La parábola debe enmarcarse en el mismo contexto del Domingo anterior: en Jerusalén, en el templo, y dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos.
Es una parábola transida de la catequesis pascual: el Padre envió al Hijo, lo cogieron, lo sacaron de la viña y lo mataron.
El Señor habla, como en todas las paràboles, de sí mismo.
Él ha dado la vida por la viña bellísima que el Padre le ha dado.
Todo este pasaje recuerda los improperios del Viernes Santo.
Esta parábola nunca debe leerse en clave antisemita.
La viña de la cual el Señor quiere recolectar su fruto durante la vendimia es Israel y al mismo tiempo es la Iglesia.
“La viña del Señor del universo es la casa de Israel” y también el nuevo Israel de Dios: la Iglesia.
Es la viña por la cual el Señor ha realizado las maravillas del éxodo pascual, como canta el Salmo de hoy.
El Reino de Dios siempre puede ser sustraído a aquellos que no lo hacen fructificar y puede ser dado a otros.
En todas las últimas parábolas de Mateo siempre se mencionan los dones que el Señor nos ha confiado, en este caso, la vid.
Dios ha puesto su tienda en el mundo, pero si no hay nadie para habitarla, Él puede levantar la tienda y plantarla en otro lugar.
Cada uno de nosotros estamos llamados a ser, como dijo de sí mismo el Papa Benedicto XVI poco después de su elección como sucesor de Pedro: “un simple y humilde trabajador de la viña del Señor” (19 de abril de 2005).
San Pablo en la segunda lectura, exhorta a la comunidad a buscar la verdad que se manifiesta en siete aspectos: lo que es “verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o merito”.
Practicar todo lo que el Apóstol ha transmitido es la “tradición del Señor”.
Entonces, la paz de Dios llena los corazones.

