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jueves, 24 de septiembre de 2026

PASTORAL DE LA SALUD

 

La Pastoral de la Salud celebra su 50 aniversario en las Jornadas de Delegados, del 22 al 24 de septiembre

El Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española  (CEE), integrado en la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social, organiza del 22 al 24 de septiembre, en Madrid, las L Jornadas Nacionales de Delegados de Pastoral de la Salud, que tendrán como eje la celebración de los 50 años de la Pastoral de la Salud en España. El encuentro lleva por lema «Id y curad. Cincuenta años cumpliendo el mandato del Señor«.

Las jornadas reunirán a los responsables de la pastoral de la salud para compartir experiencias, profundizar en los retos actuales y mirar hacia el futuro partiendo de la misión de la Iglesia de acoger, cuidar y acompañar a las personas enfermas.

La misión evangélica de cuidar

La primera jornada tendrá lugar el martes 22 de septiembre, por la tarde. Tras la acogida, la oración y la apertura de las jornadas, intenvendrá José Luis Méndez, director del Departamento de Pastoral de la Salud, quien ofrecerá la primera ponencia con el título «Curar toda enfermedad y toda dolencia. Significado de este encargo del Señor«.

A continuación, la segunda ponencia «Cuidar a nuestros mayores» estará a cargo de Miguel Garrigós, director del Secretariado de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida.

El miércoles 23 de septiembre se presentarán los resultados y reflexiones de la encuesta para una pastoral de la salud renovada, realizada en 2025, así como la Campaña 2027 y los materiales de formación.

La jornada continuará por la tarde con la ponencia «La pastoral hospitalaria ante un nuevo renacer«, que ofrecerá Luis Sánchez Ruiz, delegado episcopal de la pastoral de enfermos y mayores de la archidiócesis de Valencia. El programa incluye además la presentación de propuestas del Departamento y una oración por los enfermos y cuidadores.

Cincuenta años de camino

La última jornada, el jueves 24 de septiembre, estará especialmente dedicada a hacer memoria de estos cincuenta años de Pastoral de la Salud en España. Juan Manuel Bajo, delegado episcopal de Pastoral de la Salud de Tortosa, pronunciará la ponencia «Historia de la pastoral de la salud en España a lo largo de estos cincuenta años«.

Seguidamente, bajo el título «Recuerdos del camino recorrido en los 50 años en pastoral de la salud», se compartirán distintos testimonios vinculados a esta trayectoria. El programa contempla una entrevista a Mons. José Luis Redrado, obispo emérito y secretario emérito del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, y los recuerdos de Rudesindo Delgado, sacerdote y director emérito del Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española durante más de 20 años.

Las jornadas concluirán con los actos de celebración del 50 aniversario. A las 19.00 h. tendrá lugar una concelebración de la eucaristía en la catedral de la Almudena, seguida de una cena y un homenaje a los directores y obispos responsables de la Pastoral de la Salud durante estos últimos cincuenta años.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

PASTORAL PENITENCIARIA

 


El reconocimiento será entregado el próximo 24 de septiembre, festividad de Nuestra Señora de la Merced, en el Centro Penitenciario de Teruel

La Pastoral Penitenciaria de la diócesis de Teruel y Albarracín ha sido distinguida con la Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario, un reconocimiento concedido por la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias del Ministerio del Interior por su labor en el ámbito penitenciario.

Esta distinción se concede a la Pastoral Penitenciaria de la diócesis de Teruel y Albarracín por la realización de «importantes servicios en el ámbito penitenciario», así como por su «importante contribución a la mejora de la actividad penitenciaria en cualquiera de sus manifestaciones».

La Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario será entregada el próximo jueves, 24 de septiembre, festividad de Nuestra Señora de la Merced, durante la celebración de la Merced que tendrá lugar en el Centro Penitenciario de Teruel.

La carta de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias destaca también el papel de las organizaciones ciudadanas que colaboran en el proceso de reinserción social de las personas privadas de libertad, en el marco de la celebración de la festividad de la Merced.

