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domingo, 11 de abril de 2021

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA


 

Este Domingo se conocía en los libros litúrgicos  antiguos  como "Dominica in albis", ya que los neófitos, recién bautizados, se desvestían de la túnica blanca, la que se les había impuesto en la noche de Pascua como signo de que habían sido revestidos de Cristo en el Bautismo.

 

La "oración colecta" es de las más bellas del Misal: se pide que todos comprendan mejor "qué Bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre nos ha redimida".

 

Se mencionan así los tres sacramentos de la "Iniciación cristiana".

 

La antífona de entrada obedece a esta misma liturgia bautismal: "Como niños recién nacidos".

 

San Juan Pablo II, Papa, dio un título nuevo al Domingo de la Octava, designándole también como Domingo de la Divina Misericordia.

 

"No es posible pensar en la Divina Misericordia sin la Resurrección del Señor, porque la Resurrección del Señor, la Pascua del Señor es el culmen de la revelación de la Misericordia de Dios, aquella apertura a la vida, a la vida eterna. Es un don supremo que Dios ofrece al hombre en Cristo. Jesús ha venido al mundo precisamente para revelar el rostro misericordioso de Dios" según lo expresa en la carta apostólica "Misericordia et misera" el Papa Francisco, al concluir el Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

 

Litúrgicamente, la Divina Misericordia es el resplandor de este Domingo, pero no ocupa el lugar central: este no puede ser otro que la Resurrección gloriosa del Señor.

 

Jesús se manifiesta de manera gloriosa "ocho días después" y trae de su regreso de la Cruz, de la muerte y de los infiernos, la paz.

 

También entrega a los discípulos, exhalando sobre ellos, el Espíritu Santo y los capacita para el perdón de los pecados.

 

La comunidad apostólica será siempre "pneumatófora", portadora del Pneuma divino, por ello podrá perdonar los pecados.

 

La duda de Tomás, su falta de fe, es motivo para que el Señor proclame la última bienaventuranza, la más nuestra, la de quienes, sin ver, hemos creído en Él: "Bienaventurados los que crean sin haber visto".

 

También la profesión de fe de Tomás en la divinidad de Jesús es uno de los puntos culminantes del IV Evangelio: Jesús, Crucificado y Resucitado, es Dios, "¡Señor mío y Dios mío!".

 

Tomás, por su falta de fe se había alejado de la comunidad: aquello que mantiene la comunidad de fe es la Eucaristía celebrada cada ocho días.

 

Como canta el Salmo: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordía".

 

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, la Resurrección de Cristo se manifiesta en la vida de la primera comunidad: el Señor regala a la comunidad un solo corazón y una sola alma, de manera "que entre ellos no habían necesitados".

 

La lectura de la primera carta de Juan contiene las enigmáticas expresiones: "Tres son los que dan testimonio de Jesús, el agua" (su Bautismo en el Jordán), "la sangre" (su muerte gloriosa) "y el Espíritu" (en el misterio de Pentecostés).

 

El que cree en Cristo, ha nacido de Dios, vence al mundo, cumple sus mandamientos.

 

La fe es la victoria sobre el mundo.

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