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domingo, 16 de agosto de 2026

UNA MUJER CANANEA!!!



Jesús se retira a la región de Tiro y Sidón, fuera de Israel, ciudades marítimas, antiquísimas, comerciales y paganas.
Una mujer cananea pide la misericordia del Señor a favor de su hija endemoniada.

La súplica viene de su condición de madre: la enfermedad de su hija era una vergüenza social y la niña era la razón de su vida.

En el original griego, la presencia de la mujer es algo sorprendente: primero por su condición de mujer, y segundo por su condición de extranjera.

El relato de Mateo, como el paralelo de Marcos, es muy duro.

Primero Jesús no le hace ningún caso; luego, manifiesta que ha sido enviado únicamente a las ovejas perdidas de Israel; y, por último, cuando finalmente la escucha, le dice una palabra insoportable, despiadada, de una extraordinaria dureza:No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos (Mt 7,6: no deis las cosas sagradas a los perros”.

Queda claro que ella es y representa a los que están fuera de la Alianza, los paganos.

Sólo hay un camino para acceder: la fe.

Una fe que se manifiesta en ella hasta el límite posible con la respuesta:Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Su fe es atrevida.

Se atreve a contradecir al Señor: los que invocan su misericordia y le invocan como Hijo de David tienen también derecho al pan de los hijos.

Aunque sean las migajas.

El Señor, por su respuesta, la elogia y le dice:Mujer, qué grande es tu fe”, el título de “mujer”,gýnai”, es sumamente respetuoso, como si dijera:Señora”.

La criatura es curada: el Reino de Dios llega allí donde está el mal y lo vence.

El Señor cumple con el querer de la madre y el bien de la hija.

¿Como podía dejar de hacerlo?

La cananea es una madre afortunada que engendra dos veces a su hija: en su carne y en su fe en el Señor.

Ella, la mujer cananea, formará parte de los extranjeros que, según la profecía de Isaías, primera lectura, el Señor traerá a su monte santo: “los llenaré de júbilo en mi casa de oración”.

Todos los pueblos están llamados a llamar al Templo “casa de oración”.

La Iglesia es el nuevo templo de Dios al que todos los pueblos son convocados; esto quedará confirmado por la misión universal de los discípulos.

El Señor conocía la capacidad de fe y de amor de la madre cananea, y la llevó al límite para procurar una enseñanza que tiene que ver con el texto del Apóstol que escuchamos hoy, segunda lectura: “Dios nos encerró a todos (judíos, paganos y cristianos) en desobediencia, para tener misericordia de todos”.

sábado, 15 de agosto de 2026

VIRGEN DE LA CAMA!!!

 


LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN!!!

 

ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA



También hoy de manera sinfónica todas las santas Iglesias de Oriente y de Occidente celebran al Señor glorificado en el Espíritu Santo para gloria del Padre en la solemnidad de la Asunción gloriosa de la siempre Bienaventurada Virgen María.

Esta fiesta antiquísima procede de Jerusalén y recibe varios nombres, ya sea “kóimêsis”, dormición, o “análêmpsis·, asunción.

En sustancia celebran el mismo misterio: la glorificación de la Virgen María como esperanza de la glorificación de toda la Iglesia en Cristo.

María fue asimilada total y para siempre a la glorificación del Señor resucitado: “Por Cristo todos volverán a la vida, cada uno en su puesto (1 Cor 15, 22- 23).

La que concibió el Verbo de Dios por obra del Espíritu Santo, ha sido asunta a la gloria del Hijo en el Espíritu Santo en su condición maternal y virginal: cuerpo y alma.

Realmente es una fiesta “maior.

La celebración de los santos Misterios y de la Liturgia de las Horas ofrece un riquísimo tesoro litúrgico, de una extraordinaria profundidad.

Celebramos con gozo la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.

