Pasada la octava de Pascua
continúa el "gran Domingo" de la Cincuentena Pascual, que conviene
que se diferencie de todos los otros ciclos por su carácter extraordinario y
por el conjunto de sus signos festivos.
Los cincuenta días se
celebrarán y se han de vivir (también en cuanto a los signos litúrgicos) como
un solo Domingo prolongado.
Este "gran
Domingo" constituye como una invitación a intensificar la vivencia de la
originalidad radical del cristianismo como Evangelio o buena noticia festiva de
la Resurrección que esperamos y pregus, tamos anticipadamente en estos días.
Para significar la novedad
de la vida cristiana, durante estos días, en la Misa, se suprimen las lecturas
del Antiguo Testamento, que son sólo figura y profecía de lo que Cristo, con su
Resurrección, ya ha realizado.
Los cincuenta días de
Pascua constituyen, pues, una única fiesta que celebra la presencia del
Espíritu que resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros; la última
semana, entre la Ascensión y Pentecostés, se distingue un poco e intensifica
las alusiones al Espíritu Santo, pero está muy lejos de constituir un ciclo
diverso (un tiempo de la Ascensión como se llamaba antes); la presencia del
Espíritu Santo es propia de toda la Cincuentena, no sólo de sus últimas ferias.
SAN
MARCOS, evangelista
Celebramos con gozo al
apóstol y evangelista san Marcos.
Algunos creen que es el
joven que huyó desnudo del huerto de los Olivos cuando prendieron a Jesús, y
que se identifica con el Juan Marcos del libro de los Hechos (Hch 12, 12-27).
Es testimonio de la Iglesia
naciente, compañero de Pablo en el segundo viaje apostólico.
Lleno de ternura, el mismo
Apóstol escribe a Timoteo: "Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es
útil para el ministerio" (2Tm 4,11).
También es colaborador de
Pedro en Roma: "La iglesia que está en Babilonia (Roma), a la cual Dios ha
escogido lo mismo que a vosotros, os manda saludos, y también mi hijo
Marcos" (1P 5,13).
La tradición le conoce como
"intérprete de Pedro" (Petri interpretes) y autor del segundo
Evangelio.
La tradición antigua afirma
que, tras la muerte de los apóstoles, partió de Roma, y puso los cimientos de
la Iglesia de Alejandría, que custodia su memoria y venera el lugar de su martirio.
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