OCTAVA DE PASCUA
Este Domingo se conocía en los libros litúrgicos antiguos como "Dominica in albis", ya que los neófitos se desvestían de la túnica blanca, la que se les había impuesto en la noche de Pascua como signo de que habían sido revestidos de Cristo en el Bautismo.
La oración colecta es de las más bellas del Misal: se pide que todos comprenda mejor "qué Bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué Sangre nos ha redimido".
Se mencionan así los tres sacramentos de la "Iniciación cristiana".
La antífona de entrada obedece a esta misma Liturgia bautismal: "Como niños recién nacidos".
San Juan Pablo II dio un título nuevo al Domingo de la Octava, designándole también como Domingo de la Divina Misericordia.
"No es posible pensar en la Divina Misericordia sin la Resurrección del Señor, porque la Resurrección del Señor, la Pascua del Señor, es el culmen de la revelación de la Misericordia de Dios, es la apertura a la vida, a la vida eterna. Es un don supremo que Dios ofrece al hombre en Cristo" (Carta apostólica "Misericordia et misera" del Papa Francisco).
Litúrgicamente, la Divina Misericordia es el resplandor de este Domingo, pero no ocupa el lugar central: éste no puede ser otro sino la Resurrección gloriosa del Señor.
San Basilio habla del "santo Domingo, honrado por la Resurrección del Señor, primicia de todos los demás días" y San Agustín llama al Domingo "sacramento de la Pascua".
Misa: Hch 2, 42-47; Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24; 1 Pe 1, 3-9; (secuencia opcional); Jn 20, 19-31
Jesús se manifiesta de manera gloriosa "ocho días después" y trae de su regreso de la Cruz, de la muerte y de los infiernos, la paz.
También entrega a los discípulos, exhalando sobre ellos, el Espíritu Santo y los capacita para el perdón de los pecados.
La comunidad apostólica será siempre "pneumatófora", portadora del "Pneuma" divino, por ello podrá perdonar los pecados.
La duda de Tomás es motivo para que el Señor proclame la última bienaventuranza, la más nuestra, la de quienes, sin ver, hemos creído: "Bienaventurados los que crean sin haber visto".
También la profesión de fe de Tomás en la divinidad de Jesús es uno de los puntos culminantes del IV Evangelio: Jesús, Crucificado y Resucitado, es Dios, "¡Señor mío y Dios mío!".
Tomás, por su falta de fe se había alejado de la comunidad: aquello que mantiene la comunidad de fe es la Eucaristía celebrada cada ocho días.
Como canta el Salmo: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericòrdia".
CONTINUACIÓN DE LA CINCUENTENA PASCUAL
Pasada la octava de Pascua continúa el "gran Domingo" de la Cincuentena Pascual, que conviene que se diferencie de todos los otros ciclos por su carácter extraordinario y por el conjunto de sus signos festivos.
Los cincuenta días se celebrarán y se han de vivir, también en cuanto a los signos litúrgicos, como un solo Domingo prolongado.
Este "gran Domingo" constituye como una invitación a intensificar la vivencia de la originalidad radical del cristianismo como "evangelio o buena noticia" festiva de la Resurrección que esperamos y pregustamos anticipadamente en estos días.
Para significar la "novedad" de la vida cristiana, durante estos días, en la Misa, se suprimen las lecturas del Antiguo Testamento, que son sólo figura y profecía de lo que Cristo, con su Resurrección, ya ha realizado.
Téngase esto presente en las bodas o funerales que se celebran en la Cincuentena.
Los cincuenta días de Pascua constituyen, pues, una única fiesta que celebra la presencia del Espíritu que Resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros; la última semana, entre la Ascensión y Pentecostés, se distingue un poco e intensifica las alusiones al Espíritu Santo, pero está muy lejos de constituir un ciclo diverso, un "tiempo de la Ascensión" como se llamaba antes; la presencia del Espíritu Santo es propia de "toda la Cincuentena", no sólo de sus últimas ferias.


