Los discípulos vislumbran
la gloria del rostro del Señor y la misión del Mesías en el Bautismo del
Jordán, recibiendo su Confirmación en la montaña de la Transfiguración con la
“teofania” trinitaria.
La luz de la
Transfiguración no se proyecta desde fuera de la persona del Señor, sino
de su
interior, “sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador”.
La Ley y los Profetas dan
testimonio de Él y los discípulos experimentan el gozo del Reino de Dios
visible: hacen cata del cielo.
Con razón Pedro exclama:
“Maestro, qué bueno que estemos aquí”.
Le da el título de Maestro,
en Mateo, “Kyrie”.
El sentido de “Bueno” en
griego “kalón” es más profundo, ya que bueno significa también “bello”.
Se puede traducir: “Es
hermoso que estemos aquí”.
Belleza y bondad confluyen
en la experiencia y en el estado de los discípulos.
Es bello porque
experimentan la misma belleza de Dios manifestada en Jesús.
Muchos intérpretes
relacionan las tiendas que Pedro quiere hacer con la fiesta de los
Tabernáculos, “succot”, como signo de la posesión de la Tierra Prometida,
después del camino del éxodo y del desierto.
Escuchan la voz
del Padre: “Este es mi Hijo, el amado, escuchadlo”.
Por la nube que les cubrió
se representa la presencia del Espíritu Santo.
Toda la Trinidad está ahí.
Representémonos enseguida a
los discípulos que ven de nuevo a Jesús solo, con su humanidad.
Ahora deben bajar de la
montaña de la que jamás hubiesen bajado, han visto a Dios y no lo pueden decir
a nadie: “No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre
resucite de entre los muertos”, el secreto mesiánico.
Después de la “última
transfiguración”, la de Pascua, deberán anunciar la Resurrección del Señor en
una misión sin límites en el tiempo y en el espacio.
Ahora deben continuar con
el Señor el camino hacia Jerusalén, hacia la Pascua.
La primera y segunda lecturas
forman una unidad: el sacrificio de Abrahán va unido a la asombrosa afirmación
de la carta a los Hebreos: “Dios no perdonó a su propio Hijo”.
La lectura se vuelve a
proclamar universalmente en la Vigilia de Pascua, y la mejor glosa son las
palabras del Pregón pascual: “Para rescatar el esclavo, entregaste al Hijo”.
La Iglesia en el Salmo
canta la voluntad de continuar el camino del éxodo: “Caminaré en la presencia
del Señor, en el país de la vida”.
En la “tierra de la gracia”
es donde todo germina, crece, florece y da frutos para la vida eterna.
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