PÁGINA PRINCIPAL

jueves, 30 de julio de 2026

EDUCACIÓN Y CULTURA!!!



La primera Escuela de Verano del Profesorado de Religión, promovida por la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura y celebrada en Salamanca, ha reunido a responsables diocesanos, profesores, formadores, universidades, centros de formación, instituciones educativas y editoriales para conocer, contrastar y discernir la propuesta de un «Sistema de Desarrollo Profesional del Profesorado de Religión Católica».

La Escuela ha nacido de una convicción fundamental: una Iglesia que desea cuidar la educación debe comenzar cuidando a quienes educan. La calidad y el futuro de la enseñanza religiosa escolar dependen, en gran medida, de la identidad, la vocación, la formación, la competencia profesional y el acompañamiento de quienes hacen presente cada día esta enseñanza en las aulas.

El encuentro no ha pretendido inaugurar el cuidado del profesorado de Religión, pues las diócesis, las universidades, las instituciones y los propios docentes llevan décadas sosteniendo esta tarea. Ha querido favorecer una conciencia nueva de ese cuidado y avanzar desde iniciativas valiosas, pero frecuentemente dispersas, hacia una cultura compartida del desarrollo profesional.

Celebrar esta Escuela en Salamanca posee, además, un significado especial. Hace quinientos años, la Escuela de Salamanca mostró que la fidelidad a la tradición cristiana no consiste en repetir respuestas heredadas, sino en dejar que la luz del Evangelio ilumine las nuevas preguntas de cada época. Ahora, una vez más, en este tiempo de profundas transformaciones culturales, antropológicas, digitales y educativas, la Iglesia necesita profesores de Religión que no tengan miedo a pensar desde el Evangelio; docentes arraigados en la fe, profesionalmente competentes, capaces de acompañar las preguntas y fragilidades de sus alumnos y de hacer presente una inteligencia creyente en el corazón de la escuela.

La invitación del papa León XIV a diseñar nuevos mapas de esperanza ofrece una indicación especialmente fecunda para esta tarea. Un mapa no sustituye el camino, pero ayuda a orientarse, reconocer posibilidades, anticipar dificultades y caminar con otros. También el Marco de Desarrollo Profesional quiere ser un mapa: una referencia común al servicio del crecimiento de cada docente y del acompañamiento que la Iglesia está llamada a ofrecerle.

Declaración de trabajo

Los participantes en la Escuela de Verano de Salamanca, convocados para conocer y discernir el Sistema de Desarrollo Profesional del Profesorado de Religión Católica, reconocen la necesidad de avanzar hacia una cultura compartida de acompañamiento, mentoría, formación permanente y mejora profesional.

Desde la diversidad de responsabilidades, ámbitos e instituciones representadas, reconocen que el Marco de Desarrollo Profesional, la autoevaluación, la mentoría y la formación permanente no deben entenderse como iniciativas separadas, sino como partes de un único ecosistema de cuidado y crecimiento profesional.

El trabajo realizado invita a pasar:

• de una cultura basada principalmente en actividades formativas a una cultura del desarrollo profesional;

• de considerar a los profesores como sujetos aislados a reconocerlos como parte de un cuerpo profesional;

• de responder ante necesidades puntuales a acompañar trayectorias;

• de evaluar para clasificar a evaluar para conocer, orientar y mejorar;

• de sostener únicamente una asignatura a cuidar una presencia eclesial, educativa y cultural en la escuela y en la sociedad.

Desde estas convicciones, se propone orientar la fase de preparación e implantación inicial de este Sistema de desarrollo profesional mediante los siguientes compromisos.

Acuerdos principales

1. Asumir el desarrollo profesional como una responsabilidad eclesial compartida. El crecimiento del profesorado de Religión no puede depender únicamente de la iniciativa individual de cada docente ni de acciones formativas aisladas. Requiere la colaboración estable de las diócesis, la Comisión Episcopal, las universidades, los centros DECA, las instituciones educativas, las entidades formativas, las editoriales y el propio profesorado.

2. Reconocer la unidad del Sistema de Desarrollo Profesional. El Marco, la autoevaluación y el seguimiento, la mentoría y la formación permanente deben aplicarse de manera articulada. El Marco indica el horizonte del crecimiento; la autoevaluación ayuda a reconocer el punto de partida; la mentoría ofrece acompañamiento personal y profesional; y la formación permanente sostiene la continuidad del proceso.