Desde la diócesis de Teruel y Albarracín se recibe este reconocimiento como un motivo de alegría y agradecimiento por la labor que desarrolla la Pastoral Penitenciaria en el ámbito de la atención a las personas privadas de libertad.

martes, 22 de septiembre de 2026

CENA DEL HAMBRE!!!

 


Un año más la Delegación de Manos Unidas en Teruel, convoca a participar en la Cena del Hambre. Se trata de un momento de concienciación y unión simbólica con los millones de personas que sufren hambre en el mundo.

Porque, todavía es necesario recordar que un plato en la mesa nos es lo habitual, si no lo extraordinario para millones de personas. Por ello desde Manos Unidas le declaramos la guerra al hambre, para manifestar que la paz no es solo la ausencia de guerra sino el derecho a la alimentación, a la educación y a la salud y sin estos tres elementos la paz no es posible.

Necesitamos unir manos y corazones para poner nuestros bienes y generosidad al servicio de los que más sufren, compartiendo lo nuestro con aquellos que no tienen nada, y mostrar cómo una sencilla cuchara es la mejor arma para construir la paz.

Con este propósito invitamos a participar en la Cena del Hambre de este año, que tendrá lugar el viernes 25 de septiembre a las 8 de la tarde en el claustro del Obispado.

La recaudación obtenida en la cena se destinará a los dos proyectos de desarrollo que la Delegación de Teruel apoya en África, un proyecto agrícola en Rwanda: la construcción de un invernadero y la dotación de todos los aperos necesarios para la mejora de las semillas. El segundo proyecto es educativo y se localiza en Bennin: la construcción de un centro para la formación de profesores de escuelas primarias y secundarias. El coste de ambos proyectos asciende en total a 115.143 euros.

Tú, también tienes un papel clave en la construcción de un mundo más justo, ¡ven y participa!

Manos Unidas de Teruel

lunes, 21 de septiembre de 2026

CARTA DEL SANTO PADRE!!!

 

CARTA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS OBISPOS LATINOAMERICANOS Y DEL CARIBE
CON MOTIVO DEL TERCER CENTENARIO DE LA CANONIZACIÓN
DE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO


Queridos hermanos en el Episcopado:

Acogiendo la petición del Episcopado peruano y con ocasión del tercer centenario de la canonización de santo Toribio de Mogrovejo, patrono de los obispos de América Latina, los saludo con afecto en el Señor y les agradezco el servicio que prestan cada día. Al dirigirles estas palabras, vuelve a mi corazón la gratitud por el privilegio de haber ejercido el ministerio episcopal en el Perú. Allí conocí de cerca la fe de un pueblo del que recibí mucho y comprendí mejor lo que significa ser pastor. Esa experiencia me acercó de modo particular a santo Toribio, quien también llegó desde lejos a una tierra que terminó haciendo suya por la caridad pastoral.

Mis Predecesores se han detenido ampliamente en la figura del «excelso metropolitano limeño», recordando su celo evangelizador, su empeño por la edificación y renovación de la vida eclesial y su cercanía a los más pobres y vulnerables. Sin volver ahora sobre su biografía, quisiera contemplar su ministerio a la luz de un signo que nos remite al origen mismo de nuestra misión: la recepción del obispo en su iglesia catedral. Un rito semejante se prevé para la visita pastoral a una comunidad, como si la Iglesia quisiera conducir al prelado, una y otra vez, al significado de aquella primera entrada.Lo que la liturgia expresa en unos pocos gestos, el Apóstol de los Andes lo fue haciendo vida a lo largo de sus años de pastor. La mejor manera de honrar su memoria será dejarnos interpelar por el modo en que vivió el ministerio que también nosotros hemos recibido, e imitarlo.

