Bernardo fue recibido en el
monasterio del Císter por el abad Esteban Harding, el año 1112.
A los tres años de profesar,
con tan sólo veinticinco años de edad, fundó la abadía de Claraval (Clairvaux).
Por razón de su personalidad,
verdaderamente carismática y atrayente, la Orden creció de manera
extraordinaria y las vocaciones afluyeron ingentes.
Numerosas abadías filiales,
hasta 63, surgieron ya durante su vida.
Promovió, consolidó y
organizó la Orden del Císter con extraordinario éxito.
Monje, profeta y místico.
Viajero incansable, arbitró
en muchos lugares la paz y la verdad de la fe.
El Papa Eugenio III,
discípulo suyo, emitió en sus manos la profesión monástica.
Predicó la segunda Cruzada y
fomentó la Orden del Temple.
Su actividad itinerante no le
fue impedimento para cultivar la contemplación.
Bernardo es fundamentalmente
un monje: un hombre unificado.
Su contemplación, fruto de la
"lectio divina", llega a momentos de plenitud mística de unión con
Dios.
Una de las obras más
preciosas es "De diligendo Deo": cuando el hombre ve que no puede
subsistir por sí mismo y empieza a buscar a Dios por la fe, a partir de la
oración y la meditación, conoce a Dios y pasa a amar a Dios por Dios mismo, no
por el hombre.
Gradual y procesualmente,
llega al último estadio: unirse a Dios y ser un único espíritu con él.
Al final de su vida exclamó:
"Mi gran deseo es ir a ver a Dios y estar con él, pero el amor que tengo a
mis hermanos me mueve a seguir ayudándoles: que el Señor haga aquello que le
sea más placentero".
El mismo Señor le llamó a su
descanso tal día como hoy del año 1153: tenía sesenta y tres años.
Su obra es extensa y fecunda:
comunica un amor inmenso a la humanidad de Jesús y a la Bienaventurada Virgen
María.
Se le considera el último
padre de la Iglesia y es llamado el "doctor melifluus", por la
dulzura y ternura de la Palabra de Dios en su predicación.
Se le atribuye la composición
del bellísimo himno "Iesu dulcis memòria".
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