Los Padres de la Iglesia,
especialmente los de Oriente, así como la exégesis actual, interpretan el
sentido teológico de la Transfiguración del Señor como anticipación del
Misterio Pascual y como confirmación de la misión que Jesús había recibido en
el Bautismo del Jordán.
Al mismo tiempo, como anuncio
de la transfiguración de nuestra humanidad a semejanza de su cuerpo glorioso.
Tal como el Prefacio canta:
"Y manifestar que, en el cuerpo de la Iglesia entera, se cumplirá lo que,
de modo maravilloso, se realizó en su Cabeza".
Una vez más todas las
Iglesias celebran unánimemente esta fiesta y reencuentran, al menos en la
celebración litúrgica, la unidad.
Gozan de la Luz increada, el
Espíritu Santo, que se manifiesta en la luz resplandeciente y procedente del
interior del cuerpo del Señor, en la voz del Padre y en el testimonio de la Ley y los profetas.
El Padre revela al Hijo, y el
Hijo revela al Padre y sólo el Espíritu de ambos nos introduce en su misterio
de Amor y en la "luz tabórica".
La clave de interpretación es
siempre la misma: la Resurrección del Señor.
La profecía de Daniel abre la
proclamación de la Palabra de Dios.
Daniel contempla en visión el
advenimiento del "Hijo del hombre" desde Dios: se trata pues del
hombre que viene de Dios.
"Hijo del hombre"
es un título mesiánico: la exégesis muestra que esta expresión fue utilizada
por el mismo Jesús para designarse a sí mismo.
La comunidad cristiana leyó
el acontecimiento y la persona de Jesús a la luz de este texto de Daniel.
En la Transfiguración, prenda
de gloria, canta la Iglesia el Salmo 96: "El Señor reina, la tierra
goza".
En el Señor, se alegra la
tierra entera.
Y toda la naturaleza
participa en una alegría cósmica, ya que todo el universo va a ser bendecido
con el reinado del Señor.
En el Evangelio, en el relato
de la Transfiguración del Señor según Marcos, no sabremos nunca exactamente lo
que pasó en la montaña del Tabor, ya que la experiencia pertenece a lo
indecible.
Los discípulos, por un
instante, vislumbran la divinidad de Jesús.
Lo sucedido queda en la
memoria de la comunidad (2P 1,16-19) y es consignado en la Sinopsis.
Más que un relato, es un
icono que revela el misterio de Dios Trinidad.
El centro lo ocupa el Señor,
con la luz indescriptible que emana de sí mismo.
Marcos, con una imagen más
bien tosca, describe esta blancura resplandeciente diciendo: "como no
puede dejarlos ningún batanero del mundo".
Lo cristológico deviene
trinitario.
Se escucha la voz del Padre
invisible: "Tú eres mi Hijo", y la "nube" de la Presencia
se hace presente, el Espíritu Santo, cubriéndolo todo.
El Señor no está solo: a
ambos lados aparecen Elías, la profecía, y Moisés, la Ley, dialogando con Él.
Los dos profetas habían
subido a las montañas para recibir palabras de Dios, y su hablar con Jesús
indica que han llegado a la meta: Él es la plenitud de la revelación.
También están los tres
discípulos "dilectos del Señor" que, llenos de estupor, quedan como
si estuviesen delante de la zarza ardiendo.
Pedro, sin saber lo que se
decía, se complace en lo que ve y quiere que aquel momento de gloria se
convierta en perenne.
De manera repentina, la
inefable visión pasa, y ven a Jesús solo con su humanidad, con su rostro,
seguramente cansado.
Jesús les manda que no
expliquen lo sucedido hasta que el Hijo del Hombre resucite "de entre los muertos".
Es el "secreto
mesiánico".
Después de la Resurrección,
ellos deberán explicar la gloria del Señor resucitado, anticipada y
experimentada en la montaña del Tabor.
Declararán también que el
Señor, con su Transfiguración, confirmaba para ellos y para nosotros el camino
de la Cruz, del amor entregado.
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