La oración colecta, previa a la lectura del Apóstol, invoca a Dios que ha iluminado “esta noche santísima con la gloria de la Resurrección del Señor”.
Es la noche en que se
celebra la “Madre de todas las vigílias”: la Iglesia alaba a Dios porque
“Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado” (Prefacio I de Pascua).
La Pascua de Cristo es
también nuestra Pascua: “En la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida,
y en su gloriosa Resurrección hemos resucitado todos” (Prefacio II de Pascua).
El protocolo final y común
a todos los prefacios reza: “Con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero
se desborda de alegria”.
La Liturgia
hispano-mozárabe lo designa como “el Domingo de la alegría de la Pascua”.
La Iglesia se siente
participante del paso-éxodo de Cristo a través de la muerte a la vida.
Ella misma renace y
disfruta suplicando “que los sacramentos pascuales que inauguramos nos hagan
llegar, con tu ayuda, a la vida eterna"(oración sobre las ofrendas): por
el Bautismo se sumerge con Cristo en su Pascua; por la Confirmación recibe el
Espíritu de la vida a modo de sello; y en la Eucaristía participa del Cuerpo y
la Sangre de Cristo, como memorial de su muerte y Resurrección.
En la noche de Pascua todo
es sacramental: la misma noche significa la tiniebla del mundo sin la luz de
Cristo.
Los ritos significativos
del “lucernario”: la bendición del fuego, el cirio pascual llameante con luz
que se propaga en los iconos vivos que son los fieles.
El cántico único del
“Praeconium paschale” bajo la luz del cirio de Pascua que ilumina las
vestiduras del diácono.
El cirio de la Pascua como
la columna de fuego que ilumina el peregrinaje del pueblo de Dios en la
Escritura que se va a proclamar.
El cirio pascual es signo
de Cristo, nuestra luz y la del mundo.
Es bendecido e incensado.
Tiene impresa la Cruz
gloriosa del Señor y el número del año del Señor, pues Él contiene el tiempo,
Él es “alfa y omega”.
Lleva las incisiones de las
llagas del Señor con los cinco granos de incienso: son las llagas gloriosas e
imborrables del Señor nuestro.
Las palabras del celebrante
son realmente impresionantes: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe
las tinieblas del corazón y del espíritu”.
La luz se propaga en la
asamblea ya que los fieles, servidos por los ministros, van encendiendo
sus candelas.
Luz creciente, que
propagándose no disminuye.
Luz en las manos, luz de la
gracia y de la Gloria encendida en los corazones, que nos ilumina y a la vez
nos hace radiantes.
Los fieles son los iconos
vivientes de Cristo.
Conviene dar el máximo
valor a la proclamación del Evangelio.
Es el primer Evangelio,
Evangelio “alpha”: los contiene todos y por el que todos adquieren sentido.
Es realmente la Buena
Noticia, magnífica e inaudita, de la Resurrección de Cristo.
Para llegar a este
Evangelio se han escuchado las “profecías” del Antiguo Testamento, creación,
sacrificio de Isaac, éxodo, el anuncio de la Nueva alianza, el agua de la vida.
Las profecías vienen
acompañadas por el canto de los Salmos, transidos de sentido pascual, y de las
oraciones colectas que indican la interpretación cristológica de cada texto.
Son oraciones antiquísimas
y muy bellas teológicamente.
La Salmodia de la noche de
Pascua es espléndida y hay que hacer todo lo posible para que sea cantada.
Son Salmos de amor de la
Esposa enamorada: el Señor ha entregado su vida por ella.
Porque Cristo ha Resucitado
y vive en la gloria del Padre y en la donación constante del Espíritu Santo, la
Iglesia celebra con eficacia salvadora la “Iniciación cristiana” para los
catecúmenos y también para los fieles que renuevan el Bautismo, “renovar”
significa partir de la primera gracia y celebran el banquete eucarístico.
Después prosigue la Liturgia
del Bautismo con la procesión al baptisterio, la letanía de los Santos, la “tal
nube de testigos” de que habla Hb 12,1, la bendición del agua, como “anamnesis”
de las maravillas de Dios obradas por el signo del agua. Y la “epiclesis” del
Espíritu: el Espíritu de la Cruz, de la Resurrección, de Pentecostés, de la
divina Plenitud.
También el Bautismo de los
elegidos y/o la renovación del Bautismo de los fieles.
“Renovar” tiene, esta
noche, el sentido fuerte de “hacer nuevo” el Bautismo, como si acabáramos de
ser bautizados aquellos que con cirios encendidos en las manos hemos efectuado
la triple renuncia y la triple adhesión a la fe.
Finalmente, como plenitud de
todo, el Banquete eucarístico: Banquete nupcial, luminoso y festivo.
Los dones son presentados
por los “neófitos” o por los fieles.
Dones que el Señor mismo
devolverá a la Iglesia como ofrendas más excelentes: como su Cuerpo y su
Sangre.
Lo hace por la plegaria
siempre escuchada, la “Plegaria eucarística”, con el memorial de toda la
historia de la salvación, desde los inicios, la creación, hasta la culminación,
la Resurrección y Pentecostés.
Oración que incluye también
la narración de la Santa Cena, la ostensión de los Dones con la invocación,
precedente y procedente del Espíritu Santo sobre las ofrendas y sobre nosotros,
con la intercesión por toda la Iglesia, por los vivos y por los difuntos.
Nuestra conversión hace más
grande el gozo de los Santos, “en el cielo habrá más alegria” según Lc 15,7, y
hacemos memoria de quienes nos han precedido en el “signo de la fe”, el
Bautismo.
Habiendo recitado la
Plegaria eucarística, habiéndonos dado el ósculo de la paz, ¡tan lleno de gozo
en esta noche!, y habiendo partido el Pan, los fieles ansiosos participarán del
Banquete del Reino en la noche llena de luz, y así “gustarán y verán qué bueno
es el Señor”.
Es la Iglesia que escucha
la palabra de su Esposo: “Iglesia mía, no ayunes más. Entra en mi alegría y en
mi reposo”.
Vigilia del Domingo de
Pascua, Domingo de todos los Domingos, el Domingo perenne, fiesta de todas las
fiestas.
El misterio del día octavo
que entra en la eternidad divina.
El Canon romano llama a
este día “sacratissimum diem celebrantes”, y la liturgia hispánica: “Domingo de
la alegría de Pascua”.
“Día de la Resurrección. Resplandezcamos de gozo en esta fiesta. Abracémonos, hermanos, mutuamente. Llamemos hermanos nuestros incluso a los que nos odian. Perdonemos todo por la Resurrección y cantemos así nuestra alegría: “Cristo ha Resucitado de entre los muertos, “con su muerte ha vencido la muerte, y a los que estaban en los sepulcros les ha dado la vida”.

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