Una de las
tradiciones más comunes en España es recibir felicitaciones de todo el mundo no
solo el día del cumpleaños, sino también el del día que uno celebra su santo.
La fiesta
onomástica (la de celebración anual del propio nombre) es común a casi todas
las culturas por una razón muy simple, y es que el nombre era la materia prima
de la celebración del cumpleaños; es decir que si el cumpleaños aportaba la
fecha, el nombre aportaba el contenido de la celebración.
Con el paso de
los siglos, esta costumbre se cristianizó, celebrando la onomástica en el día
de la fiesta del santo con el mismo nombre, aunque no coincidiera con la fecha
de nacimiento.
Actualmente se
suele escoger el nombre del recién nacido por preferencia, aunque, a veces,
también se escoge el nombre de algún santo esperando la protección a nuestro
hijo en su vida futura. También es frecuente
poner a nuestros hijos el mismo nombre del padre, de la madre, de los abuelos o algún familiar
querido.
En cualquier
caso, la Iglesia, al canonizar a miles de mártires y santos, lo ha hecho con la
finalidad de proporcionarnos modelos de las muchas y diferentes maneras de
seguir e imitar a Jesucristo.
Los santos
interceden por nosotros a través y por los méritos de Jesucristo, efectivamente
el único mediador. Los santos pueden interceder por nosotros precisamente por
su unión con Cristo.
Todo eso son
actos de amor y veneración, no de adoración; o en todo caso, una veneración que
es compatible con la adoración a Dios porque no le sustituye, como es el caso
de la idolatría.
Así de sencillo;
cuando un católico realiza un acto de veneración respetuosa ante una imagen de
un santo o de la Virgen, lo está haciendo a quien esa imagen representa.
La tradición
cristiana también ha ido nombrando a santas y santos como patronos de pueblos,
ciudades, naciones, gremios, profesiones, buscando su protección.

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