El rito comienza en la puerta de la catedral. Allí el nuevo obispo es recibido por la Iglesia a la que ha sido enviado. Llega a una comunidad que lo precede, que ha recorrido un camino de fe y en la que el Espíritu Santo ya estaba obrando. Al cruzar aquel umbral, entra en una historia que no comienza con él y queda ligado, por su ministerio, a un pueblo concreto. El santo arzobispo llegó a una tierra de cuyos pueblos y culturas apenas tenía noticia. Para pastorearla debía adentrarse en aquella realidad, y por eso la recorrió. Sus visitas pastorales y su preocupación por que el Evangelio pudiera ser anunciado en las lenguas locales fueron estrechando su vínculo con aquella tierra y sus gentes. Hay realidades de una diócesis que difícilmente alcanzan un escritorio. Por eso, procuremos que la visita pastoral conserve toda su fuerza: vayamos personalmente al encuentro de nuestras comunidades, escuchemos a nuestra grey y busquemos a quienes pocas veces tienen ocasión de acercarse al obispo. El ministerio de un sucesor de los apóstoles exige vivir con el corazón en el cielo y los pies en el camino.

Todavía en la puerta, el obispo recibe un crucifijo y lo besa. La Iglesia pone ante él a Aquel que amó a los suyos hasta el extremo. Ese gesto contiene una promesa de entrega. El ministerio podrá llevarlo por caminos que no había previsto y pedirle renuncias que quizá nunca imaginó. La cruz le recuerda que ha de permanecer junto al rebaño cuando lleguen las horas difíciles y que la protección de las ovejas puede tener un precio para el propio pastor. Toribio prolongó aquel beso a la carne sufriente del Señor en sus viajes y fatigas, al defender a los indígenas, corregir abusos y mantenerse cerca de los pobres y de quienes sufrían. Queridos hermanos, necesitamos volver con frecuencia a la escuela de la cruz. El abandono de la grey puede comenzar mucho antes de una huida visible, cuando la comodidad, el temor o los propios intereses pesan más que el bien de los fieles. El mercenario calcula lo que puede perder; el pastor sabe que algo de sí habrá de entregar para permanecer fiel (cf. Jn 10,12-13).

Después, el obispo recibe el agua bendita, se asperja a sí mismo y asperja a los presentes. El gesto lo devuelve a la fuente común del Bautismo. Antes de ser pastor, es discípulo; antes de presidir al Pueblo de Dios, se cuenta él mismo entre los bautizados, hechos hijos en Cristo. La santidad del pastor no puede darse por supuesta (cf. 1 Tm 4,16). Santo Toribio pudo pedir una vida eclesial más fiel al Evangelio porque comenzó por dejarse medir por esa misma exigencia. Quien ha recibido el encargo de santificar sigue necesitando ser santificado; quien anuncia la misericordia vive también de ella. Cuidemos, pues, nuestra vida interior y conservemos la conciencia de que somos discípulos necesitados de conversión.

El rito conduce después al obispo ante el Sagrario, donde se arrodilla y adora. Antes de comenzar su ministerio, se detiene en silencio ante el Santísimo. Los obispos pasan; Cristo permanece (cf. Hb 13,8). Cambian los pastores, surgen nuevas urgencias y se suceden los proyectos, pero la Iglesia vive del Señor. Por eso, quisiera invitarlos a hacer de la adoración eucarística una prioridad pastoral. El amor de Toribio a la Eucaristía se manifestó en su solicitud por acercar a todos a Jesús. Ofrezcamos a nuestros fieles tiempo y espacios para permanecer ante Él y alentemos la adoración prolongada. Estoy convencido de que la santa presencia del Señor, acogida y adorada con fidelidad, sostiene lo que nuestras fuerzas no alcanzan y abre caminos que ninguna planificación podría prever. Será su amor el que transformará nuestras diócesis.

Tras revestirse, el obispo se acerca al altar y lo besa. Es el mismo Señor, ante quien acaba de arrodillarse, ahora contemplado como aquel que reúne a su Iglesia en torno a sí y la hace un solo cuerpo (cf. 1 Co 10,17). El santo prelado sirvió a una Iglesia inmensa y plural, esforzándose por mantenerla unida. También a nosotros nos corresponde velar para que la diversidad de nuestras diócesis encuentre en Cristo su unidad. El altar nos recuerda que la comunión pertenece al corazón mismo de nuestra misión.

