"Dominica Laetare".
Se llama así por la célebre antífona gregoriana del introito de la Misa, extraída del libro de Isaías (Is 66,10-11).
Esta bellísima antífona de entrada nos hace elevar el corazón hacia la Jerusalén del cielo: anuncia el consuelo, la alegría que reencuentra la Esposa amada cuando, después de la tristeza y del abandono experimentados por razón del pecado, las recupera.
La basílica de la Santa Cruz en Roma, donde antiguamente se celebraba hoy la liturgia estacional, era imagen de la Iglesia que peregrina hacia la Jerusalén eterna, su morada definitiva (antífona de comunión).
Hoy el Papa hacía una ofrenda floral, una rosa roja a la Santa Cruz, que simbolizaba el jardín ameno y aromático del Paraíso.
El color de la rosa probablemente es el origen del color rosado de la liturgia de hoy.
Este Domingo, a la mitad de la Cuaresma anticipa el gozo de la Pascua: es como un respiro dentro de la Cuaresma y un preludio de la solemnidad pascual.
La oración colecta reza: "Haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales".
El antiguo introito y el Salmo que lo acompaña expresa la alegría de la Iglesia por el Bautismo que recibirán los catecúmenos y anticipa la alegría pascual.
La alegría cristiana tiene una clara significación escatológica: los cristianos nos alegramos siempre de los bienes futuros y esa alegría repercute en la alegría de nuestra vida.
Se experimenta como don una alegría que será plena, "a pesar de las vicisitudes de lo cotidiano" (cf. Jn 16,33).
Los signos festivos acompañan este Domingo: entre ellos descuella, aunque de manera opcional pero recomendable, el color rosáceo para las vestiduras litúrgicas.
Propiamente, es el color púrpura, como preludio de los "gaudia paschalis festí" para los catecúmenos y los fieles.
Nuestra conversión es siempre una alegría para la Iglesia de la tierra y del cielo (Lc 15,7).
Y la Cruz del Señor "ornata regis púrpura" es nuestra gloria y salvación.
Misa: 1 Sam 16, 1b. 6-7. 10- 13a; Sal 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6; Ef 5, 8-14; Jn 9, 1-41;o bien, más breve: Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38.
Domingo del ciego de nacimiento.
El Evangelio es la catequesis sobre Cristo, luz del mundo.
Es el sexto signo del IV Evangelio, que contiene siete, a los que hay que añadir el signo más grande, el octavo, que es la Resurrección del Señor.
El ciego representa la humanidad pecadora que reencuentra en Cristo la luz de la vida.
La luz divina es propiamente Dios mismo.
El Bautismo es llamado en la literatura antigua "iluminación".
El relato es una larga historia, narrada a modo de drama: quien cree, debe su visión, su fe, a Cristo.
Llega por pura gracia a la luz.
Pero quien cree que ve y se considera un buen creyente sin deber nada a la gracia, éste es ciego y lo será siempre.
La conclusión del Evangelio es ésta: "Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”,vuestro pecado permanece".
El itinerario de la fe del ciego de nacimiento expresa y marca la gradualidad del camino de la fe: ha pasado de las tinieblas de la desesperanza a la luz más pura de la fe; y todo, en virtud de una gracia que ni él ha pedido.
El ciego, con la luz de la fe iluminando sus ojos, confiesa la fe: "Creo, Señor". Y se prostró ante Él".
Le adoró como un auténtico creyente.
La noche de Pascua escucharemos el cuasi tropario pascual que san Pablo menciona en la segunda lectura: "Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminarà".
El Salmo 22 es el Salmo de la Iniciación cristiana pues en él resplandecen el misterio del Bautismo, "me conduce hacia fuentes tranquilas", de la Crismación, "me unges la cabeza con perfume" y de la Eucaristía, "preparas una mesa ante mí".
En la primera lectura se evoca la alianza davídica.
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