3. Impulsar una implantación gradual, acompañada y evaluable. La propuesta no debe aplicarse de manera precipitada ni uniforme. Es necesario iniciar una fase de preparación, desarrollar experiencias piloto en diócesis diversas, evaluar sus resultados y revisar los instrumentos antes de avanzar hacia una implantación más amplia.

Condiciones imprescindibles

1. Garantizar el carácter formativo y no fiscalizador del proceso. El Marco y las herramientas de autoevaluación deben utilizarse para orientar el crecimiento, reconocer fortalezas y detectar necesidades. No deben convertirse en instrumentos de control, clasificación, comparación pública o penalización del profesorado.

2. Reconocer la diversidad de las diócesis y de las trayectorias docentes. La existencia de un horizonte común debe ser compatible con diferentes ritmos, recursos, extensión territorial, situaciones laborales y capacidades organizativas. La unidad del proceso no exige una simultaneidad perfecta, sino comunión de criterios y dirección compartida.

3. Dotar a las delegaciones y entidades formativas de recursos suficientes. No puede solicitarse a las diócesis que acompañen procesos complejos sin ofrecerles orientaciones, formación, instrumentos, apoyo técnico, tiempos razonables y espacios para compartir experiencias.

Primeras acciones para el curso 2026-2027

1. Presentar y dar a conocer el Sistema de Desarrollo Profesional. Cada delegación, de acuerdo con sus posibilidades, promoverá una primera presentación del Marco y de sus herramientas al equipo diocesano y al profesorado, explicando su sentido, su carácter formativo y el horizonte general del proceso.

2. Constituir o identificar un equipo diocesano de referencia. Las diócesis interesadas podrán designar un pequeño equipo responsable de estudiar la propuesta, analizar las condiciones de aplicación, identificar posibles mentores y proponer un itinerario diocesano inicial.

3. Realizar un diagnóstico de posibilidades y necesidades. Durante el curso se recogerá información sobre las necesidades formativas del profesorado, los recursos disponibles, las experiencias previas de acompañamiento y las condiciones necesarias para participar posteriormente en experiencias piloto.

Peticiones a la Comisión Episcopal

1. Facilitar la recepción episcopal y ofrecer una versión clara del conjunto de la propuesta. Se solicita completar la revisión de los cuatro volúmenes y preparar una primera información dirigida a los obispos diocesanos, de manera que puedan conocer el sentido general del Sistema, expresar su aprobación o asentimiento y orientar su desarrollo en las respectivas diócesis. A partir de esta recepción, se proporcionarán materiales sintéticos para delegados, profesores, formadores y responsables institucionales.

2. Proporcionar instrumentos y acompañamiento para la fase inicial. La Comisión debería facilitar modelos de presentación, herramientas de autoevaluación, orientaciones para las delegaciones, guías para la mentoría, criterios para la formación permanente y canales estables de consulta y seguimiento.

3. Coordinar una implantación progresiva y participada. Se propone que la Comisión identifique diócesis y entidades dispuestas a participar en experiencias piloto, promueva la formación de responsables y mentores, recoja los aprendizajes y garantice la revisión periódica del Sistema.

4. Promover espacios diocesanos o interdiocesanos de participación inspirados en el modelo del CGIE. Se propone ampliar progresivamente la presencia y la dinámica participativa del Consejo General de la Iglesia en la Educación, favoreciendo que las diócesis o, si fuera adecuado, varias diócesis de una misma provincia eclesiástica puedan constituir o fortalecer espacios estables de encuentro entre los diferentes actores de la educación católica: delegaciones diocesanas, profesorado de Religión, escuelas de ideario cristiano, colegios diocesanos, universidades y centros DECA, familias, titulares, instituciones educativas y otras realidades eclesiales vinculadas a la educación. Estos espacios, adaptados a las características de cada territorio, permitirían compartir diagnósticos, coordinar iniciativas, evitar la fragmentación y expresar de manera más visible la responsabilidad común de la Iglesia en la educación.

Compromisos de los actores formativos

El desarrollo profesional del profesorado de Religión necesita insertarse en una visión más amplia de la presencia de la Iglesia en la educación. Por ello, los distintos agentes formativos están llamados a reconocerse, escucharse y colaborar desde sus responsabilidades específicas.

