LUNES
SANTOS FELIPE y SANTIAGO, apóstoles
La
Iglesia celebra a todos los apóstoles
y jamás se olvida de ninguno.
Hoy
celebramos conjuntamente a los apóstoles Felipe y Santiago, el
Menor.
El origen de esta fiesta es la dedicación de la basílica de los apóstoles, el 1
de mayo del año 563, que
originalmente estaba dedicada
a los dos apóstoles como se testimonia
en las inscripciones halladas.
Aparte
de los datos de los Evangelios, las tradiciones posteriores, aunque antiguas, son imprecisas.
Lo
decisivo es que formaron
parte de los primeros llamados
por el Señor y aparecen en el elenco de los
apóstoles en los Evangelios.
Ambos fueron testigos de la Cruz gloriosa
de Jesucristo.
Ambos
fundamentan y convocan al nuevo
pueblo de Dios y sus nombres
están inscritos en las puertas de la ciudad de Dios, la nueva Jerusalén (Ap 21,24).
La
oración colecta se adecua bellamente al tiempo pascual.
Felipe era de Betsaida
y fue el tercero de los llamados (Jn 1,43): su presencia en el Evangelio de Juan es importante
(Jn 1, 45;6, 5-7 y 14,8).
Una
tradición, recogida por Eusebio
y que se hace eco a su vez
de antiguos testimonios, afirma que fue
crucificado cabeza abajo durante la persecución
de Domiciano.
La tradición asevera que evangelizó en
Frigia.
Santiago, conocido como "el Menor", se identifica
con el hermano del Señor, una de las columnas de la Iglesia e
hijo de Alfeo (Mt 10,3; Mc 3,18).
Se le considera
el primer obispo de Jerusalén, apodado "el Justo" o "el que intercede por el pueblo".
Según
el relato de Josefo, aunque el
hecho está atestiguado en distintas tradiciones, murió mártir, apedreado hacia
el año 62, o arrojado desde lo alto del
templo.
Al ser
condenado se cuenta que
exclamó: "Hosanna al Hijo de David". Se le atribuye la carta del
Nuevo Testamento que lleva su
nombre.
El texto de la primera lectura, como se sabe, es fundamental en la teología
del Nuevo Testamento.
Expone
a la letra la forma de
"Traditio", "yo os transmití en primer lugar".
Es la
primera fórmula del
anuncio del kerigma pascual: "Cristo fue
Crucificado, Sepultado y Resucitó al tercer
día".
El
Señor glorificado "se apareció a Cefas
y luego a los Doce" y señala: "después se apareció a Santiago".
Desde
el tiempo de la
consagración de la basílica de los Apóstoles (s. VI) se lee el diálogo de Jesús con Felipe, en la última cena.
La intervención
de Felipe fue causa de la declaración
más alta de Jesús sobre su identidad:
"Quien me ha visto a mí ha visto al Padre".
Jesús
es el icono del Padre.
El
Salmo 18 es aplicado en la predicación de los
Padres, especialmente por san Agustín,
a la predicación apostólica: "A toda la tierra alcanza su pregón".
Un
pregón que llega a todos por
su predicación y al mismo tiempo en el silencio de su
martirio, que acredita el testimonio que los apóstoles dieron de la Resurrección del Señor.
MARTES
El primer viaje apostólico de Pablo, como
se ve en la lectura de los Hechos, no fue ninguna marcha triunfal.
En la ciudad es apedreado por los irritados judíos
que habían subido de Antioquia de Panfilia y de Iconio, "dándole
ya por muerto".
El
apóstol, incansable y tenaz, llevaba
el Espíritu dentro, continúa su periplo
por la región y sube hasta Listra.
Desde
allí, de nuevo a las ciudades de Antioquía
e Iconio para confirmar la fe de
las incipientes comunidades.
Llama la atención que las "tribulaciones" que pasa son "para entrar en el
Reino de Dios", tal y
como el Señor advirtió a los discípulos en su día (cf. Mc 10,24), y "por causa del nombre de Jesús" como
se le insinuó a él mismo a
través de Ananías (cf. Hch 9,16).
