Comienza el Tiempo Pascual,
los cincuenta días que van desde el Domingo de Resurrección hasta el Domingo de
Pentecostés, que “se han de
celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día
festivo, como un gran domingo” (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).
¡Feliz Pascua!
Pascua de Cristo y Pascua
de la Iglesia
Por Luis García
Gutiérrez
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia
En la celebración de la
Vigilia Pascual, iluminados por la luz que destella en el Cirio Pascual,
símbolo de Cristo victorioso, los cristianos escuchamos el solemne anuncio de
la resurrección: «estas son las fiestas de la Pascua, en las que se inmola
el verdadero Cordero». En esa noche los creyentes no sólo recuerdan el
supremo acontecimiento de Cristo levantado del sepulcro, sino que, por la
fuerza salvadora de la Pascua, actuada en los sacramentos, se insertan en ese
mismo movimiento de muerte y resurrección. La Pascua del Señor se hace así
contemporánea a cada momento histórico y a cada fiel por virtud de los signos
sacramentales y bajo el régimen de la vida litúrgica de la Iglesia, hasta tal
punto de poder afirmar con el Pregón Pascual: «¡ésta es la noche!». Con
esta celebración tan expresiva, neófitos y bautizados anteriormente, comienzan
juntos la andadura por una cincuentena de jornadas que se celebra como un único
día de fiesta. En este tiempo irá desgranándose la inmensa riqueza que encierra
la Pascua: pascua de Cristo, pascua de la Iglesia, pascua de la esperanza y
pascua del Espíritu; este tiempo es el «gran domingo», el espacio de
inmenso gozo que conmemora la resurrección del Señor, su ascensión junto al
Padre, el don del Espíritu Santo a su Iglesia y la espera dichosa de su
regreso, episodios e ideas que van sucediéndose espaciadamente con el fin de
facilitar su vivencia y celebración.
Si la comunidad cristiana
ha puesto un gran empeño en su preparación para el Triduo Pascual en la
Cuaresma y ha celebrado con gozo los días centrales del año litúrgico, no
debería ahora caer en la tentación de disminuir su intensidad espiritual. Es
cierto que no es un tiempo «preparatorio para…», que estamos llegando al
final del curso con justificado cansancio, que no existe tradición de una «espiritualidad
pascual»… pero todo ello no debe ser excusa para no festejar, como
corresponde, estos días en honor a Cristo Resucitado.
Cristo asciende victorioso
del abismo
El contenido de fe que se
subraya en primer lugar durante la cincuentena pascual es cristológico, como no
puede ser de otro modo. Los evangelios que se proclaman en la Misa durante toda
la octava de Pascua, anuncian la verdad del hecho de la resurrección: anuncio a
las mujeres, descubrimiento de Pedro y «el otro discípulo» del sepulcro
vacío, anuncio de las mujeres a los apóstoles, conspiración de los judíos para
el falso robo del cuerpo de Jesús y, finalmente, las apariciones del Resucitado
a María, a los discípulos de Emaús, a todos los discípulos, a María Magdalena y
a Tomás.
Al Señor, inocente
ajusticiado, el Padre le ha hecho justicia y su vuelta a la vida no es fruto
del deseo frustrado de venganza en sus seguidores sino un acontecimiento que ha
tenido lugar en el tiempo y que, al mismo tiempo, lo supera, porque la victoria
de Cristo implica a toda la humanidad.
En este sentido, la rica
eucología del Misal muestra la resurrección de Cristo no sólo como una
rehabilitación «sociológica» de hombre bueno que tuvo que sufrir mucho
por la injusticia del hombre desagradecido, sino que presenta plásticamente la
dimensión teológica del hecho: Cristo es el «verdadero Cordero». Con
esta expresión, de tan rica resonancia veterotestamentaria, hace ver la Pascua
de Cristo como el cumplimiento y la perfección de las promesas dirigidas a los
antepasados y la superación de todo culto y de toda vida que no tenga su
centralidad en él y en su misterio pascual. El definitivo Cordero es ahora «al
mismo tiempo, sacerdote, altar y víctima» (cf. prefacio pascual V) y, por
él, con él y en él, todo hombre está llamado a reproducir su misma oblación
existencial de la vida.
Alégrese también nuestra
madre la Iglesia
En la Pascua nace la
Iglesia con un doble sentido: en ella tiene su origen histórico y el tiempo
pascual es por excelencia el tiempo de los sacramentos de la Iniciación
Cristiana. Se produce así una actualización, repetida todos los años, de lo que
aconteció en los primeros tiempos evangelizadores de la Iglesia. Así como la predicación
de los apóstoles suscitó la fe y muchos recibieron el bautismo y del Espíritu
Santo, quienes aceptan ahora a Jesucristo, encuentran en el tiempo de pascua el
espacio adecuado para dar comienzo o completar su Iniciación. No en vano, es el
tiempo de la mistagogía para los bautizados en la Noche Santa y el momento más
oportuno para que los niños reciban su Primera Comunión y celebren la
Confirmación.
