El Evangelio de hoy brota de la disputa entre saduceos y fariseos: estos últimos, buenos intérpretes de la Torá buscan la opinión del Rabino sobre cuál es el mandamiento principal de la Ley.
Jesús les remite a algo que surge inmediatamente en su corazón, porque lo aprendió de niño, seguramente de labios de su madre: el “Shemá Israel”.
Es la oración que cualquier israelita, aún hoy, recita tres veces al día.
Y hace el elogio grandioso: “Este mandamiento es el principal y primero”.
Del cual derivan y adquieren sentido todos los demás.
Sin embargo, inmediatamente añade: “El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
“Semejante” “homónimo” indica “de una naturaleza idèntica”.
Si el primer mandamiento se refiere a la primera tabla de la Ley, el segundo se refiere a la segunda tabla de la Ley.
Un mandamiento está incluido en el otro recíprocamente.
Amar a Dios es amar al prójimo, y amando al prójimo demostramos que verdaderamente amamos a Dios.
Es una “diàstasis” “separación” lingüística, propia del lenguaje poético, no fenomenológica.
En la revelación final, según el IV Evangelio, Jesús elevará aún más el listón: habrá que amar al prójimo no únicamente como a sí mismo, sino como Él nos ha amado.
Toda la Escritura, la Ley y los Profetas encuentran este núcleo esencial.
El cristiano sabe que no puede amar a Dios “por ley”, sino por correspondencia.
Debe amar a Dios, porque antes Dios le ha amado “con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente”, dándole el Hijo Unigénito.
Ser cristiano es una cuestión de amor.
El Salmo responsorial de hoy, el Salmo 17, es el único de todo el salterio que contiene la expresión: “Yo te amo, Señor; tú eres mi Fortaleza”. Claramente tiene relación con el Evangelio.
En la lectura del Éxodo, extraída del “Código de la alianza”, el Antiguo Testamento muestra los sentimientos de misericordia del pueblo santo para con los inmigrantes, las viudas, los huérfanos y los pobres: con ninguno de ellos se debe practicar la usura.
Ni tomar a nadie en prenda “el manto”.
El manto, para un oriental lo es todo: protección contra el sol, la noche, el frío y la lluvia.
El Señor ya lo predicó en el sermón de la montaña: “al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto” (Mt 5,40).
Dejar a un pobre sin manto es dejarle morir.
San Pablo, escribiendo a la comunidad de Tesalónica, segunda lectura, da gracias a Dios Padre, porque han abandonado los ídolos “para servir al Dios vivo y verdadero”.
De nuevo, el “Shemá Israel” y su recuerdo constante, visto como salvaguarda firme de los creyentes.






