ORACIÓN
DOMINICAL EN FAMILIA
A causa de la restricción
por la pandemia Covid-19 para III domingo de Pascua
III
DOMINGO DE PASCUA
26
de abril de 2020
«Lo
reconocieron al partir el pan»
En familia
preparamos el lugar de la oración: un cirio, un trozo de pan y un poco de vino
y una Biblia abierta en el pasaje de Emaús (Lc 24, 13-35)
Como preparación,
contemplando los signos que hemos dispuesto, podemos cantar juntos Quédate con
nosotros la tarde está cayendo (J. A. Espinosa)
Guía: En
el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Todos:
Amén.
Guía:
Jesucristo resucitado se hace presente verdaderamente entre nosotros; está hoy
en esta pequeña comunidad doméstica que es la familia. Lo reconocemos en
nosotros mismos, en su palabra que alienta e ilumina el momento que estamos
viviendo en el mundo y en la Iglesia, en tantas personas que se entregan en
ayuda y servicio generoso a favor de los enfermos, de los pobres, de las
personas que viven solas.
Guía: Al
comenzar la oración de este domingo, recitamos todos juntos este salmo 27 (26)
que nos ayuda a acrecentar nuestra confianza en Dios en este momento que estamos
viviendo.
Otra posibilidad sería
recitarlo a dos coros o una estrofa cada miembro de la familia, o convertir la
primera frase del salmo («El Señor es mi luz y mi salvación») en responsorio a
cada una de las estrofas.
Todos:
El
Señor es mi luz y mi salvación,
¿a
quién temeré?
El
Señor es la defensa de mi vida,
¿quién
me hará temblar?
Cuando
me asaltan los malvados
para
devorar mi carne,
ellos,
enemigos y adversarios,
tropiezan
y caen.
Si
un ejército acampa contra mí,
mi
corazón no tiembla;
si
me declaran la guerra,
me
siento tranquilo.
Una
cosa pido al Señor,
eso
buscaré:
habitar
en la casa del Señor
por
los días de mi vida;
gozar
de la dulzura del Señor,
contemplando
su templo.
Él
me protegerá en su tienda
el
día del peligro;
me
esconderá en lo escondido de su morada,
me
alzará sobre la roca.
Y
así levantaré la cabeza
sobre
el enemigo que me cerca;
en
su tienda sacrificaré
sacrificios
de aclamación:
cantaré
y tocaré para el Señor.
Escúchame,
Señor,
que
te llamo;
ten
piedad, respóndeme.
Oigo
en mi corazón:
«Buscad
mi rostro».
Tu
rostro buscaré, Señor.
No
me escondas tu rostro.
No
rechaces con ira a tu siervo,
que
tú eres mi auxilio;
no
me deseches, no me abandones,
Dios
de mi salvación.
Si
mi padre y mi madre me abandonan,
el
Señor me recogerá.
Señor,
enséñame tu camino,
guíame
por la senda llana,
porque
tengo enemigos.
No
me entregues a la saña de mi adversario,
porque
se levantan contra mí testigos falsos,
que
respiran violencia.
Espero
gozar de la dicha del Señor
en
el país de la vida.
Espera
en el Señor, sé valiente,
ten
ánimo, espera en el Señor.
Guía: Escuchemos ahora con fe la Palabra de Dios
que nos muestra una de las apariciones de Cristo resucitado con dos de sus
discípulos.
Lector: Del Evangelio según
san Lucas (24, 13-35)
Aquel mismo día (el primero
de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea
llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando
entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían,
Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran
capaces de reconocerlo.
Él les dijo: «¿Qué
conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con
aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres
tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos
días?».
Él les dijo: «¿Qué?».
Ellos le contestaron: «Lo
de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante
Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros
jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos
que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día
desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han
sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo
encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición
de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al
sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo
vieron».
Entonces él les dijo: «¡Qué
necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario
que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y
siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas
las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea
a donde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron,
diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con
ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo
partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al
otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos
explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel
momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con
sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se
ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les
había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
Todos:
Gloria a ti, Señor Jesús.
Después de leer
el evangelio se hace un tiempo de silencio. Según las circunstancias, el padre
o la madre pueden explicar el evangelio a los hijos a modo de catequesis,
especialmente si hay niños pequeños, o bien cada miembro de la familia puede expresar
libremente en voz alta lo que más le ha llamado la atención de la lectura.
