LUNES
Durante
toda la semana, en el Evangelio, se lee la conversación de Jesús con Nicodemo
acontecida de noche.
Es
una "didaskalía" sobre el Bautismo: "Nadie puede ver el Reino de
Dios si no nace de nuevo".
Ciertamente,
nadie puede entrar de nuevo en el seno materno para volver a nacer, pero que
uno puede entrar en las entrañas de la madre Iglesia para nacer de nuevo por el
agua y el Espíritu, en el baño bautismal y por la crismación, es una posibilidad abierta.
En
la lectura de los Hechos, la comunidad escucha lo que cuentan Pedro y Juan,
quienes puestos en libertad van al encuentro de los hermanos, "en el lugar
donde estaban reunidos" en asamblea.
Todos
oran y toman conciencia que la persecución que sufren está en continuidad con
la que padeció el Señor.
Oran
explanando el Salmo segundo, refiriéndolo a su Señor.
La
comunidad cristiana empieza a releer la Escritura, especialmente los Salmos,
desde el acontecimiento pascual.
Desde
entonces existe una lectura cristológica del salterio en uso en la comunidad
del Nuevo Testamento y de todos los tiempos.
En
Cristo los Salmos encuentran el "sensus plenior".
La
oración comunitaria, realmente litúrgica, culmina con la efusión del Espíritu
en medio de ellos: así reciben la valentía, "parresía" de predicar la
Palabra de Dios.
MARTES
Jesús
habla a Nicodemo de la libertad del Espíritu, comparándolo bellamente con el
viento, "ruaj".
También
comunica a Nicodemo lo que ha visto en el cielo (de su oración): que debe ser
exaltado en la Cruz para que todos los que crean en Él tengan vida eterna.
Él
es "el Hijo del Hombre, el que ha bajado del cielo", el enviado del
Padre.
En
la lectura de los Hechos encontramos uno de los llamados "sumarios de la
vida de la primera comunidad": el Señor regala "un solo corazón y una
sola alma" a la primera comunidad de creyentes.
Pentecostés
manifiesta su primer fruto en la comunidad primitiva, donde descubrimos una
serie de notas distintivas, esenciales: la fracción del pan, Eucaristía, la
enseñanza de los Apóstoles, "didaskalía", la comunión de bienes,
"koinonía", y la oración en común.
La
caridad eucarística había transformado la comunidad en una familia "en la
cual nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenia" porque todo era de
Cristo.
La
primera comunidad, justamente por la caridad que practicaba, era mirada por
todos con "mucho agrado".
Es
preciosa la glosa: "Entre ellos no había necesitados".
Es
el jubileo del Espíritu, la hora del Mesías (Dt 15,11).
MIÉRCOLES
En
el Evangelio, lo más inaudito: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó
a su Hijo único para que no perezca
ninguno de los que crean en Él".
Entre
ellos debemos incluirnos nosotros.
Por
amor al mundo, Dios ha entregado lo que ama más: su Hijo único.
Lo
ha enviado a cambio de nada, sin esperar la respuesta de la fe y del amor del
mundo.
Como
por adelantado.
Los
que no creen en el Hijo se condenan a vivir en sus propias tinieblas.
En
el libro de los Hechos se relata la liberación de los apóstoles que estaban en
la cárcel, de noche.
Son
liberados por el ángel del Señor, ya que la Palabra de Dios no puede estar
encadenada (2Tm 2,9).
De
él reciben el mensaje imperioso: ir al templo para explicar al pueblo "las
palabras de vida".
Hay
visos pascuales en el relato: la noche, el ángel del Señor y la proclamación
del "kêrygma" en el templo, al amanecer.
Los
apóstoles ni quieren ni pueden dejar de predicar la Resurrección del Señor.
En
el Salmo, el verso "el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los
protegí" completa el relato.
JUEVES
En
el Evangelio se lee: "El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus
manos".
