Domingo
del grano de trigo que una vez sepultado, da fruto
Cuando los griegos quieren
ver a Jesús, Él exclama: “Ha llegado la hora en que sea glorificado el Hijo del
hombre”.
Las naciones, representadas
por esos griegos, todavía no pueden contemplar la gloria del Señor: también
para la Iglesia, al final de la Cuaresma, ha llegado la hora de participar del
Misterio de su muerte y Resurrección y contemplar la gloria de su Resurrección.
Todo eso será realizado por
la Pascua del Señor y la gracia de Pentecostés.
Sin embargo, el grano de
trigo debe ser enterrado ya que, “si el grano de trigo cae en tierra y muere,
da mucho fruto”.
El discípulo debe llegar
hasta ahí: “El que quiera seguirme que me siga, y donde esté yo, allí estará mi
servidor”.
Estas palabras se cantan en
el versículo de la aclamación antes del Evangelio.
“Cuando yo sea elevado
sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
La Cruz permanecerá
elevada, exaltada, por los siglos de los siglos.
Elevada sobre nosotros como
testimonio constante del Amor de Dios Trinidad;
también como una invitación a la conversión.
Unos se irán y preferirán
otros dioses… los sabios de este mundo se escandalizarán… acaso otros blasfemarán
y dirán: “Este no puede ser nuestro Dios”.
Pero otros adorarán al que
de ella cuelga, y así encontrarán en ella su salvación.
Sí, la Cruz permanece, como
sostiene el lema cartujano: “Stat Crux dum volvitur orbis”.
También el texto evangélico
es un preludio de la Pasión del Señor: “Ahora mi alma está agitada, y ¿qué
diré?” y tiene relación con la impresionante segunda lectura de la carta a los
Hebreos, donde se describe la angustia y el dolor de Jesús en Getsemaní y su
obediencia.
Con la voz que se escucha,
se manifiesta que la humillación del Hijo es su glorificación: “Lo he
glorificado y lo volveré a glorificar”.
Jeremías anuncia la nueva
alianza y la nueva ley, no escritas ya en la piedra sino en los corazones,
puesto que los pecados serán perdonados: “nunca más me acordaré de sus
pecados”.
Toda la Iglesia suplica al
Señor con el Salmo: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro”.
Este corazón puro lo
regalará el Señor en la Noche de Pascua.
Para todos: los catecúmenos
que recibirán el Bautismo y los fieles que lo renovaran, lo harán nuevo.
Acordémonos que el
“Miserere” se canta incluso en la Vigilia Pascal cuando se celebra el Bautismo.
En la noche de Pascua el
Señor crea en nosotros “un corazón puro y nos devuelve la alegría de su
salvación”.
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