PÁGINA PRINCIPAL

martes, 16 de marzo de 2021

IV SEMANA DE CUARESMA

 LUNES 


En la cuarta semana de Cuaresma comienza la lectura semicontinua del Evangelio de Juan.

En Caná de Galilea, “donde había convertido el agua en vino”, realiza el “segundo signo” a la hora séptima.

En el IV Evangelio, Jesús realiza siete “signos”; el séptimo será la resurrección de Lázaro, pero el último y perenne será la gloria de su Resurrección.

Este ya pertenece al tiempo de Dios, “el octavo día”.

No debemos creer sólo por los milagros, “signos” y los “prodigios”, sino por el amor que el Señor revela.

Como afirmó Hans Urs Von Balthasar: “Sólo el amor es digno de fe” “Glaubhaft ist nur Liebe”.

Se manifiesta así la nueva creación cantada por Isaías en la primera lectura.

El niño hijo del funcionario real, curado por Jesús, da cumplimiento a las palabras de Isaías de la primera lectura: “Me alegraré por Jerusalén, ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido; ya no habrá allí niño que dure pocos días”.


MARTES 


Las lecturas de hoy son ocasión para una  bellísima  catequesis bautismal.

La grandiosa profecía de Ezequiel se cumple en el don que brota del costado abierto de Jesús, clavado en la Cruz,  Él es el verdadero templo que deviene una corriente de gracia que fluye en la Iglesia; donde la gracia llega todo crece, e incluso “sanea” lo que estaba muerto.

La piscina de Bet-Zata, la Probática, no lejos de la puerta de las Ovejas, figura la piscina bautismal y la nueva regeneración.

El Bautismo es el perdón de los pecados y no hay nada peor que quedarse en el pecado.

El Bautismo pertenece ya a la nueva creación, en el misterio de aquel que es “Señor del sábado” (Mt 12,8).


MIÉRCOLES 


El versículo de la aclamación antes del Evangelio da la clave para la enseñanza de hoy: “Yo soy la resurrección y la vida”.

Únicamente Él lo puede afirmar de sí mismo, ya que Él realiza la obra de la nueva creación.

Dios Padre le ha dado el poder de juzgar, como también el de resucitar y dar vida eterna.

Un juicio que realiza desde la Cruz y la balanza se decanta siempre por el lado de la misericordia.

La misericordia de Dios es cantada en el Salmo y anunciada bellísimamente en el oráculo de Isaías: “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré”.


JUEVES 


En la primera lectura, la intercesión solidaria de  Moisés a favor del pueblo.

En el diálogo de Jesús con los judíos, el Señor manifiesta que, si sólo Él diera testimonio de sí mismo, su testimonio no sería válido; pero de Él dan testimonio el Padre, las Escrituras, Juan y las obras que Él hace.

Él revela y hace presente la gloria del único Dios.

Para conocer a Jesús hay que tener el amor de Dios en el corazón.

La oración del Salmo es ya la de Jesús: “Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo”.

Él, en la cruz, se convertirá en el gran intercesor, como un nuevo Moisés. Así será siempre.


 

SAN JOSÉ, esposo de la Bienaventurada Virgen María


Celebremos con alegría la fiesta de San José, el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su famIlia”, canta la antífona de entrada de la Misa.


Hoy, el velo de la Cuaresma se descubre para celebrar al Esposo de la Virgen María, el patriarca San José.

Según el Nuevo Testamento él es, por encima de todo, el “esposo de María, también padre legal de Jesús, hijo de David y hombre justo”.

Los sueños de José, como mediación de la revelación divina, se relacionan con los “relatos patriarcales”: en cierta manera, san José es el último patriarca de Israel.

Tiene que rehacer por su propia cuenta el viaje  del patriarca José a Egipto, para que en él y en Jesús, su hijo, se cumpla un nuevo éxodo.

Progresivamente, la Iglesia Católica ha ido comprendiendo el “lugar único” que ocupa José en la historia de la salvación.

Él es el testigo insuperable del silencio contemplativo que es al mismo tiempo un silencio activo.

Dios le confió el secreto más alto y la misión más preciosa: ser custodio del Verbo encarnado, junto con la bienaventurada Virgen María.

San Bernardo de Claraval, san Bernardino de Siena y santa Teresa de Jesús se vinculan al florecimiento de la devoción josefina. 

La celebración de san José se extendió a la Iglesia universal en el año 1621.

El Papa Pio IX lo proclamó patrono de la Iglesia universal, 1870; diversos papas le nombraron en sus encíclicas; san Juan XXIII inscribió su nombre en el “Canon romano” y el Papa Benedicto XVI en las otras Anáforas.

La importancia de su celebración se remarca por el hecho de ser día de precepto para la Iglesia universal.

Litúrgicamente, es un día fuera de la Cuaresma.

Tal día como hoy, en el año 2013, el Papa Francisco inauguró su ministerio petrino como obispo de Roma.

Encomendemos al Señor su persona y sus intenciones.

Las lecturas de la solemnidad son realmente preciosas.

En el Evangelio, “la anunciación a José”: se le presenta como “hijo de David”, lo que enlaza perfectamente con la promesa davídica en la primera lectura, y de la cual se hace eco el Salmo responsorial: “Su linaje será perpetuo”.

La promesa hecha a David y a los patriarcas florece en san José, segunda lectura.

En el Evangelio, José, el Hijo de David, no debe tener miedo de aceptar a María, la cual es llamada “tu esposa”.

Aceptar a María como esposa es aceptar el designio último de Dios y significa el amor total de José: a María, al Niño que debería nacer, y a su condición de esposo y al mismo tiempo de padre.

Según la Ley, a los ojos de los hombres, esposo que no ha engendrado, pero padre legal de facto: es él quien impone el nombre al hijo (v. 21).

Desde ahora tendrá derechos y deberes de padre y de cabeza de familia.

José, apenas despierto, hace lo que le ha mandado el Señor.

La obediencia de José es docilidad perfecta, humilde, pronta, silenciosa, delante de Dios y de los hombres.

Una obediencia que lo asimila a Abraham (Gn 12,4).

José interpreta la figura llena de amor hacia el Hijo y la Madre.

Su silencio es un reclamo, simbólico y misterioso, al abismo de amor del Padre del cielo que en silencio engendra el Verbo, al cual entrega todo su amor, el Espíritu Santo.

Como dirá san Juan de la Cruz: “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma” (Dichos de luz y amor).

Dios es Padre de Jesús por esencia y José es padre por amor humano, sólo por amor humano.

Así se mostró hasta qué punto José era un “hombre justo”.


SÁBADO 


Yo, como manso  cordero era llevado al matadero”.

Las persecuciones sufridas por Jeremías lo convierten en una imagen de Cristo durante su Pasión.

Su dolor es símbolo del de Cristo: la Liturgia de la Iglesia le aplica la imagen del árbol “talado en su lozanía”.

La imagen del cordero inmolado” la encontramos también en el cántico del Siervo de Yahvé, y el Nuevo Testamento la refiere a Cristo y a su muerte expiatoria.

El Evangelio narra la controversia que suscita la persona de Jesús y su origen.

Los cristianos sabemos que Él ha venido del Padre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario