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domingo, 17 de mayo de 2026

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 


La solemnidad de la Ascensión se origina en Jerusalén en el siglo V y desde los orígenes la lectura de los Hechos está presente en la Liturgia de la Palabra.

El texto y la memoria litúrgica van unidos y la Liturgia actualiza el misterio.

Ubicada entre Pascua y Pentecostés, la Ascensión sólo puede entenderse en relación con estos dos acontecimientos salvíficos.

La Ascensión es parte del increíble despliegue de la Pascua: por su Muerte y su Resurrección, Cristo salvó a la persona humana e hizo que se comprendiera llamada unirse a Dios para vivir en su gloria.

La humanidad entera ha sido glorificada en Él.

Todas las Iglesias celebran con gran solemnidad y gozo la Liturgia de la glorificación  del Señor pues gracias a ella la humanidad caída ha entrado en el seno de la Trinidad.

La Ascensión del Señor no inaugura una ausencia de Jesús, sino una nueva presencia en el Espíritu, en la Iglesia y en sus sacramentos.

Un día grandioso, pues "el Señor asciende entre aclamaciones se sienta en su trono sagrado" (Salmo 46):es lo que alegres cantamos con el salmista en la Liturgia  de hoy, sobrecogidos de asombro.

Los Prefacios propios proclaman y cantan de forma sublime el misterio que hoy celebramos.

Este Domingo de la Ascensión del Señor debe ser solemnizado al máximo, ya que proclama el artículo de la fe: "Sedet ad dexteram Patris".

La humanidad ha sido glorificada en Él.

Aquel que vino "nudus" ha vuelto al Padre vestido de nuestra humanidad.

Ahora, Él es nuestro cielo.

Estar con Cristo es estar ya en el cielo.

Su promesa se ha cumplido "en esperanza": el Señor volverá, ha vuelto ya, está volviendo, pues todo lo que hemos sembrado con lágrimas en los ojos, lo recogeremos entre cantos de alegría.

El gozo es inmenso, porque los pobres de nuestro Señor son reivindicados y los que han sido "primeros" en este mundo, cuando Él se hace presente, devienen "últimos".

La III edición del Misal Romano ha enriquecido esta solemnidad con la "Misa de la Vigilia" propia.

 

Misa del día: Hch 1, 1-11; Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9; Ef 1, 17-23; Mt 28, 16-20

 

La Pasión y la Resurrección de Cristo culminan con la misión universal confiada a los discípulos.

Es el final grandioso y solemne del Evangelio de Mateo.

El Señor que se hace presente y ante quien se prostran los discípulos, es ya el Señor glorificado: a quien el Padre ha dado todo "todo poder en el cielo y en la tierra".

Esta palabra se repite varias veces en el texto.

"Todo" le ha sido dado porque "todo" lo ha recibido del Padre.

Ahora él los envía a enseñar "todo" lo que él les ha mandado.

Deben ir a todos los pueblos en una misión que no conocerá límites ni en el tiempo ni en el espacio.

Ante la misión excesiva y colosal, ellos no deben tener miedo: "Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos". Este "estoy con vosotros" es la gran inclusión de Mateo: había comenzado su Evangelio con el nombre del niño "Emmanuel", Dios-con-nosotros.

En la segunda lectura, el magnífico texto a los Efesios de San Pablo.

Sólo teniendo los ojos puestos en el Señor glorificado se puede conocer "cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los Santos".

Cristo ha sido dado a la Iglesia, que es su cuerpo y su complemento.

A la Iglesia no le es permitido encerrarse en sí misma, sino que tiene que abrirse  al mundo para que éste se abra a la plenitud de Cristo: "plenitud del que llena todo en todos".

El Salmo 46, secularmente aplicado al misterio que hoy celebramos, canta la alegría de la Ascensión de Jesús al Padre.

El Cristo Resucitado que asciende debe ser alabado por todos: "Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de jubilo".

Es una alegría universal.

 Texto de la tradición patrística

 

"Mientras Él está, sigue estando con nosotros; y nosotros mientras estamos aquí, podemos estar ya con Él, ¡allí! Él lo realiza con su divinidad, su poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque no podemos hacerlo como Él en la divinidad,  lo podemos hacer con el amor..."

San Agustín (Sermón sobre la Ascensión del Señor)