Este Domingo se conocía en los libros litúrgicos antiguos como "Dominica in albis", ya que los neófitos, recién bautizados, se desvestían de la túnica blanca, la que se les había impuesto en la noche de Pascua como signo de que habían sido revestidos de Cristo en el Bautismo.
La "oración colecta"
es de las más bellas del Misal: se pide que todos comprendan mejor "qué
Bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre nos
ha redimida".
Se mencionan así los tres
sacramentos de la "Iniciación cristiana".
La antífona de entrada
obedece a esta misma liturgia bautismal: "Como niños recién nacidos".
San Juan Pablo II, Papa,
dio un título nuevo al Domingo de la Octava, designándole también como Domingo
de la Divina Misericordia.
"No es posible pensar
en la Divina Misericordia sin la Resurrección del Señor, porque la Resurrección
del Señor, la Pascua del Señor es el culmen de la revelación de la Misericordia
de Dios, aquella apertura a la vida, a la vida eterna. Es un don supremo que Dios
ofrece al hombre en Cristo. Jesús ha venido al mundo precisamente para revelar
el rostro misericordioso de Dios" según lo expresa en la carta apostólica
"Misericordia et misera" el Papa Francisco, al concluir el Jubileo
Extraordinario de la Misericordia.
Litúrgicamente, la Divina
Misericordia es el resplandor de este Domingo, pero no ocupa el lugar central:
este no puede ser otro que la Resurrección gloriosa del Señor.
Jesús se manifiesta de
manera gloriosa "ocho días después" y trae de su regreso de la Cruz,
de la muerte y de los infiernos, la paz.
También entrega a los
discípulos, exhalando sobre ellos, el Espíritu Santo y los capacita para el
perdón de los pecados.
La comunidad apostólica
será siempre "pneumatófora", portadora del Pneuma divino, por ello
podrá perdonar los pecados.
La duda de Tomás, su falta
de fe, es motivo para que el Señor proclame la última bienaventuranza, la más
nuestra, la de quienes, sin ver, hemos creído en Él: "Bienaventurados los
que crean sin haber visto".
También la profesión de fe
de Tomás en la divinidad de Jesús es uno de los puntos culminantes del IV
Evangelio: Jesús, Crucificado y Resucitado, es Dios, "¡Señor mío y Dios
mío!".
Tomás, por su falta de fe
se había alejado de la comunidad: aquello que mantiene la comunidad de fe es la
Eucaristía celebrada cada ocho días.
Como canta el Salmo:
"Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordía".
En la primera lectura de
los Hechos de los Apóstoles, la Resurrección de Cristo se manifiesta en la vida
de la primera comunidad: el Señor regala a la comunidad un solo corazón y una
sola alma, de manera "que entre ellos no habían necesitados".
La lectura de la primera
carta de Juan contiene las enigmáticas expresiones: "Tres son los que dan
testimonio de Jesús, el agua" (su Bautismo en el Jordán), "la
sangre" (su muerte gloriosa) "y el Espíritu" (en el misterio de
Pentecostés).
El que cree en Cristo, ha nacido
de Dios, vence al mundo, cumple sus mandamientos.
La fe es la victoria sobre
el mundo.
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