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viernes, 6 de agosto de 2021

TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR


Los Padres de la Iglesia, especialmente los de Oriente, así como la exégesis actual, interpretan el sentido teológico de la Transfiguración del Señor como anticipación del Misterio Pascual y como confirmación de la misión que Jesús había recibido en el Bautismo del Jordán.

Al mismo tiempo, como anuncio de la transfiguración de nuestra humanidad a semejanza de su cuerpo glorioso.

Tal como el Prefacio canta: "Y manifestar que, en el cuerpo de la Iglesia entera, se cumplirá lo que, de modo maravilloso, se realizó en su Cabeza".

Una vez más todas las Iglesias celebran unánimemente esta fiesta y reencuentran, al menos en la celebración litúrgica, la unidad.

Gozan de la Luz increada, el Espíritu Santo, que se manifiesta en la luz resplandeciente y procedente del interior del cuerpo del Señor, en la voz del Padre y en   el testimonio de la Ley y los profetas.

El Padre revela al Hijo, y el Hijo revela al Padre y sólo el Espíritu de ambos nos introduce en su misterio de Amor y en la "luz tabórica".

La clave de interpretación es siempre la misma: la Resurrección del Señor.

La profecía de Daniel abre la proclamación de la Palabra de Dios.

Daniel contempla en visión el advenimiento del "Hijo del hombre" desde Dios: se trata pues del hombre que viene de Dios.

"Hijo del hombre" es un título mesiánico: la exégesis muestra que esta expresión fue utilizada por el mismo Jesús para designarse a sí mismo.

La comunidad cristiana leyó el acontecimiento y la persona de Jesús a la luz de este texto de Daniel.

En la Transfiguración, prenda de gloria, canta la Iglesia el Salmo 96: "El Señor reina, la tierra goza".

En el Señor, se alegra la tierra entera.

Y toda la naturaleza participa en una alegría cósmica, ya que todo el universo va a ser bendecido con el reinado del Señor.

En el Evangelio, en el relato de la Transfiguración del Señor según Marcos, no sabremos nunca exactamente lo que pasó en la montaña del Tabor, ya que la experiencia pertenece a lo indecible.

Los discípulos, por un instante, vislumbran la divinidad de Jesús.

Lo sucedido queda en la memoria de la comunidad (2P 1,16-19) y es consignado en la Sinopsis.

Más que un relato, es un icono que revela el misterio de Dios Trinidad.

El centro lo ocupa el Señor, con la luz indescriptible que emana de sí mismo.

Marcos, con una imagen más bien tosca, describe esta blancura resplandeciente diciendo: "como no puede dejarlos ningún batanero del mundo".

Lo cristológico deviene trinitario.

Se escucha la voz del Padre invisible: "Tú eres mi Hijo", y la "nube" de la Presencia se hace presente, el Espíritu Santo, cubriéndolo todo.

El Señor no está solo: a ambos lados aparecen Elías, la profecía, y Moisés, la Ley, dialogando con Él.

Los dos profetas habían subido a las montañas para recibir palabras de Dios, y su hablar con Jesús indica que han llegado a la meta: Él es la plenitud de la revelación.

También están los tres discípulos "dilectos del Señor" que, llenos de estupor, quedan como si estuviesen delante de la zarza ardiendo.

Pedro, sin saber lo que se decía, se complace en lo que ve y quiere que aquel momento de gloria se convierta en perenne.

De manera repentina, la inefable visión pasa, y ven a Jesús solo con su humanidad, con su rostro, seguramente cansado.

Jesús les manda que no expliquen lo sucedido hasta que el Hijo del Hombre resucite "de entre los muertos".

Es el "secreto mesiánico".

Después de la Resurrección, ellos deberán explicar la gloria del Señor resucitado, anticipada y experimentada en la montaña del Tabor.

Declararán también que el Señor, con su Transfiguración, confirmaba para ellos y para nosotros el camino de la Cruz, del amor entregado.

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