En
este "todo" debemos incluir nuestras existencias, la hora presente de
la Iglesia y del mundo.
Todo
está en manos de Jesús, el Señor, por tanto, todo está en buenas manos.
Él
es "el que viene de lo alto, el que
viene del cielo y el que da testimonio de lo que ha visto y ha oído
", en su oración.
Él
también da el Espíritu sin medida porque nunca hay medida ni raquitismo en el
amor.
"Los
que creen en el Hijo tienen la vida eterna", Dios mismo, ya en este mundo,
ahora.
En
el pasaje de los Hechos vemos que la predicación de la Resurrección no
depende de los apóstoles, sino del mismo Espíritu que la impulsa: con
razón deben "obedecer a Dios antes que los hombres".
Los
que les escuchaban no querían sentirse culpables de la muerte de Jesús.
Sin
embargo, ellos afirman sin ambages: "Testigos de esto somos nosotros y el
Espíritu que da a los que le obedecen".
Obedecer
a Dios es obedecer a la Verdad, dejarse conducir por "el Espíritu de
verdad" (Jn 14,17).
Sólo
entonces el corazón se abre a la purificación del verdadero arrepentimiento y,
con ello, a su curación, liberación.
VIERNES
Gamaliel
alerta a los miembros del sanedrín con un argumento "ad hominem": hay
que dejar que la historia confirme el caso de Jesús de Nazaret.
No
sea que luchen contra el Altísimo: "os expondríais a luchar contra
Dios".
Gracias
a esta intervención, los apóstoles son liberados. Pero antes son castigados,
"flagelados" como su Señor, y
amonestados con la severa prohibición de predicar sobre Jesús.
Sin
embargo, obstinadamente, continúan anunciando "el Evangelio de
Jesucristo".
Ningún
día dejaban de hacerlo "en el templo y en las cases".
En
el Evangelio se proclama la multiplicación de los panes, que introduce el
"discurso del Pan de vida", que escucharemos la próxima semana.
La
Eucaristía es prefigurada y las "doce canastas que sobran" significan
la sobreabundancia del amor de Dios.
También
el pan, la Eucaristía que los discípulos repartirán cuando el Señor no esté
presente, no será "su" pan, sino el Pan "que el Señor da".
SÁBADO
En
el pasaje de los Hechos, la elección de los siete hombres "de buena fama,
llenos de sabiduría" para atender a las mesas en el suministro diario,
"las viudas de habla griega".
La
tradición ha identificado a estos "siete Hombres", el citado en primer
lugar es Esteban con los diáconos, que los apóstoles asociaron al ministerio
por la imposición de las manos y la oración.
Es
el "ministerio", servicio de la caridad, inherente a la vida de la
Iglesia desde sus inicios.
La
tarea fundamental de los apóstoles es "la oración y al servicio de la
palabra", ambas cosas siempre van unidas.
Es
importante, en el último versículo de la perícopa, la referencia a "la
palabra de Dios que iba creciendo" y cómo el Señor mismo "hacía
crecer el número de los creyentes".
Es
el Señor mismo quien aumentaba la comunidad, y la misma Palabra la que
manifestaba su eficacia.
El
protagonista real del crecimiento de la Iglesia es el Señor.
La
Palabra es eficaz en sí misma, como en las parábolas.
Se
escoge por esto, del Salmo 32, los versos de la segunda estrofa en los que la
Palabra de Dios es elogiada.
En
el Evangelio, el pasaje de la tempestad calmada según Juan, texto lleno de
símbolos pascuales: cuando el Señor "no está" persiste "la
noche", y cuando aparece pueden "ver", aunque sea noche cerrada,
y "escuchar" el solemne "Soy yo, no temáis".
El
Maestro se da a conocer con el nombre santísimo de Dios.
Cuando
el Señor está en la barca, ésta "toca tierra" y llegan donde iban.
Él es seguridad y puerto.
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