Se llama así por el célebre introito: “Laetare Ierusalem" (Is 66,10-11).
Con gozosa y entrañable melodía
gregoriana, este Domingo anticipa el gozo de la Pascua: es como un respiro
dentro de la Cuaresma y un preludio de la solemnidad pascual.
La “estación” se celebraba en
la Basílica de la Santa Jerusalén, Roma, y esto justifica el antiguo introito y
el Salmo que lo acompaña: la Iglesia se alegra ya del Bautismo que recibirán
los catecúmenos y anticipa la alegría pascual.
La alegría cristiana tiene una
clara significación escatológica: los cristianos nos alegramos siempre de los
bienes futuros y esa alegría repercute en la alegría de nuestra vida.
Se experimenta como don una
alegría que será plena, “a pesar de las vicisitudes de lo cotidiano” (cf. Jn
16,33).
Los signos festivos acompañan
este Domingo: entre ellos descuella, aunque de manera opcional pero
recomendable, el color rosáceo para las vestiduras litúrgicas.
Propiamente, es el color
púrpura, como preludio de los “gaudia paschalis festí” para los catecúmenos y
los fieles.
Nuestra conversión es siempre
una alegría para la Iglesia de la tierra y del cielo (Lc 15,7).
Y la cruz del Señor “ornata
regis púrpura” es nuestra gloria y salvación.
Domingo de la elevación del
Hijo del hombre.
En la Liturgia de la Palabra se
proclama la conversación confidencial y nocturna del Señor con Nicodemo: el
misterio de la cruz es anunciado como juicio, bajo el signo prefigurativo de la
serpiente misteriosa elevada en el desierto.
El contenido del Evangelio se
proclama solemnemente en el versículo de la aclamación antes del Evangelio.
Nicodemo sale
de noche al encuentro con Jesús para encontrar en Él
luz.
También de noche la Iglesia
encontrará la luz: en la Noche radiante de Pascua.
El Padre entrega al Hijo para
la salvación del mundo.
La Cruz será elevada para que
“todo el que crea en Él tenga vida eterna”.
Ante la Cruz como manifestación
y presencia de ese Amor “hasta el extremo”, el bello texto del IV Evangelio
proclama que el Padre amó el mundo engullido por el pecado, sin vida, sin posibilidad
de salvación.
Él entregó a este mundo de
pecado a su Hijo amado, dándose a sí mismo en su Hijo, aquel que es el Hijo
unigénito del Padre.
Es el amor gratuito del Padre
que precede a cualquier respuesta de fe y de amor de la humanidad, pura iniciativa
de su amor (cf. 1Jn 1, 1-2).
“Ver” y “creer” en el IV
Evangelio están relacionados.
Contemplar con fe al Señor
crucificado es ya la salvación.
Al final de la Cuaresma hay que
reconocer que frecuentemente preferimos las tinieblas y no aceptamos la luz de
Cristo que denuncia las propias oscuridades.
La Verdad del Señor crucificado
pone a plena luz las tinieblas: “Todo el que obra el mal detesta la luz”.
El texto de Pablo en la segunda
lectura está intrínsecamente relacionado con el Evangelio y lo completa:
“Muertos por el pecado, estáis salvados por pura gracia”.
Más todavía: los cristianos
somos obra suya.
Hemos sido creados de nuevo
“para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso que
practicásemos”.
Deberíamos indagar en el
corazón cuáles son las buenas obras que el Padre ha destinado para cada uno de
nosotros, ya que Él nos ha hecho renacer en vistas a una misión.
En la primera lectura, la ira y
la misericordia de Dios se revelan en el exilio y la liberación del pueblo.
En el Salmo responsorial, el
célebre “Super flumina Babylonis”.
La Iglesia se siente exiliada
lejos del Señor, como extradita en este mundo, siempre reclamada por el Señor.
El salmista canta los
sentimientos del exilio, ya no puede sino recitar con añoranza los “cánticos de
Sión”: “que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”.
La Liturgia griega canta este
Salmo durante toda la Cuaresma cada día en Vísperas.
Por Pascua, la Iglesia cantará
los “cánticos de la nueva Jerusalén”, tomará las cítaras para cantar el cántico
de Moisés y del Cordero (Ap 15,2ss).
La nueva Jerusalén será el vértice más alto de su alegría: “Si non propusuero Ierusalem in capite laetitiae meae” (Ps 137,6b).
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