La Virgen María, modelo de
la santidad de la Iglesia
Catequesis de San Juan Pablo II
(3-IX-97)
1. En la carta a los
Efesios san Pablo explica la relación esponsal que existe entre Cristo y la Iglesia
con las siguientes palabras: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo
por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud
de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha
ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5,25-27).
El concilio Vaticano II
recoge las afirmaciones del Apóstol y recuerda que «la Iglesia en la santísima
Virgen llegó ya a la perfección», mientras que «los creyentes se esfuerzan
todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad» (Lumen gentium, 65).
Así se subraya la
diferencia que existe entre los creyentes y María, a pesar de que tanto ella
como ellos pertenecen a la Iglesia santa, que Cristo hizo «sin mancha ni
arruga». En efecto, mientras los creyentes reciben la santidad por medio del
bautismo, María fue preservada de toda mancha de pecado original y redimida
anticipadamente por Cristo. Además, los creyentes, a pesar de estar libres «de
la ley del pecado» (Rm 8,2), pueden aún caer en la tentación, y la fragilidad
humana se sigue manifestando en su vida. «Todos caemos muchas veces», afirma la
carta de Santiago (St 3,2). Por esto, el concilio de Trento enseña: «Nadie
puede en su vida entera evitar todos los pecados, aun los veniales» (DS 1.573).
Con todo, la Virgen inmaculada, por privilegio divino, como recuerda el mismo
Concilio, constituye una excepción a esa regla (cf. ib.).
2. A pesar de los pecados
de sus miembros, la Iglesia es, ante todo, la comunidad de los que están
llamados a la santidad y se esfuerzan cada día por alcanzarla.
En este arduo camino hacia
la perfección, se sienten estimulados por la Virgen, que es «modelo de todas
las virtudes». El Concilio afirma que «la Iglesia, meditando sobre ella con
amor y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración, penetra
más íntimamente en el misterio supremo de la Encarnación y se identifica cada
vez más con su Esposo» (Lumen gentium, 65).
Así pues, la Iglesia
contempla a María. No sólo se fija en el don maravilloso de su plenitud de
gracia, sino que también se esfuerza por imitar la perfección que en ella es
fruto de la plena adhesión al mandato de Cristo: «Sed, pues, perfectos como es
perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). María es la toda santa. Representa
para la comunidad de los creyentes el modelo de la santidad auténtica, que se
realiza en la unión con Cristo. La vida terrena de la Madre de Dios se
caracteriza por una perfecta sintonía con la persona de su Hijo y por una
entrega total a la obra redentora que él realizó.
La Iglesia, reflexionando
en la intimidad materna que se estableció en el silencio de la vida de Nazaret
y se perfeccionó en la hora del sacrificio, se esfuerza por imitarla en su
camino diario. De este modo, se conforma cada vez más a su Esposo. Unida, como
María, a la cruz del Redentor, la Iglesia, a través de las dificultades, las
contradicciones y las persecuciones que renuevan en su vida el misterio de la
pasión de su Señor, busca constantemente la plena configuración con él.
3. La Iglesia vive de fe,
reconociendo en «la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron
dichas de parte del Señor» (Lc 1,45), la expresión primera y perfecta de su fe.
En este itinerario de confiado abandono en el Señor, la Virgen precede a los
discípulos, aceptando la Palabra divina en un continuo «crescendo», que abarca
todas las etapas de su vida y se extiende también a la misión de la Iglesia.
Su ejemplo anima al pueblo
de Dios a practicar su fe, y a profundizar y desarrollar su contenido,
conservando y meditando en su corazón los acontecimientos de la salvación.
María se convierte,
asimismo, en modelo de esperanza para la Iglesia. Al escuchar el mensaje del
ángel, la Virgen orienta primeramente su esperanza hacia el Reino sin fin, que
Jesús fue enviado a establecer.
La Virgen permanece firme
al pie de la cruz de su Hijo, a la espera de la realización de la promesa
divina. Después de Pentecostés, la Madre de Jesús sostiene la esperanza de la
Iglesia, amenazada por las persecuciones. Ella es, por consiguiente, para la
comunidad de los creyentes y para cada uno de los cristianos la Madre de la
esperanza, que estimula y guía a sus hijos a la espera del Reino,
sosteniéndolos en las pruebas diarias y en medio de las vicisitudes, algunas
trágicas, de la historia.
En María, por último, la
Iglesia reconoce el modelo de su caridad. Contemplando la situación de la
primera comunidad cristiana, descubrimos que la unanimidad de los corazones,
que se manifestó en la espera de Pentecostés, está asociada a la presencia de
la Virgen santísima (cf. Hch 1,14). Precisamente gracias a la caridad
irradiante de María es posible conservar en todo tiempo dentro de la Iglesia la
concordia y el amor fraterno.
4. El Concilio subraya
expresamente el papel ejemplar que desempeña María con respecto a la Iglesia en
su misión apostólica, con las siguientes palabras: «En su acción apostólica, la
Iglesia con razón mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido del
Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que por medio de la Iglesia nazca y
crezca también en el corazón de los creyentes. La Virgen fue en su vida ejemplo
de aquel amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la misión
apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva» (Lumen
gentium, 65).
Después de cooperar en la
obra de la salvación con su maternidad, con su asociación al sacrificio de
Cristo y con su ayuda materna a la Iglesia que nacía, María sigue sosteniendo a
la comunidad cristiana y a todos los creyentes en su generoso compromiso de
anunciar el Evangelio.
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