La Virgen María, modelo de
la Iglesia en el culto divino
Catequesis de San Juan Pablo II
(10-IX-97)
1. En la exhortación
apostólica Marialis cultus el siervo de Dios Pablo VI, de venerada memoria,
presenta a la Virgen como modelo de la Iglesia en el ejercicio del culto. Esta
afirmación constituye casi un corolario de la verdad que indica en María el
paradigma del pueblo de Dios en el camino de la santidad: «La ejemplaridad de
la santísima Virgen en este campo dimana del hecho que ella es reconocida como
modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la
perfecta unión con Cristo, esto es, de aquella disposición interior con que la
Iglesia, Esposa amadísima, estrechamente asociada a su Señor, lo invoca y por
su medio rinde culto al Padre eterno» (n. 16).
2. Aquella que en la
Anunciación manifestó total disponibilidad al proyecto divino, representa para
todos los creyentes un modelo sublime de escucha y de docilidad a la palabra de
Dios.
Respondiendo al ángel:
«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), y declarándose dispuesta a cumplir
de modo perfecto la voluntad del Señor, María entra con razón en la
bienaventuranza proclamada por Jesús: «Dichosos (...) los que escuchan la
palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28).
Con esa actitud, que abarca
toda su existencia, la Virgen indica el camino maestro de la escucha de la
palabra del Señor, momento esencial del culto, que caracteriza a la liturgia
cristiana. Su ejemplo permite comprender que el culto no consiste ante todo en
expresar los pensamientos y los sentimientos del hombre, sino en ponerse a la
escucha de la palabra divina para conocerla, asimilarla y hacerla operativa en
la vida diaria.
3. Toda celebración
litúrgica es memorial del misterio de Cristo en su acción salvífica por toda la
humanidad, y quiere promover la participación personal de los fieles en el
misterio pascual expresado nuevamente y actualizado en los gestos y en las
palabras del rito.
María fue testigo de los
acontecimientos de la salvación en su desarrollo histórico, culminado en la muerte
y resurrección del Redentor, y guardó «todas estas cosas, y las meditaba en su
corazón» (Lc 2,19).
Ella no se limitaba a estar
presente en cada uno de los acontecimientos; trataba de captar su significado
profundo, adhiriéndose con toda su alma a cuanto se cumplía misteriosamente en
ellos.
Por tanto, María se
presenta como modelo supremo de participación personal en los misterios
divinos. Guía a la Iglesia en la meditación del misterio celebrado y en la
participación en el acontecimiento de salvación, promoviendo en los fieles el
deseo de una íntima comunión personal con Cristo, para cooperar con la entrega
de la propia vida a la salvación universal.
4. María constituye,
además, el modelo de la oración de la Iglesia. Con toda probabilidad, María
estaba recogida en oración cuando el ángel Gabriel entró en su casa de Nazaret
y la saludó. Este ambiente de oración sostuvo ciertamente a la Virgen en su
respuesta al ángel y en su generosa adhesión al misterio de la Encarnación.
En la escena de la
Anunciación, los artistas han representado casi siempre a María en actitud
orante. Recordemos, entre todos, al beato Angélico. De aquí proviene, para la
Iglesia y para todo creyente, la indicación de la atmósfera que debe reinar en
la celebración del culto.
Podemos añadir asimismo que
María representa para el pueblo de Dios el paradigma de toda expresión de su
vida de oración. En particular, enseña a los cristianos cómo dirigirse a Dios
para invocar su ayuda y su apoyo en las varias situaciones de la vida.
Su intercesión materna en
las bodas de Caná y su presencia en el cenáculo junto a los Apóstoles en
oración, en espera de Pentecostés, sugieren que la oración de petición es una
forma esencial de cooperación en el desarrollo de la obra salvífica en el
mundo. Siguiendo su modelo, la Iglesia aprende a ser audaz al pedir, a
perseverar en su intercesión y, sobre todo, a implorar el don del Espíritu
Santo (cf. Lc 11,13).
5. La Virgen constituye
también para la Iglesia el modelo de la participación generosa en el sacrificio.
En la presentación de Jesús
en el templo y, sobre todo, al pie de la cruz, María realiza la entrega de sí,
que la asocia como Madre al sufrimiento y a las pruebas de su Hijo. Así, tanto
en la vida diaria como en la celebración eucarística, la «Virgen oferente»
(Marialis cultus, 20) anima a los cristianos a «ofrecer sacrificios
espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2,5).
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