1. Las delegaciones diocesanas se comprometen a favorecer la recepción del Marco, escuchar las necesidades reales del profesorado, identificar personas con capacidad de acompañamiento y estudiar las condiciones para desarrollar progresivamente la propuesta en cada diócesis.

2. Las universidades y los centros DECA se comprometen a revisar la relación entre formación inicial y desarrollo profesional, fortalecer la formación teológica, pedagógica y eclesial de los futuros profesores y colaborar en la preparación de formadores y mentores.

3. Las instituciones educativas, entidades formativas y editoriales se comprometen a alinear progresivamente sus propuestas y recursos con el Marco, colaborar en la detección de necesidades y contribuir a una oferta formativa coherente, rigurosa y verdaderamente orientada al crecimiento del profesorado.

A estos compromisos se une el del propio profesorado, llamado a vivir y renovar su vocación educativa, participar activamente en su desarrollo profesional, compartir la sabiduría nacida de la práctica y contribuir a la construcción de una comunidad profesional que aprende y acompaña.

Riesgos que deben vigilarse

1. La burocratización del Sistema. Debe evitarse que el proceso se reduzca a formularios, niveles, acreditaciones o procedimientos que terminen ocultando su finalidad principal: cuidar a las personas y acompañar su crecimiento.

2. La desigualdad de recursos y la sobrecarga de las delegaciones. La implantación no puede descansar exclusivamente sobre estructuras diocesanas que ya afrontan múltiples responsabilidades. Será necesario simplificar los procesos, compartir recursos y ofrecer apoyo específico a las diócesis con menor capacidad operativa.

3. La fragmentación y la falta de sostenibilidad. Deberá evitarse la desconexión entre los distintos componentes del Sistema, la proliferación de ofertas formativas aisladas y la creación apresurada de estructuras que no puedan sostenerse en el tiempo.

Horizonte del Congreso de 2028

1. Promover un Congreso al que llegar con experiencias reales y evaluadas. Se plantea la conveniencia de celebrar en 2028 un congreso que no se limite a presentar documentos, sino que recoja los aprendizajes de las diócesis, entidades y profesores que hayan participado en las primeras experiencias de aplicación.

2. Reconocer y fortalecer un cuerpo profesional. El horizonte de 2028 debe ayudar a que el profesorado de Religión se reconozca como una comunidad profesional y eclesial que comparte vocación, identidad, lenguaje, criterios de calidad, recursos, experiencias y responsabilidad educativa.

3. Establecer las bases para una implantación sostenible. A partir de la evaluación del proceso, el congreso podrá proponer un horizonte común para los años siguientes, definir los apoyos necesarios y consolidar una red estable de delegaciones, mentores, formadores e instituciones colaboradoras.

Salamanca como comienzo

La Escuela de Verano de Salamanca no concluye con la aprobación definitiva de un modelo ni con la resolución de todas las dificultades. Concluye con el reconocimiento de una responsabilidad y con la voluntad de comenzar un camino compartido.

Los participantes regresan a sus diócesis, universidades, instituciones y centros conscientes de que no todos podrán avanzar del mismo modo ni con la misma velocidad. Lo decisivo será mantener una dirección común: que, en cualquier lugar, un profesor de Religión pueda saber que no está solo; que su Iglesia lo reconoce, lo acompaña y espera de él una verdadera excelencia profesional; que dispone de un marco para orientar su crecimiento; que puede encontrar referentes y mentores; y que su tarea cotidiana forma parte de una misión educativa que merece ser cuidada.

Salamanca nos recuerda que la fidelidad al Evangelio exige inteligencia, comunión y audacia. Nos invita a cuidar mejor a quienes educan y a formar profesores capaces de habitar la escuela con competencia profesional, identidad creyente, capacidad de diálogo y esperanza.

miércoles, 29 de julio de 2026

EN RECUERDO A MARÍA JOSÉ!!!

 


Hay personas que dejan una enseñanza tan sencilla como definitiva. La de María José Soriano la recibí una mañana, pocos días antes de la Semana Santa, delante de la imagen de un Cristo yacente en la exposición El Hombre de la Sábana Santa. Cuando me comunicaron su fallecimiento, en aquel instante regresó a mi memoria con una nitidez inesperada. Comprendí entonces que, sin proponérselo, me había regalado una de las mejores explicaciones del misterio de la Pasión de Cristo.