Luego se dirige a la cátedra y se leen las Letras apostólicas, la bula por la que el Romano Pontífice lo ha nombrado pastor de aquella Iglesia particular. El obispo no se ha dado a sí mismo esa misión, la ha recibido y la ejerce en la comunión de la Iglesia, unido al Sucesor de Pedro y al Colegio Episcopal. La enseñanza que ofrece desde la cátedra no nace de una palabra propia que tenga que imponer. Ha recibido la fe de la Iglesia y está llamado a «guardar el buen depósito», profundizarlo y hacerlo comprensible para quienes están bajo su cuidado (cf. 2 Tm 1,13-14). Santo Toribio comprendió bien esta responsabilidad. La recepción del Concilio de Trento, los concilios provinciales, los sínodos diocesanos y su labor catequética dan testimonio de su deseo de transmitir íntegramente la fe y hacerla accesible a quienes tenía delante. En un tiempo en el que tantas voces reclaman autoridad sobre la conciencia de los fieles, corresponde al obispo ofrecer una enseñanza clara, paciente y arraigada en esa comunión, para ayudar a su pueblo a reconocer la voz del único Pastor.

A continuación, se acercan el clero y los fieles para «manifestar obediencia y reverencia». La reverencia recibida se convierte para el obispo en responsabilidad, y la obediencia ofrecida reclama, de él, paternidad. Esta se hace especialmente visible en su relación con los presbíteros, unidos a él de un modo singular en el único sacerdocio y en la misión confiada a la Iglesia particular. Toribio veló por su formación, fue exigente en la admisión a las órdenes, visitó a sus sacerdotes y sostuvo la disciplina eclesiástica, consciente de que la vida del clero repercute en la del pueblo. Queridos hermanos, estemos cerca de nuestros sacerdotes. Cuidemos especialmente el seminario y los primeros años de ministerio, favorezcamos una fraternidad real y procuremos que ningún presbítero sienta que sólo puede acercarse a su obispo cuando existe un problema que resolver. La paternidad episcopal se reconoce muchas veces cuando un sacerdote sabe que puede llamar con confianza a la puerta de la casa episcopal.

Después del Evangelio, el obispo dirige por primera vez la palabra a su pueblo. Hasta entonces, la liturgia lo ha puesto en actitud de recibir y escuchar, y lo ha conducido al silencio de la adoración. Sólo después habla. Ese orden sencillo contiene una enseñanza que conviene siempre tener presente. Entre las muchas responsabilidades que ocupan nuestra jornada, hemos sido enviados para anunciar la Buena Nueva. Como los Apóstoles, estamos llamados a perseverar «en la oración y en el ministerio de la Palabra» (Hch 6,4). Santo Toribio hizo de su vida una predicación prolongada, y su anuncio resultaba creíble porque había permitido que el Evangelio modelara primero su existencia. Que ninguna urgencia ni tarea pastoral, por necesaria que sea, relegue la oración como antesala de la predicación. Reservemos siempre el tiempo necesario para escuchar la Palabra y preparar con esmero el modo de ofrecerla a nuestro pueblo.

Terminados los ritos de la recepción y celebrada la liturgia de la Palabra, llega el momento de presentar la ofrenda. En aquel ofertorio podemos ver anticipadamente todo lo que el obispo habrá de colocar, día tras día, en las manos del Señor: su trabajo, los proyectos que emprenderá, las decisiones que deberá tomar, las personas que le han sido confiadas, sus preocupaciones y sus esperanzas. Habrá momentos en que verá con claridad el camino y otros en los que experimentará su propia pequeñez: todo ello cabe en la patena. Al obispo le corresponde entregarse con fidelidad; el fruto, en último término, pertenece a Dios (cf. 1 Co 3,6-7).

La celebración misma muestra dónde tiene su fuente esa fecundidad. En la Santa Misa se actualiza sacramentalmente el único sacrificio de Cristo para la salvación del mundo, mientras su Pueblo es asociado a la ofrenda de su Señor. De este Santo Sacrificio mana la gracia de la que vive la Iglesia y por la que Cristo continúa reuniéndola y santificándola a lo largo de la historia. El obispo, como todo sacerdote, presta su voz y sus manos a Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, que actúa por medio de su ministerio. Aquello que celebra ha de prolongarse también en su propia vida, cada vez más unida a la ofrenda del Señor, hasta que toda su existencia llegue a ser, en Cristo, una ofrenda al Padre.

