La Cuaresma es sobre todo un itinerario catecúmenal.
Sólo
desde la clave de la celebración de los "Sacramentos de la
Iniciación", ya sean recibidos, catecúmenos, o renovados, fieles, en la
Noche de Pascua, se comprende el guion de la disposición del Leccionario, el
rezo de los Salmos y la rica eucología del Misal y de la Liturgia de las Horas
para este tiempo, realmente fuerte.
Tanto
los catecúmenos como los fieles deben participar en el Misterio de la muerte y
de la Resurrección del Señor.
Es
un morir a la condición de la humanidad del primer Adán, destinado a la muerte, y resucitar con Cristo
con una humanidad nueva, destinada a la vida eterna, con la recepción de la
gracia y de la vida de Dios.
La
clave está en la epístola de la Vigilia pascual, la gran catequesis de Pablo
sobre el Bautismo.
A
excepción de santa María, todos los santos son pecadores convertidos a
Jesucristo.
Ser
cristiano es un comenzar siempre.
La
vida cristiana jamás es acumulativa: tiene sus progresos, también sus
regresiones.
Una
nueva Pascua significa un nuevo comienzo a lo largo de toda una vida.
Toda
la pastoral de la Cuaresma debe ordenarse primordialmente a una recuperación de
la conciencia bautismal de los creyentes y a su pertenencia a la Iglesia, como
comunidad.
La
Cuaresma, ¡se ha dicho tantas veces!, sin Pascua no tendría sentido.
La
conversión es siempre un don, nunca el resultado de un esfuerzo voluntarista:
"Conviértenos a ti, Señor y seremos convertidos" (Lm 5,21).
Cuaresma
es un tiempo de penitencia gozosa: convertirse al Señor es siempre una alegría.
Una
conversión que se debe pedir y recibir como un don.
En
nuestra humanidad marcada por el pecado debe emerger la humanidad nueva que
nace del Bautismo, sellada por la Confirmación, alimentada por la Eucaristía y
reconciliada por la Penitencia.
Todo
ello bajo el signo eclesial.
Tanto
para los fieles como para los pastores.
La
vida cristiana y eclesial empieza siempre con el don de la conversión que es la
manifestación del Espíritu Santo.
Siguiendo
la tradición litúrgica, la memoria de los santos queda fuera de lugar en la
Cuaresma.
Las
solemnidades se reducen a dos: san José, Esposo de la Virgen, y la Anunciación
del Señor.
Permanece
por su antigüedad la fiesta de la Cátedra de san Pedro.
La
sintonía de la Liturgia de las Horas con la Eucaristía se refuerza en el tiempo
cuaresmal y nada distrae a la comunidad que se prepara para el sacramento
pascual.
La
Cuaresma es tiempo de conversión, renovación perfectiva de la vida cristiana,
de escuchar la Palabra de Dios, de permanecer en la oración y en la práctica de
las obras de misericordia, de perseverar en el ayuno como signo de ascesis de
lo superfluo y para expresar que tenemos hambre de Dios.
Y
todo bajo el signo de la Cruz.
Todos
estos temas se encuentran en la proclamación de la Palabra, en la austera
"eucología" litúrgica y en la oración cristiforme de los Salmos.
La
dimensión eclesial no puede dejarse de lado.
Uno
no se convierte solo, sino con los hermanos y hermanas, ayudándose mutuamente y
orando unos por otros.
En
este sentido, el mensaje anual del Papa para la Cuaresma, también de los
respectivos obispos locales, son importantes.
La
dimensión social, el servicio y la preocupación para los pobres y marginados,
está incluida en la Liturgia cuaresmal, forma parte de su esencia.
El
amor a los hermanos es lo que autentifica la Liturgia cuaresmal.
Esto
es lo que determina fundamentalmente el ayuno cuaresmal.
Nadie
puede decir que la Cuaresma no es algo serio o que no pertenece al espíritu de
la época.
Nadie
lo puede afirmar, porque el Mal, dentro y fuera de la Iglesia, es real, es lo
densamente real.
Las
oraciones venerables que encontramos en el Misal y las exhortaciones de las
Escrituras y de los Padres comunican que el cristiano debe luchar contra el
Mal: es el "combate de la fe".
Lo
mundano encuentra espacio en la vida de la Iglesia en lo ideológico, que en el
fondo son sólo palabras que pueden estar presentes en el corazón de todos.
Los
cristianos no somos mejores que los demás: podemos ser lujuriosos y ávidos de
dinero, que es una idolatría, y podemos ser muy poco solidarios.
Y
si la Ley del Mal es "siempre más", cada Cuaresma debería ser
"un poco menos" de todo aquello que se opone a la voluntad de Dios en
nuestras vidas.
La
celebración del Sacramento de la Penitencia al final de la Cuaresma debe ser
altamente significativa y urgida.
Es
el abrazo del Padre que espera al hijo, le restablece el anillo de hijo, y lo
calza, como signo de que ya no es esclavo, sino hijo, antes de sentarle a la
Mesa del Banquete.
Es
la "oveja perdida", finalmente hallada.
La
Iglesia, recorriendo cada año los cuarenta días cuaresmales, durante los cuales
vive el combate espiritual contra las fuerzas de este mundo, sabe que en el
fondo su peregrinación siempre tiene esta dinámica: de Pascua en Pascua, hasta
la Pascua definitiva.
Se
requiere un poco de valor para entrar en la Cuaresma.
Es
entrar en el "tiempo del deseo", paso a paso con Cristo.
Entrar
en su camino de amor, de muerte y de gloria.
Un
camino que debemos transitar a la luz de la Palabra.
Hay
que adentrarse en esta gracia de renovación.
Un
camino por el que la Iglesia, con su sabiduría materna, marca los pasos: tanto
para los catecúmenos que caminan hacia el Bautismo, como para los fieles.
Y
lo hace paulatinamente, Domingo tras Domingo.
Todo
ello se realiza en una Liturgia desarrollada por la mediación necesaria de
Jesucristo, el Señor Resucitado, y con la continua presencia, vivificante y
santificadora, del Espíritu de Dios.
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