Durante la Cuaresma y la Semana Santa de 2024, la Diócesis de Teruel y Albarracín organizó esta exposición dedicada a la Síndone de Turín. Me pidieron colaborar como guía para acompañar a los visitantes a lo largo del recorrido. La muestra presentaba la historia de la SábanaSanta, las investigaciones científicas realizadas sobre ella y, sobre todo, el significado espiritual de aquel lienzo que, para millones de cristianos, remite al cuerpo de Cristo después de su crucifixión. Más que una exposición histórica, era una invitación a contemplar el amor llevado hasta el extremo.

Preparé cuidadosamente las visitas. El momento más sobrecogedor llegaba siempre ante una escultura de tamaño natural que representaba a Jesús recién descendido de la cruz. Allí me detenía para mostrar una a una las heridas: las manos atravesadas por los clavos, los pies, la lanzada del costado, las rodillas marcadas por las caídas, la cabeza lacerada por la corona de espinas. Mediante preguntas intentaba que los visitantes imaginaran el sufrimiento físico que había soportado aquel hombre.

Entre los grupos que acudieron aquellos días había varios del Colegio Las Viñas de Teruel. Uno de ellos iba acompañado por María José Soriano, profesora muy querida por generaciones de alumnos y profundamente comprometida con su educación humana y cristiana. Entonces apenas la conocía. Bastaron unos minutos para comprender por qué tantas personas hablaban de ella con tanto cariño.

Mientras explicaba las heridas de Cristo, María José me interrumpió con delicadeza. Lo hizo con la cercanía de una maestra acostumbrada a enseñar sin imponerse. Quizá temía que los alumnos terminaran contemplando únicamente un cuerpo torturado, como si todo pudiera reducirse a una descripción anatómica o forense.

Con pocas palabras dirigió la mirada de aquellos jóvenes hacia lo verdaderamente importante. Les recordó que cada una de aquellas heridas tenía un sentido porque nacía de una decisión libre de amar. Les habló del porqué de aquel sufrimiento, del amor que daba significado a cada golpe, a cada llaga, a cada gota de sangre. La cruz —les decía— no es solamente el lugar donde un hombre muere; es el lugar donde Dios manifiesta hasta dónde está dispuesto a amar a cada persona.

Mientras hablaba, permanecí en silencio. Comprendí que acababa de expresar, con una sencillez admirable, aquello mismo que yo intentaba transmitir durante toda la visita. Sin el amor, las heridas de Cristo son únicamente el relato de una terrible ejecución. Con el amor, esas mismas heridas se convierten en la mayor manifestación de esperanza que ha conocido la humanidad.

Con el paso de los días seguí pensando en aquella intervención. Poco a poco comprendí que no había sido un comentario improvisado, sino el reflejo de toda una vida.

Quienes han dedicado su vida a la enseñanza saben que los momentos más importantes casi nunca aparecen en las programaciones, ni pueden medirse en un boletín de notas. Suelen ocurrir en un pasillo, al terminar una clase, durante una excursión o cuando un alumno, por fin, se atreve a formular la pregunta que llevaba mucho tiempo guardando en el corazón.

Me gusta pensar que María José vivió muchas escenas como esas. No porque conozca cada una de ellas, sino porque bastó escucharla unos minutos delante del Cristo yacente para comprender que aquella manera de enseñar no había nacido aquel día. Era el fruto de una vida entera educando la inteligencia, pero también el corazón.

Los buenos maestros no se limitan a transmitir conocimientos. Enseñan a mirar. Y existe una diferencia profunda entre ver y mirar. Ver es descubrir lo que está delante de los ojos; mirar es aprender a reconocer el significado de lo que contemplamos. Ver descubren los ojos; mirar lo aprende el corazón. Aquella mañana, delante de la imagen de Cristo, María José enseñó precisamente eso: a no quedarse en las heridas, sino a descubrir el amor que les daba sentido.

Durante muchos años desarrolló su labor educativa en el Colegio Las Viñas de Teruel y desempeñó también la Delegación de Familia y Vida de la diócesis. Allí acompañó a generaciones de niños y jóvenes, no solo en las aulas, sino también en la catequesis, las convivencias, las campañas solidarias y las celebraciones litúrgicas. Quienes compartieron con ella esos años recuerdan su cercanía, su capacidad para escuchar y esa forma tan suya de hacer preguntas que invitaban a pensar un poco más allá de las respuestas fáciles.