La geografía espiritual de la Iglesia en América Latina está marcada por pastores que hicieron visible esta unión entre el altar y la vida. La figura de santo Toribio, por tanto, no está sola. A lo largo de los siglos y en distintas regiones del continente se ha ido formando una verdadera constelación de obispos que la Iglesia venera como santos y beatos. Junto al gran arzobispo de Lima se encuentran los santos Antonio María Claret, Ezequiel Moreno, Rafael Guízar y Óscar Romero, y los beatos Juan de Palafox, Jacinto Vera, Mamerto Esquiú, Enrique Angelelli, Jesús Jaramillo y Eduardo Pironio, entre tantos otros insignes obispos. Profundicemos en el ministerio y los escritos de estos pastores y démoslos a conocer en nuestras Iglesias particulares. Su testimonio puede ayudarnos a comprender mejor la misión del obispo y reviste un interés especial para la formación de seminaristas y sacerdotes. Sus vidas muestran cómo una misma misión puede tomar formas diversas según los tiempos y las circunstancias y forman una escuela de pastores nacida de nuestra historia eclesial. Los santos siguen formando santos (cf. Hb 13,7).

Encomendemos a Santa María de Guadalupe nuestro deseo de vivir con renovada fidelidad la misión recibida. En los albores de la evangelización de ese querido continente, Ella quiso que san Juan Diego llevara su petición al obispo y que fuera él quien discerniera y acogiera lo que el Señor estaba realizando por medio de un mensajero humilde. Aquel encuentro sigue siendo una invitación para nosotros pastores: estar atentos a la acción de Dios, que muchas veces se manifiesta por caminos imprevistos y se sirve de quienes menos cabría esperar. Por intercesión de la Madre de Dios, pidamos la gracia de conocer, servir y amar a las Iglesias que nos han sido confiadas, para que, cuando llegue la hora de dar cuenta al Señor de nuestro ministerio, podamos escuchar: «Bien, siervo bueno y fiel […] entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21).

Con afecto fraterno, los bendigo de corazón.

Vaticano, 8 de septiembre de 2026, Natividad de la Bienaventurada Virgen María.


LEÓN PP. XIV

domingo, 20 de septiembre de 2026

LOS TRABAJADORES!!!

 

Durante su último peregrinaje a Jerusalén, el Señor predica esta maravillosa parábola.

Hace la bella comparación del dueño de la viña que, al llegar el tiempo de la vendimia, contrata los labradores que necesita.

Lo hace todo por su viña, ¡hasta cinco veces sale a buscar trabajadores!.

Desde la primera hora de la mañana hasta la última de la tarde busca trabajadores.

La sorpresa es que los de la última hora cobran lo mismo, de hecho, es el trato verbal que habían pactado.

Era necesario que el dueño cumpliera la ley santa de pagar a los trabajadores el salario del día (Lev 19,13 y par.).

Los que habían trabajado todo el día murmuran y protestan.

El dueño no los quiere ver sumidos en el odio y en la dureza de corazón y les habla de los demás como compañeros y no como rivales: “Quiero darle a este último igual que a ti” (Mt 20,14b).

O también: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

Todos tienen necesidad del salario.

Es cierto que algunos han trabajado más que los otros, pero no por culpa de estos últimos: sencillamente, nadie les había contratado hasta entonces.

La generosidad de Dios no debe suscitar jamás la envidia o la murmuración, sino la acción de gracias y la alegría fraterna.

La justicia de Dios no es humana simplemente, es también divina: la justicia divina es la plenitud de la caridad.

La bondad de Dios para con los demás va más allá de lo debido y merecido.

Es una justicia que trastorna.

He aquí que los primeros que se oponen al bien de los últimos son los verdaderamente injustos: su mirada no es divina, es mezquina.

En la Iglesia, nadie puede decir “yo he trabajado más que tú”: lo importante es que unos y otros hayamos trabajado humildemente en la viña del Señor.

San Pablo es sublime en la segunda lectura: “Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia”, pero ama tanto a la Iglesia que incluso renuncia a descansar ya en Cristo, “que es con mucho lo mejor”, para continuar sirviendo a la comunidad.