Desde
allí retornan a la ciudad de donde
habían partido y donde la comunidad
"les había encomendado a la gracia de
Dios".
Es el
fin de este primer viaje misionero.
Ante la
comunidad dan testimonio "de lo que Dios había
hecho por medio de ellos y cómo abría a los gentiles la puerta de
la fe".
Una
puerta que ya nunca se cerrará.
Se da
un dato precioso: "en cada comunidad
designaban presbíteros".
El ministerio apostólico como don se difunde.
En el
Salmo, la respuesta: "Tus amigos,
Señor, proclaman la gloria de tu reinado", se refiere
claramente a Bernabé y Pablo, "amigos fuertes de Dios"
en lenguaje teresiano.
En el
Evangelio, el Señor nos da su paz.
Si nos
la da es nuestra para siempre.
Nada ni
nadie nos la puede quitar.
Nos
pertenece para siempre, es su herencia.
MIÉRCOLES
Empezamos a leer el capítulo 15º de los Hechos, donde se relata el llamado
"primer concilio": la asamblea de Jerusalén.
La
disputa entre los cristianos
procedentes del judaísmo con los cristianos
procedentes del paganismo llega a su punto álgido.
Pablo y
Bernabé deciden subir a
Jerusalén para que la Iglesia-madre decida sobre la cuestión.
Allí
están los primeros testigos de Jesús, los apóstoles, también los presbíteros y
los "Santos".
La
Iglesia de Jerusalén, cuando escucha la narración de los misioneros, se llena de
alegría y da gracias a Dios.
Se
reúnen para discernir la cuestión.
Para
ellos, los misioneros Pablo y Bernabé,
como para todos los israelitas, subir a
Jerusalén es un motivo de gozo: "Que alegría
cuando me dijeron vamos a la casa del Señor".
También el cristiano se sabe invitado toda la vida desde el Bautismo a ir a la casa del Señor, la Jerusalén
celestial.
El cántico de Israel es, por tanto, el canto del Nuevo Israel.
En la comunicación
íntima con los apóstoles, Jesús se define a sí mismo como la "vid verdadera", y
a ellos como "los sarmientos" que
si no están unidos a Él no tienen vida.
"Sin
Él no podemos hacer nada" y, por el
contrario, con Él podemos hacer mucho.
Entre lo mucho, el "dar fruto y un fruto
que perdure".
El
destino de los sarmientos
cortados y separados de la vid es ser tirados
al fuego, como un resto inservible.
La Iglesia se vacía cuando se vacía de Cristo.
La vida
teologal es la condición de la vida de la Iglesia, no lo ideológico.
La
Iglesia sin Cristo no es nada.
JUEVES
En el
fragmento del libro de los Hechos
se escuchan las intervenciones
de los apóstoles en la asamblea de Jerusalén.
En
primer lugar, la de Pedro, que expone
que tanto los judíos como los gentiles
se salvan por la gracia del Señor Jesús.
Luego,
Pablo y Bernabé dan testimonio
de lo que la gracia había hecho en
el corazón de los gentiles.
Santiago,
por último, de manera equilibrada, resume la
discusión, e interpretando las Escrituras, anuncia que Dios reúne a su pueblo
también entre los gentiles.
Sólo
piden las imprescindibles condiciones para no escandalizar a los israelitas.
En el Evangelio, la
comunicación íntima de Jesús a
los discípulos "la noche misma en
que iba a ser entregado" (1Co 11,23) llega a lo más sublime: Él los ha amado con el mismo amor que el Padre lo ha amado a Él.
Estas
palabras son dignas de meditarse: Él es el receptáculo del amor del Padre, y con ese amor, Él
mismo, no otro, nos ha amado.
El
Padre, el Hijo y los discípulos se incluyen en el mismo Amor.