Amaba profundamente la vida. Pero ese compromiso no nacía de una idea que hubiera que defender, sino de una convicción mucho más honda: cada persona posee una dignidad infinita porque ha sido amada por Dios. Por eso supo dedicar tantas energías a acompañar a las familias y a promover la cultura de la vida, especialmente allí donde era más vulnerable.

Quizá por eso resulta tan elocuente el último mensaje que quiso dejar. Antes de morir pidió que, en su funeral, no hubiera coronas ni ramos de flores. Prefería que el dinero destinado a ellas se entregara para ayudar a madres sin recursos. Incluso entonces quiso que el afecto recibido se transformara en vida para otros.

Hay decisiones que resumen una existencia entera. Esta fue una de ellas. La misma mujer que, delante de un Cristo yacente, enseñó a sus alumnos a descubrir el amor escondido tras las heridas, quiso que su despedida no hablara de flores que se marchitan, sino de vidas que pudieran florecer gracias a la generosidad de muchos.

Vivimos en un tiempo en el que abundan las informaciones y los análisis. Podemos conocer con detalle los aspectos históricos de la Pasión, las investigaciones realizadas sobre la Síndone o las explicaciones médicas de la muerte de Jesús. Todo ello tiene un enorme interés. Pero, si olvidamos la pregunta decisiva, corremos el riesgo de saber mucho y comprender muy poco.

¿Por qué aceptó Cristo aquel sufrimiento?

La respuesta que María José ofreció espontáneamente a sus alumnos sigue resonando hoy con la misma fuerza.

Por amor.

Por amor se vive.

Por amor se sufre.

Por amor se entrega la vida.

Hoy, cuando vuelvo a contemplar la imagen del Cristo yacente, ya no puedo detenerme únicamente en sus heridas. Casi sin darme cuenta, escucho de nuevo la voz serena de María José invitando a sus alumnos a mirar más hondo. Entonces comprendo que algunos maestros siguen enseñando incluso después de haber partido a la Casa del Padre. Porque quienes han dedicado su vida a conducir a otros hacia la verdad nunca dejan del todo el aula. Su última lección permanece viva en quienes tuvieron la suerte de escucharles.

Gracias, María José.


martes, 28 de julio de 2026

EL COMERCIO JUSTO!!!

 


Voluntarios y voluntarias de los grupos parroquiales de la diócesis de Teruel y Albarracín han participado en diferentes actividades con un objetivo:salir de la zona de confort, trabajar por los vecinos de cada municipio a través de diferentes iniciativas solidarias de sensibilización, recaudación y venta de productos de Comercio Justo, destinadas a apoyar a personas en situación de vulnerabilidad económica y social, tanto a nivel local como internacional.

El grupo parroquial de Cáritas de Monreal del Campo se ha sumado a la Feria Artemóncomo lo viene haciendo en los últimos 17 años. Belén Gimeno, voluntaria de esta organización, subrayaba que además de la venta de productos de Comercio Justo, la presencia en este certamen local “nos permite dar a conocer a todos los visitantes qué es Cáritas y en que proyectos e iniciativas sociales trabaja”.

En Cantavieja los voluntarios han organizado su tradicional rastrillo solidario, una iniciativa con más de una década de trayectoria que une a vecinos en favor de las causas sociales.

Por último, en Muniesa se ha instalado un puesto de Comercio Justo, con el objetivo de ofrecer alternativas de consumo responsable que garantizan condiciones dignas para productores de todo el mundo.

Los grupos parroquiales de Cáritas Teruel defienden así su propósito general: colaborar, participar y tejer una red en los pueblos de esta provincia que permita mantener viva la esperanza y demostrar que elegir comunidad es, en última instancia, elegir amar.

Monreal, Cantavieja y Muniesa son tres de los pueblos con grupo parroquial que han realizado actividades estivales. A ellos se sumarán otros con diferentes acciones de sensibilización y venta. Por ejemplo, el próximo fin de semana lo harán en la XV edición de la recreación de la Expulsión de los Moriscos, de Gea de Albarracín y en la semana cultural de Bronchales.

lunes, 27 de julio de 2026

REMAR JUNTOS!!!

