HA CUMPLIDO JESÚS SU PROMESA
DE PERMANECER CON NOSOTROS

En el capítulo 28 (vers. 20) del evangelio de san Mateo nos encontramos con una espectacular promesa de Jesús: los discípulos lo ven elevarse al cielo, pero les asegura que se quedará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Pues bien, ¿cómo ha cumplido su promesa el Señor?
Su Presencia real en la Eucaristía
Tan inmenso misterio es difícil de comprender, pero es una realidad. El Señor dijo a sus discípulos:
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él (Jn 6, 53-56).
Jesús tuvo la delicadeza de quedarse en el pan y en el vino como alimento de salvación. Si solamente se hubiera tratado de una figura retórica, es decir, un simple símbolo, san Pablo no se hubiera molestado en repetirlo:
Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía». (1 Cor 11, 23-25)
Por eso estamos seguros de que cumplió su promesa
Está claro que san Pablo creía firmemente en que Jesús es el pan de vida y que se ha quedado en las especies de pan y de vino para dársenos en alimento de vida eterna. Por eso, tuvo mucho cuidado en hacer esta exhortación:
Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación (1 Cor 11, 27 - 29).
Así es que, no nos queda ninguna duda: el Señor Jesús permanecerá con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, mientras que haya sacerdotes que celebren la santa Misa y seres humanos que salvar, y seguirá cumpliendo con lo que nos prometió, solo por amor.


