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domingo, 14 de marzo de 2021

DOMINICA LAETARE

Se llama así por el célebre introito: “Laetare Ierusalem" (Is 66,10-11).

Con gozosa y entrañable melodía gregoriana, este Domingo anticipa el gozo de la Pascua: es como un respiro dentro de la Cuaresma y un preludio de la solemnidad pascual.

La “estación” se celebraba en la Basílica de la Santa Jerusalén, Roma, y esto justifica el antiguo introito y el Salmo que lo acompaña: la Iglesia se alegra ya del Bautismo que recibirán los catecúmenos y anticipa la alegría pascual.

La alegría cristiana tiene una clara significación escatológica: los cristianos nos alegramos siempre de los bienes futuros y esa alegría repercute en la alegría de nuestra vida.

Se experimenta como don una alegría que será plena, “a pesar de las vicisitudes de lo cotidiano” (cf. Jn 16,33).

Los signos festivos acompañan este Domingo: entre ellos descuella, aunque de manera opcional pero recomendable, el color rosáceo para las vestiduras litúrgicas.

Propiamente, es el color púrpura, como preludio de los “gaudia paschalis festí” para los catecúmenos y los fieles.

Nuestra conversión es siempre una alegría para la Iglesia de la tierra y del cielo (Lc 15,7).

Y la cruz del Señor “ornata regis púrpura” es nuestra gloria y salvación.

Domingo de la elevación del Hijo del hombre.

En la Liturgia de la Palabra se proclama la conversación confidencial y nocturna del Señor con Nicodemo: el misterio de la cruz es anunciado como juicio, bajo el signo prefigurativo de la serpiente misteriosa elevada en el desierto.

El contenido del Evangelio se proclama solemnemente en el versículo de la aclamación antes del Evangelio.

Nicodemo  sale  de  noche  al encuentro con Jesús para encontrar en Él luz.

También de noche la Iglesia encontrará la luz: en la Noche radiante de Pascua.

El Padre entrega al Hijo para la salvación del mundo.

La Cruz será elevada para que “todo el que crea en Él tenga vida eterna”.

Ante la Cruz como manifestación y presencia de ese Amor “hasta el extremo”, el bello texto del IV Evangelio proclama que el Padre amó el mundo engullido por el pecado, sin vida, sin posibilidad de salvación.

Él entregó a este mundo de pecado a su Hijo amado, dándose a sí mismo en su Hijo, aquel que es el Hijo unigénito del Padre.

Es el amor gratuito del Padre que precede a cualquier respuesta de fe y de amor de la humanidad, pura iniciativa de su amor (cf. 1Jn 1, 1-2).

“Ver” y “creer” en el IV Evangelio están relacionados.

Contemplar con fe al Señor crucificado es ya la salvación.

Al final de la Cuaresma hay que reconocer que frecuentemente preferimos las tinieblas y no aceptamos la luz de Cristo que denuncia las propias oscuridades.

La Verdad del Señor crucificado pone a plena luz las tinieblas: “Todo el que obra el mal detesta la luz”.

El texto de Pablo en la segunda lectura está intrínsecamente relacionado con el Evangelio y lo completa: “Muertos por el pecado, estáis salvados por pura gracia”.

Más todavía: los cristianos somos obra suya.

Hemos sido creados de nuevo “para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso que practicásemos”.

Deberíamos indagar en el corazón cuáles son las buenas obras que el Padre ha destinado para cada uno de nosotros, ya que Él nos ha hecho renacer en vistas a una misión.

En la primera lectura, la ira y la misericordia de Dios se revelan en el exilio y  la liberación del pueblo.

En el Salmo responsorial, el célebre “Super flumina Babylonis”.

La Iglesia se siente exiliada lejos del Señor, como extradita en este mundo, siempre reclamada por el Señor.

El salmista canta los sentimientos del exilio, ya no puede sino recitar con añoranza los “cánticos de Sión”: “que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”.

La Liturgia griega canta este Salmo durante toda la Cuaresma cada día en Vísperas.

Por Pascua, la Iglesia cantará los “cánticos de la nueva Jerusalén”, tomará las cítaras para cantar el cántico de Moisés y del Cordero (Ap 15,2ss).

La nueva Jerusalén será el vértice más alto de su alegría: “Si non propusuero Ierusalem in capite laetitiae meae” (Ps 137,6b).

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