dedicado como ningún otro a la oración silenciosa y a la meditación íntima de la salmodia.

viernes, 3 de abril de 2026

VIERNES SANTO


En este día, en que "Cristo nuestro Cordero pascual ha sido inmolado", la Iglesia, meditando sobre la Pasión de su Señor y Esposo y adorando la Cruz, conmemora su nacimiento del costado de Cristo dormido en la Cruz e intercede por la salvación de todo el mundo.

Por una antiquísima tradición, hoy, la Iglesia no celebra la Eucaristía.

La celebración comienza en silencio, con la postración de los ministros y toda la asamblea arrodillada: esta es la condición del viejo Adán, si Cristo no la hubiera elevado.

Sin decir "oremos", la asamblea ya está orando, el celebrante recita una de las dos oraciones colectas, en el Misal, cuando se proponen dos oraciones no significa que la primera sea mejor que la segunda, son simplemente alternativas.

La segunda opción de esta oración colecta está más acorde con el signo previo de la postración.

La encontramos testimoniada en el "Sacramentario Gelasiano".

El centro de la Liturgia es la proclamación de la Palabra: ésta, más que nunca, es actualización del Misterio de la Muerte Salvadora del Señor.

Nos sitúa en "la hora de la Cruz".

El fragmento de la carta a los Hebreos proclama la obediencia del Señor hasta la muerte, una obediencia vivida en el sufrimiento, a fin de ser el autor de la salvación eterna.

En la proclamación de la Pasión se omiten incienso y cirios.

También la salutación inicial.

Todo ello obedece a los usos más antiguos de la Iglesia.

En el momento en que el diácono o el lector narra la muerte del Señor, se interrumpe la lectura y toda la asamblea se arrodilla en silencio.

Este silencio, sin ser excesivo, debe ser significativo.

Antiguamente, los fieles se postraban o besaban el suelo.

La "Oración de los fieles" es hoy inequívocamente universal: ruega por todo y por todos, porque no hay nada ni nadie que quede excluido de la redención de Cristo.

Bajo la Cruz del Redentor, la Iglesia, en pie como María, se acuerda también de todos sus hijos e hijas, por los que ha muerto el Salvador.

La Iglesia adora con un inmenso amor la Cruz del Señor y se une a sus sufrimientos,incluso con la comunión eucarística.

Una Eucaristía que sólo hoy no rompe el ayuno.

Del cual el Concilio Ecuménico afirma: "... Téngase como sagrado el ayuno pascual; que ha de celebrarse en todas partes el Viernes de la Pasión y Muerte del Señor y aún extenderse, según las circunstancias, al Sábado Santo, para que de este modo se llegue al gozo del Domingo de Resurrección con ánimo elevado y entusiasta» (SC 110).

La Cruz , presentada, desvelada, adorada por todos, es entronizada en el altar y la antífona antiquísima y ecuménica se entona: "Tu Cruz adoramos, Señor, y tu santa Resurrección alabamos y glorifica- mos; por el madero ha venido la alegría al mundo entero".

Dicha antífona expresa admirablemente el gesto litúrgico, casi sacramental.

Hay que hacer un esfuerzo para que la asamblea cante el trisagio en los improperios. El trisagio, "Agios o Theós" se canta cuando se manifiesta la santidad de Dios y la Cruz es manifestación suprema de la santidad divina, de su amor.

Ciertamente, es un día velado por el llanto de la hija de Sión que llora la muerte del Hijo Unigénito, pero en su llanto se vislumbra ya su victoria: por eso los ornamentos del día no son morados, sino rojos, ya que el Señor es el Rey de los mártires.

Es ya un presentimiento de gloria.