Nos complace transcribir el n. 69 de la constitución dogmáticaLumen Gentium”: “Es motivo de gran gozo y consuelo para este santo Concilio el que también entre los hermanos separados no falten quienes tributan el debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los orientales, que concurren con impulso ferviente y ánimo devoto al culto de la siempre Virgen Madre de Dios. Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo, hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que aún desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad».


 De la mistagogia de los Santos

 

Queriendo crear una imagen de la belleza absoluta y manifestar claramente a los ángeles y a los hombres la potencia de su arte, Dios ha hecho a María totalmente hermosa.

Ha reunido en ella las bellezas parciales que ha distribuido a las otras criaturas y la ha constituido como ornamento común de todos los seres visibles e invisibles; o mejor, ha hecho de ella como una plenitud de todas las perfecciones divinas, angélicas y humanas, una belleza sublime que embellece los dos mundos, elevándola de la tierra hasta el cielo y sobrepasando incluso este último”.


San Gregorio Palamás (1296-1359), teólogo de la visión de la luz increada

 

En la Asunción gloriosa de la Bienaventurada Virgen María,la que, de modo admirable, concibió en su seno al autor de la vida”, Prefacio, se contempla la imagen de la Iglesia de Dios, la que debe ser llevada a la plenitud por la caridad (ver Pleg. euc. II).

La gran lectura del Apocalipsis se puede interpretar mariológicamente.

María es el arca de la alianza, “vestida del sol”, Dios mismo, con “la luna bajo sus pies”, el mal vencido y coronada con “una corona de doce estrellas”, las oraciones de todo el pueblo de Dios.

El Salmo epitalamio celebra la belleza de la Esposa: el Rey la ama y admira su hermosura.

Está sentada a su derecha y participa de su gloria.

Ambas imágenes han gozado de una importante expresión iconográfica en Occidente, principalmente en las basílicas de los siglos VI-VII.

En el Evangelio, María se une a la liturgia del arca”, cantada por Isabel, con un verdadero Salmo fuera del salterio, el “Magnificat”: una de las oraciones cristianas usadas cotidianamente por las santas Iglesias.

La perícopa expresa con singular eficacia el gozo de las dos mujeres visitadas por el Espíritu Santo, que es la misma alegría divina.

María dirige la alabanza exultante a Dios por las obras grandes que ha hecho el Poderoso.

Todas las generaciones la llamarán bienaventurada porque antes, sólo porque antes, Dios “ha mirado la humildad de su esclava”,  el ser no importante.

Así ha manifestado su amor para con ella y para con todos los que le temen “los que creen en él”, mostrando la santidad de su Nombre.

Éstos son “los humildes y “los hambrientos”.

Dios ha confundido a sus contrarios: “los poderosos y los ricos”, que “despide vacíos”.

El cántico de María, poético, articulado, ceñido, se sitúa en la teología de la historia, ya que su amorllega a sus fieles de generación en generación”.

El punto culminante, como epicentro, radica en que Dios se acuerdade la misericòrdia prometidaen favor de Abraham en la palabra dada a él, en la promesa, y también “en favor de su descendencia por siempre.

De esta descendencia ha nacido el Mesías.

Las obras grandes, “proezas que Dios ha hecho en María resplandecen en el evento más alto: el Hijo que lleva en las entrañas.

Por eso elMagnificat está siempre en los labios de la Iglesia y de sus fieles en comunión con la alabanza de la bienaventurada Virgen María.

En la segunda lectura, Pablo proclama que el centro de la historia es el Resucitado, primicia de los que han muerto:en Cristo todos serán vivificados”, pues Él es el nuevo Adán.

La Virgen María asunta es signo de la victoria pascual: esta victoria abre para ella el paso a la vida eterna, el mismo camino ya recorrido por el Hijo en la resurrección.


 

La solemnidad de la Asunción se prolonga jubilosamente en la celebración de la fiesta de la Realeza de María, que tiene lugar ocho días después y en la que se contempla a Aquella que, sentada junto al Rey de los siglos, resplandece como Reina e intercede como Madre”.