 


Más de 1.200 personas de 50 diócesis participaron, del 24 al 26 de julio, en el Encuentro de Laicos de Parroquia organizado por la Acción Católica General. La cita, precedida por la V Asamblea General de la asociación, dejó una llamada clara: formar comunidades capaces de acompañar, compartir la fe y anunciar el Evangelio en la vida cotidiana.


Málaga se cJOVonvirtió durante cuatro días en una gran parroquia formada por personas de todas las edades y procedencias. Niños, jóvenes y adultos compartieron oración, formación, talleres, celebraciones y momentos de convivencia bajo el lema «Compartiendo caminos, acompañando esperanzas». Entre ellos hubo una nutrida representación de las diócesis aragonesas, que regresa con nuevos retos, proyectos y el deseo de seguir impulsando la Acción Católica General en sus comunidades.

El Encuentro reunió a más de 1.200 participantes procedentes de 50 diócesis españolas. Más de 900 llegados de fuera de Málaga se alojaron en distintos centros de la ciudad. También estuvieron presentes representantes de Argentina, Malta y Rumanía, mostrando la dimensión internacional de una asociación que quiere ayudar a los laicos a vivir su vocación cristiana en la parroquia y en medio del mundo.

La generosidad y entrega de tantos hermanos dispuestos a servir al Señor es un regalo del Espíritu Santo

Una Asamblea para decidir juntos el futuro

La actividad comenzó el jueves 23 de julio con la V Asamblea General de la Acción Católica General, celebrada en la Casa Diocesana de Málaga. Más de 300 laicos, religiosos, sacerdotes, seminaristas y obispos participaron en una jornada destinada a revisar el camino recorrido y definir las prioridades de la asociación para los próximos años.

Aragón tuvo una presencia significativa en esta Asamblea. El arzobispo de Zaragoza y presidente de la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida, Carlos Escribano, participó en la jornada. La presidenta de ACG Zaragoza, María Ángeles Ciudad Ladrero, intervino posteriormente en uno de los diálogos centrales del Encuentro, mientras que Emma Querol, de Huesca, y Javier Tejedor, de Zaragoza, formaban parte de la Comisión Permanente de la asociación como responsables de los sectores de Jóvenes e Infancia. La mesa de diálogo de la Asamblea fue conducida por David López, director de la Oficina de Comunicación de la Iglesia en Aragón.

Toño Maluenda, de la ACG de Tarazona, resume así lo vivido:

«Para Tarazona es una gran riqueza compartir con otras diócesis los momentos de la asamblea y los diferentes puntos de vista en favor de una misión común. Este encuentro define nuestros retos para los próximos años: trabajar por la Iglesia y llevar el mensaje de Jesús a todas las personas. Asimismo, la generosidad y entrega de tantos hermanos dispuestos a servir al Señor es un regalo del Espíritu Santo, especialmente el ejemplo de quienes dan su vida para guiar nuestra asociación desde la Comisión Permanente».

La Asamblea no fue únicamente una reunión organizativa. Mostró una manera concreta de vivir la Iglesia: discernir juntos, asumir responsabilidades y poner los propios dones al servicio de una misión compartida.

El arzobispo de Zaragoza, D. Carlos Escribano, preside la oración inicial de la Asamblea de la ACG.

Una Iglesia en la que caben todas las edades

La apertura oficial del Encuentro tuvo lugar el viernes en el polideportivo Ciudad Jardín. Allí se fueron colocando sobre un gran mapa de España representantes de las distintas diócesis, unidos por una misma fe. La diversidad quedó también reflejada en las edades: el participante más joven tenía apenas tres meses y la mayor, llegada desde Santander, 90 años.

Espero que a los que han conocido esta realidad por primera vez les guste y les ayude a continuar comprometidos como laicos

La Eucaristía inaugural estuvo presidida por Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, y concelebrada, entre otros, por el arzobispo de Zaragoza. Durante la jornada se profundizó en la importancia del acompañamiento, el discernimiento, la familia y la parroquia como lugares en los que aprender a amar, caminar juntos y unir la fe con la vida. También se celebraron talleres sobre compromiso político, ecología integral, redes sociales, trabajo, dignidad de la mujer y atención a las personas vulnerables.

Ese es uno de los rasgos que quedaron más claros en Málaga: la Acción Católica General no propone vivir la fe al margen de la realidad. Invita a llevarla a la familia, al trabajo, a los centros educativos, a la política, a las asociaciones, a los barrios y a todos aquellos lugares en los que se construye la sociedad.