Padre o madre
(sugerencia de catequesis)
-
Este texto describe el nacimiento a la fe y
a la misión de los dos de Emaús: se les abrieron los ojos, lo reconocieron al
partir el pan, y volvieron a contar a sus compañeros la buena noticia.
Caminaron con Jesús, pero su mirada distraída y superficial no supo ver el
misterio profundo que habitaba en su vida. Tú y yo sabemos el credo de memoria,
vamos a misa… pero ¿comprendemos a Jesús y tenemos experiencia de su compañía?
-
Al atardecer Jesús se aparece a los dos de
Emaús. Huyen, están decepcionados por la muerte de Jesús, su vida está oscura.
Nosotros estamos viviendo en este momento tiempos difíciles: el dolor que
provoca la pandemia y el cansancio del confinamiento pueden producir en
nosotros también desencanto. En esta situación, podemos ver cuestionada la fe
en Jesús Resucitado: ¿Por qué esta sombra en la vida de las personas? ¿Hemos
experimentado el cansancio, la decepción? ¿No necesitaremos también nosotros
ser encontrados por Jesús para recuperar la esperanza y el sentido?
-
Los discípulos escuchan a Jesús que les
explica las Escrituras y al escucharlo «arde su corazón», y lo reconocen «al
partir el pan». Llevamos tiempo sin participar comunitariamente en la mesa de
la Eucaristía, ¿Echamos de menos este encuentro comunitario con Jesús? ¿Soy
consciente de que quién lo escucha y comparte su pan encuentra un proyecto de
felicidad? ¿Descubro en los acontecimientos que estamos viviendo ahora la
presencia del Señor que camina con nosotros? ¿Será verdad lo que dice el Papa
Francisco «con Jesús siempre nace y renace la alegría» (EG 1)?
También se puede
leer personalmente o en voz alta la siguiente meditación:
Lector:
La fe pascual tiene su
origen en la acción de la gracia divina en los corazones de los creyentes y en
la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado (cf. Catecismo 644).
Es el Señor quien se acerca a los discípulos que se dirigían a Emaús, se pone a
caminar con ellos y, finalmente, despierta su fe (cf. Lc 24,13-35).
No había bastado con ver
morir a Jesús para creer en él como Mesías e Hijo de Dios. Es verdad que se
había mostrado como «un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante
todo el pueblo», pero esa esperanza parecía quedar definitivamente defraudada
por la muerte. «¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a
una causa considerada justa y han muerto! Y han permanecido muertos», comenta
Benedicto XVI.
La Resurrección es la
prueba segura que demuestra la identidad y la misión de Jesús. Sí, él es el
Hijo de Dios, vencedor de la muerte. Él es el Salvador del mundo, que puede
darnos la vida verdadera. Es esta certeza la que mueve el testimonio de la
Iglesia desde sus orígenes: «matasteis al autor de la vida, pero Dios lo
resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos», proclama San Pedro
(cf. Hch 3,15).
El Señor escucha a los
caminantes de Emaús que, decepcionados, no acaban de creer los rumores que
hablaban de que Cristo estaba vivo, pues su sepulcro había sido encontrado
vacío. Con gran paciencia, el Señor «les explicó lo que se refería a él en toda
la Escritura». La Resurrección es el cumplimiento de las promesas del Antiguo
Testamento, la realización de esas predicciones.
Pero será el gesto de
partir el pan lo que abra los ojos de estos discípulos para así reconocer a
Jesús. San Agustín comenta que «cuando se participa de su Cuerpo desaparece el
obstáculo que opone el enemigo para que no se pueda conocer a Jesucristo».
La Eucaristía –aunque no
podamos participar plenamente en ella en estos días de confinamiento –es la
verdadera escuela que nos permite adentrarnos en el conocimiento del Resucitado,
en la comunión con él.
El encuentro con el Señor
transforma completamente a aquellos discípulos: «levantándose al momento, se
volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus
compañeros». La fe en el Resucitado les empuja hacia la Iglesia y los lleva al
testimonio. Como afirma el papa Benedicto: «En efecto, si falla en la Iglesia
la
fe en la Resurrección, todo
se paraliza, todo se derrumba. Por el contrario, la adhesión de corazón y mente
a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las
personas y de los pueblos».