En este sentido, la Octava
de Pascua constituye históricamente una unidad bien definida; en ella se daba
por concluida la acción de la Iglesia sobre los neófitos. En Roma, éstos
frecuentaban la asamblea eucarística durante los ocho días hasta el sábado de
la octava en que deponían las túnicas blancas que habían recibido en la Vigilia
Pascual. Por su parte, en Jerusalén era el tiempo dedicado a la mistagogía: la
explicación de los ritos celebrados en la Vigilia tenía lugar una vez que
habían sido iniciados, no antes, cumpliendo así la ley del arcano. Con estos
dos preciosos testimonios puede comprobarse la importancia que la Iglesia
concedía al grupo de los neófitos en sus primeros días de vida eclesial y cómo
se realizaba la conclusión de su iniciación. Prueba de ello son las referencias
constantes que hoy encontramos durante la octava en las oraciones del Misal y
la recomendación, donde hay neófitos, de hacer memoria en la plegaria
eucarística de los que han recibido el bautismo.
No obstante estas
precisiones históricas y geográficas, todo el tiempo pascual es considerado hoy
como tiempo de la mistagogía y el tiempo de los sacramentos de la Iniciación
Cristiana, especialmente Primera Comunión y Confirmación.
Al mismo tiempo, todos los
creyentes «renacen» espiritualmente con la celebración anual de la Pascua
porque Cristo les hace partícipes de la nueva vida, una vida centrada en Dios y
obediente a él, purificada del pecado y del temor de la muerte, y que se
alimenta con la palabra de Dios y con los sacramentos. La Pascua de
Cristo, por lo tanto, es la Pascua de quienes están unidos a él, «porque,
demolida nuestra antigua miseria, fue reconstruido cuanto estaba derrumbado y
renovada en plenitud nuestra vida en Cristo» (prefacio pascual IV). Así, la
Iglesia se comprende como el germen de la nueva humanidad redimida, presencia
del mismo Cristo y su perpetuación en el mundo.
Todos estos aspectos,
eclesialmente tan ricos, se describen maravillosamente en la liturgia
eucarística ferial y dominical con la proclamación del libro de los Hechos de
los Apóstoles, que tiene durante el tiempo pascual su lugar propio en la
primera lectura desplazando al Antiguo Testamento.
Arriba están vuestros
nombres
A los cuarenta días de la
Pascua, siguiendo la cronología de San Lucas, Cristo sube junto al Padre. Este
plazo se cumple el jueves de la VI semana; sin embargo, la celebración de la
Ascensión se traslada en la actualidad al domingo siguiente para facilitar la
participación en la Misa. La ascensión supone el complemento necesario a la
Resurrección, cerrando así el círculo que comenzó en la Encarnación y que
Cristo mismo describe en sus palabras: «salí del Padre y he venido al mundo,
otra vez dejo el mundo y me voy al Padre» (Jn 16, 28). La liturgia del día
presenta el evento de la Ascensión con una triple perspectiva: la ascensión es
motivo de esperanza y certeza de seguir el mismo camino del Señor; no es
ruptura en cuando a su presencia en medio de los suyos; es la promesa de su
retorno glorioso. Dicho con otras palabras: el que subió, sigue estando y
volverá.
A partir de esta
celebración, la liturgia comienza a destacar un aspecto que, por ser el último
que destacamos, no es el menos importante: la presencia y acción de Cristo por
medio de su Espíritu. Tendremos ocasión de abundar en ello más detenidamente en
la próxima colaboración. Baste decir ahora que durante la séptima semana, el
centro de atención de la Iglesia puede sustanciarse con estas palabras: «(Jesucristo)
habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo…nos invita a la
plegaria unánime, a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo
Pentecostés» (prefacio para después de la Ascensión).
Los signos de la Piedad
Popular
No deberíamos descuidar las
manifestaciones de la Piedad Popular durante este tiempo pascual. La riqueza de
la historia de la Iglesia –remota y reciente– nos ha dejado preciosos signos de
vida cristiana y devoción en torno al misterio pascual. Entre las principales
manifestaciones destacan: el encuentro del Resucitado con la Madre, la
bendición de la mesa familiar el día de Pascua, el saludo pascual a la Virgen
María –Regina caeli–, la bendición de las familias en sus casas,
el Via Lucis, la devoción a la Divina Misericordia y la novena de
Pentecostés. Potenciar estas expresiones de devoción, armonizadas con la vida
litúrgica, ayudará a que todos descubramos con más intensidad la riqueza e
importancia del gozoso tiempo pascual.

No hay comentarios:
Publicar un comentario