Si guardan
"sus mandamientos", sus palabras, permanecerán en su amor, que es el del Padre y el del Espíritu
Santo.
Más
todavía: si viven es este
amor participaran de su alegría, "una alegría que llegará a su plenitud".
No es alegría humana, es la última noche de
Jesús en el mundo, sino divina, la alegría
del Amor.
La
alegría, que es una forma
de paz, es lo propio de Dios, ya que
"Dios es amor" (1Jn 4,8).
VIERNES
La
asamblea de Jerusalén decide devolver
a Pablo y Bernabé a Antioquía con la respuesta de la Iglesia-madre.
Les acompañarán como testigos de esta decisión miembros eminentes de la comunidad, Judas y Silas, llevando con ellos una carta.
Es como
la primera Constitución Apostólica.
En dicha misiva se afirma:
"el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido".
Con ello se enseña que todas las disposiciones eclesiales
nacen del discernimiento espiritual.
Sólo se exige a los gentiles convertidos a la fe que no coman
carne sacrificada a los ídolos paganos
y vivan la santidad del matrimonio.
Cuando
llegaron estos emisarios a Antioquía y leyeron la carta, toda la
asamblea se alegró: se les informaba que ellos, los convertidos a la fe, formaban parte del nuevo Israel de Dios
inequívocamente.
El Salmo lo canta el mismo Señor Resucitado, Él que "ha despertado la aurora" con su Resurrección.
Entre
los pueblos resonará la
melodía del Espíritu Santo, "la cítara
y el arpa", que los llenará de gozo.
En el
Evangelio, el Señor nos da el titulo de "amigos", no
de "siervos", porque Él nos ha introducido en su
intimidad con el Padre.
Nos
entrega también "el mandamiento nuevo", jamás envejecido, del
amor.
Porque
nos ha amado, los cristianos debemos amarnos unos a otros, y en ello ser
reconocidos como discípulos suyos.
En el
mandamiento nuevo lo más importante no es lo primero, "amaos unos a
otros" sino lo segundo: "como yo os he amado".
La
conjunción, dicen los exegetas,
tiene un valor causal: "porque nos ha
amado" podemos y debemos amarnos.
El
mandamiento es tan importante que, al final, lo reitera.
SÁBADO
El segundo viaje de Pablo comenzó en el año 49 después de Cristo y terminó en el 52 después de Cristo.
Esta vez, Pablo se puso en camino para visitar las primeras comunidades cristianas que ayudó a fundar durante su primer
viaje.
Le
acompañaban Silas, un miembro
destacado de la primera comunidad
cristiana, y Timoteo, el hijo de un griego que era su compañero más preciado.
El
grupo se dirigió a Listra; luego a
través de Frigia a Galacia, en las
tierras altas del centro de Anatolia; y finalmente
a Troas, una ciudad en el noroeste de Anatolia, en la actual Turquía.
Aquí Pablo tuvo
una visión de un hombre pidiéndole que llevara el Evangelio a Macedonia:
como consecuencia, partió inmediatamente
para llegar al continente europeo por primera vez.
En el Evangelio, Jesús
recuerda las palabras: "No es el siervo más que el amo".
Jesús,
en su plena soberanía de amor, se pone en el lugar del siervo y al mismo tiempo
se manifiesta como Señor, "Kyrios" en la Cruz.
Bajo el
signo de la Cruz deberán vivir
los discípulos: "Si el mundo
os odia sabed que antes me ha odiado
a mí".
La cruz
del Siervo y Señor estará siempre presente en la memoria de la comunidad que
vive en el mundo.
La Cruz
del Señor es visible, su Resurrección es invisible: por ello la Iglesia vivirá
siempre bajo el signo manifiesto de la contradicción.
Unirá
fracaso y victoria, inextricables en la realidad de la Pascua.
El
misterio pascual se cumple en toda su plenitud como Cruz y Gloria en
Jesús: también en cada existencia cristiana.
Tampoco
en eso la Iglesia es distinta de su Señor.
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