Nosotros, a diferencia de
los caminantes de Emaús, no hemos visto a Jesús Resucitado. Nuestra fe se
fundamenta en el testimonio de quienes sí lo vieron. Pero, al igual que los de
Emaús, podemos encontrarnos cada domingo, incluso cada día, con el Señor. Él
viene también a nuestro encuentro, enciende nuestro corazón con el fuego de su
palabra y parte para nosotros el pan de la Eucaristía, anhelado en la comunión
espiritual.
El Señor nos dice que
«quien coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51).
Cristo nos alimenta
uniéndonos a él, haciéndonos partícipes, ya aquí en la tierra, de su vida
gloriosa. Cada vez que se celebra la Santa Misa, decía San Ignacio de
Antioquía, «partimos un mismo pan […] que es remedio de inmortalidad, antídoto
para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre».
(Comentario de D. Guillermo
Juan Morado, pbro.)
Guía: Oremos al Señor,
nuestro Dios. En él ponemos nuestra esperanza.
Todos: R.
Te rogamos, óyenos.
Lector:
– Por la Iglesia, para que,
caminando al paso de la humanidad, sepa llevar a todos la esperanza gozosa de
la resurrección en Cristo. Roguemos al Señor.
– Por los que viven sin fe,
los que caminan sin esperanza, decepcionados, como los dos de Emaús, para que
el Señor Jesús camine junto a ellos, abra sus ojos y encienda sus corazones.
Roguemos al Señor.
– Por todos los afectados
más directamente en la crisis que estamos sufriendo, para que el Señor acoja en
su Reino a los fallecidos y consuele a sus familiares, fortalezca a los
enfermos y proteja a los que el posible contagio pueda agravar especialmente su
salud. Roguemos al Señor.
– Por los jóvenes, para que
respondan con generosidad a la llamada de servir a la Iglesia desde el
ministerio sacerdotal, presidiendo la celebración de la Eucaristía que hace
presente al Señor entre nosotros. Roguemos al Señor.
– Por nosotros, reunidos en
familia como Iglesia doméstica, para que seamos capaces de reconocer a Cristo
en el prójimo que camina a nuestro lado, en la sagrada Escritura y en la comida
eucarística, al partir el pan. Roguemos al Señor.
Guía:
Llenos de confianza en Cristo resucitado, que acompaña nuestro caminar de cada día,
oremos juntos como él mismo nos ha enseñado.
Todos:
Padre nuestro…
Guía:
Ahora aclamamos a Cristo, que es nuestra fortaleza, y démosle gracias: Tú sales
a nuestro encuentro en el caminar de la vida:
Todos: Te
damos gracias, Señor.
Guía: Tú
nos iluminas con la Palabra de las Sagradas Escrituras:
Todos: Te
damos gracias, Señor.
Guía: Tú
nos reúnes en comunidad en torno a ti, presente entre nosotros:
Todos: Te
damos gracias, Señor.
Guía:
Concluimos nuestra oración haciendo nuestra la oración del papa Francisco,
pidiendo el fin de la pandemia y la fortaleza del Espíritu: Oh, María, tú
resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza.
A
ti nos encomendamos, Salud de los enfermos,
que
al pie de la cruz fuiste asociada al dolor de Jesús,
manteniendo
firme tu fe.
Tú,
Salvación del pueblo,
sabes
lo que necesitamos
y
estamos seguros de que lo concederás
para
que, como en Caná de Galilea,
vuelvan
la alegría y la fiesta
después
de esta prueba.
Ayúdanos,
Madre del Divino Amor,
a
conformarnos a la voluntad del Padre
y
hacer lo que Jesús nos dirá,
él
que tomó nuestro sufrimiento sobre sí mismo
y
se cargó de nuestros dolores
para
guiarnos a través de la cruz,
a
la alegría de la resurrección.
Bajo
tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios;
no
deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades;
antes
bien, líbranos siempre de todo peligro,
oh,
Virgen gloriosa y bendita.
Subsidio "orar en familia" que hemos preparado en el
secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia para el III domingo de Pascua
ante la imposibilidad de la reunión en los templos para la celebración
dominical. Puedes darle difusión como consideres oportuno.
Luis García Gutiérrez
Director del
Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia
de la Conferencia
Episcopal Española
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