Es decisivo seguir la proclamación de la Palabra de Dios en el ciclo dominical.
El ciclo A es siempre paradigmático, debe utilizarse
siempre que en la comunidad haya catecúmenos.
Es tan importante este ciclo A que en los años B y C
los textos propuestos quedan como lecturas opcionales para cualquier día de la
semana.
El nuevo Leccionario, en la disposición de las
lecturas, destaca perfectamente su importancia.
En la forma en que la Santa Iglesia lee la Escritura
encontramos siempre círculos cada vez más convergentes y concéntricos alrededor
de Cristo Resucitado.
Todo lo que se da como "en parte" en la
Liturgia de la Palabra cuaresmal se apiña en la Liturgia de la Palabra de la
Vigilia Pascual: entonces se proclama el Evangelio de todos los Evangelios, el
anuncio de la Resurrección de nuestro Señor.
Allí toda la Escritura se entrega como un
"todo", puesto que todo se refería a Él.
En la catequesis de Emaús el Señor dice a los
peregrinos: "Había de cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en
la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos" (Lc 24, 44).
El ciclo B acude tres veces al Evangelio joánico
para la elección de las perícopas evangélicas.
Marcos se lee el I y el II Domingo.
Los Domingos restantes, el Evangelio es según san
Juan.
Con ello se centra más la temática cuaresmal en
torno a la persona de Cristo y la identificación del cristiano con su Maestro.
I Domingo: El cristiano debe identificarse con
Cristo que va al desierto para ser tentado, y escuchar la invitación a la
conversión; debe subir al monte para recibir la confirmación del Padre y la
presencia del Espíritu Santo en su misión: II Domingo.
Debe participar en el culto de la Nueva alianza,
puesto que el antiguo culto fue abolido con la purificación del templo: III
Domingo.
Debe elevar sus ojos hacia la Cruz, donde el Hijo
del hombre será levantado, para tener vida eterna: IV Domingo.
Finalmente, debe participar de la condición del
grano de trigo que a semblanza de Señor muere para dar fruto: V Domingo.
El ciclo de las lecturas en el año B realmente es
precioso y cristiforme.
Las primeras lecturas, con su correspondiente Salmo
responsorial, y acompañadas de la lectura apostólica, reproducen el esquema
típicamente cuaresmal de las alianzas de Dios en la creación y en la historia
de Israel: ciclo de los patriarcas, ciclo de Moisés y del Éxodo, ciclo de David
y la promesa davídica y, finalmente, ciclo del exilio y retorno del exilio.
En el I Domingo, la alianza de la creación, que
evoca el nuevo diluvio de salvación y debe leerse con la Profecía V de la
Vigilia pascual, el oráculo de Isaías: "Con amor eterno te quiere el
Señor"
El apóstol Pedro explica la tipología del diluvio en
el Nuevo Testamento como figura del Bautismo.
En el II Domingo, el sacrificio de Abraham, como
profecía del Hijo amado del Padre.
La misma lectura se repite en la Vigilia pascual y
es comentada en la carta a los Romanos: "Dios no se reservó a su propio
Hijo".
En el III Domingo, la proclamación de las Diez
Palabras, los mandamientos de Dios, se completa con Aquel que es la fuerza de
Dios y la sabiduría de Dios, segunda lectura, y se relaciona con la profecía de
Baruc de la Vigilia pascual.
En el IV Domingo, la ira y la misericordia de Dios
se manifiestan en el exilio y en la liberación de Israel.
Momentos que evoca la profecía de Ezequiel en la
Vigilia pascual: el Señor reúne a su pueblo y derrama sobre él agua pura y crea
un corazón nuevo.
San Pablo enseña que "muertos por el pecado
somos salvados por pura gracia".
El Salmo "Super flumina Babylonis" es el
canto de la Iglesia que, lejos del Señor, en tierra de exilio, canta la nueva
Jerusalén.
En el V Domingo, la promesa de una alianza nueva,
cuando el Señor, después de aquellos días, perdone los pecados del pueblo y
escriba su ley en sus corazones y sean todos colmados de su conocimiento, de
manera que no tendrán que ir por allí y por allá diciendo: "Conoced al
Señor".
Evoca la profecía de Isaías, quinta lectura, de la
Vigilia pascual: "Sellaré con vosotros una alianza perpetua".
Todo estaba orientado a la Resurrección de Cristo, y
todo recibe luz, incluso lo que en el Antiguo Testamento estaba fragmentado y
sin sentido, desde la Resurrección de Nuestro Señor.
Él lleva a su consumación todas las alianzas, pero
todo vuelve a empezar con Él, en una Alianza Nueva y Eterna.
También universal.
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