Gracias, Padre, porque nos has regalado
tu presencia en nuestras vidas.
Desde niños nos elegiste
y nos hiciste de los tuyos,
más tarde te elegimos y decidimos seguirte.
Nos vamos manteniendo con tu amistad al lado,
ignorándote a veces, disfrutándote
en muchas ocasiones y recurriendo a Ti
siempre en los malos momentos.
Necesitamos vivir más el Jueves Santo,
comportándonos en el mundo como en un gran banquete,
intentando que todos nos sentemos
a la mesa
y lavando los pies de los más desvalidos.
Tenemos que vivir de lleno el Viernes Santo,
el dolor de la vida, el sufrimiento del hermano,
compartir el camino del que le cuesta andar,
y en los malos momentos abandonarnos en Ti.
Pero, sobre todo, Padre, hace falta que seamos
cristianos resucitados, alegres, confiados,
armónicos y relajados,
pues descansamos en Ti.
Resucítanos, Padre, alégranos el corazón,
quítanos este gesto serio de cristianos tibios
y píntanos un gesto de felicidad;
la que nos da el sabernos cuidados por Ti
ya que tienes nuestro nombre tatuado
en la palma de tu mano.
Mari Patxi Ayerra
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