Belén, de la diócesis de Barbastro-Monzón, confía en que la experiencia tenga continuidad:

«Espero que de este encuentro salga algún proyecto en común para hacer conjuntamente con alguna otra diócesis. También espero que a los que han conocido esta realidad por primera vez les guste y les ayude a continuar comprometidos como laicos».

Momento de la eucaristía en el pabellón Ciudad Jardín de Málaga.

Equipos para compartir la vida

El sábado estuvo dedicado especialmente a conocer la propuesta formativa de la Acción Católica General. Los participantes trabajaron por sectores y escucharon testimonios sobre los equipos de vida, los itinerarios de formación, las celebraciones y el compromiso de los cristianos en las realidades sociales.

La formación, se recordó durante las intervenciones, no consiste únicamente en acumular conocimientos. Es un camino para dejarse transformar por Cristo, revisar la propia vida a la luz del Evangelio y aprender a responder a lo que sucede alrededor. Los equipos permiten compartir la fe y la vida con otras personas, sostenerse en los momentos difíciles y descubrir que nadie está obligado a recorrer en solitario el camino cristiano.

Julio, de la diócesis de Teruel y Albarracín, destaca precisamente esa experiencia comunitaria:

«Creo que este encuentro nos ha permitido vivir la fraternidad, compartir la fe y profundizar en la corresponsabilidad de anunciar la buena noticia del Evangelio».

La jornada concluyó en la plaza del Santuario de la Victoria con una vigilia de oración centrada en la visita de María a su prima Isabel. Niños, jóvenes, matrimonios, sacerdotes, consagrados y obispos pidieron al Señor aprender a ser acompañantes en el camino de la fe. Tras la adoración al Santísimo, la música y la convivencia pusieron el broche a una intensa jornada.

Mª Carmen, una de las participantes aragonesas, lo expresó con sencillez: «Es una gozada ver a tantos laicos en camino».

La presidenta de ACG en Zaragoza, Marian Ciudad, participó en uno de los coloquios.

«Cristo necesita tus manos»

La Catedral de Málaga acogió el domingo el acto de clausura y la Misa de envío. La cultura malagueña sirvió para resumir lo vivido: la biznaga recordó la necesidad de ofrecer el buen aroma de Cristo; la jábega, la importancia de remar juntos; las redes, el trabajo comunitario y el discernimiento; y los cenachos, la misión de anunciar una Buena Noticia capaz de alimentar, liberar y sanar.

El mensaje fue directo: «Cristo necesita tus manos». La Iglesia queda incompleta cuando los laicos permanecen como espectadores y no se remangan para participar en la misión. El acompañamiento, además, no puede quedar reducido a una actividad ocasional, sino que debe integrarse en la vida ordinaria de las parroquias mediante procesos, equipos, formación y estructuras que faciliten el encuentro con Cristo.

El obispo de Málaga, José Antonio Satué, presidió la Misa de envío y propuso cuatro actitudes para acompañar las esperanzas de las personas desde la esperanza que ofrece Jesucristo: buscar, discernir, apostar y confiar. Animó a los participantes a no pensar que ya lo saben o lo hacen todo bien y a continuar confiando en Dios en medio de las luces y sombras de la sociedad y de la propia Iglesia.

Misa de clausura en la catedral malacitana.

Una propuesta para nuestras parroquias

Málaga no ha sido solo un gran encuentro. Ha mostrado lo que puede llegar a ser una parroquia cuando los laicos descubren su vocación, se forman, comparten la vida en pequeños equipos y asumen su responsabilidad en la evangelización.

La Acción Católica General ofrece un camino para niños, jóvenes y adultos que no quieren limitarse a recibir actividades o acudir ocasionalmente a la iglesia. Es una propuesta para quienes desean conocer mejor a Jesús, encontrar una comunidad con la que caminar y comprometerse en la transformación de su entorno.

Quienes han regresado a Aragón lo hacen con la alegría de haber formado parte de una gran familia y con una tarea por delante: llevar a sus parroquias lo aprendido, crear nuevos equipos, acompañar a quienes buscan y abrir espacios para que otras personas descubran que también ellas tienen un lugar y una misión en la Iglesia.

Porque siempre hay alguien a quien acompañar, algo nuevo que aprender, una red de la que tirar y una Buena Noticia que compartir.