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lunes, 3 de mayo de 2021

V SEMANA DE PASCUA

 

LUNES


SANTOS FELIPE y SANTIAGO, apóstoles


La Iglesia celebra a todos los apóstoles y jamás se olvida de ninguno.

Hoy celebramos conjuntamente los apóstoles Felipe y Santiago, el Menor.

El origen de esta fiesta es la dedicación de la basílica de los apóstoles, el 1 de mayo del año 563, que originalmente estaba dedicada a los dos apóstoles como se testimonia en las inscripciones halladas.

Aparte de los datos de los Evangelios, las tradiciones posteriores, aunque antiguas, son imprecisas.

Lo decisivo es que formaron parte de los primeros llamados por el Señor y aparecen en el elenco de los apóstoles en los Evangelios.

Ambos fueron testigos de la Cruz gloriosa de Jesucristo.

Ambos fundamentan y convocan al nuevo pueblo de Dios y sus nombres están inscritos en las puertas de la ciudad de Dios, la nueva Jerusalén (Ap 21,24).

La oración colecta se adecua bellamente al tiempo pascual.

Felipe era de Betsaida y fue el tercero de los llamados (Jn 1,43): su presencia en el Evangelio de Juan es importante (Jn 1, 45;6, 5-7 y 14,8).

Una tradición, recogida por Eusebio y que se hace eco a su vez de antiguos testimonios, afirma que fue crucificado cabeza abajo durante la persecución de Domiciano.

La tradición asevera que evangelizó en Frigia.

Santiago, conocido como "el Menor", se identifica con el hermano del Señor, una de las columnas de la Iglesia e hijo de Alfeo (Mt 10,3; Mc 3,18).

Se le considera el primer obispo de Jerusalén, apodado "el Justo" o "el que intercede por el pueblo".

Según el relato de Josefo, aunque el hecho está atestiguado en distintas tradiciones, murió mártir, apedreado hacia el año 62, o arrojado desde lo alto del templo.

Al ser condenado se cuenta que exclamó: "Hosanna al Hijo de David". Se le atribuye la carta del Nuevo Testamento que lleva su nombre.

El texto de la primera lectura, como se sabe, es fundamental en la teología del Nuevo Testamento.

Expone a la letra la forma de "Traditio", "yo os transmití en primer lugar".

Es la primera fórmula del anuncio del kerigma pascual: "Cristo fue Crucificado, Sepultado y Resucitó al tercer día".

El Señor glorificado "se apareció Cefas y luego a los Doce" y señala: "después se apareció a Santiago".

Desde el tiempo de la consagración de la basílica de los Apóstoles (s. VI) se lee el diálogo de Jesús con Felipe, en la última cena.

La intervención de Felipe fue causa de la declaración más alta de Jesús sobre su identidad: "Quien me ha visto a mí ha visto al Padre".

Jesús es el icono del Padre.

El Salmo 18 es aplicado en la predicación de los Padres, especialmente por san Agustín, a la predicación apostólica: "A toda la tierra alcanza su pregón".

Un pregón que llega a todos por su predicación y al mismo tiempo en el silencio de su martirio, que acredita el testimonio que los apóstoles dieron de la Resurrección del Señor.


MARTES


El primer viaje apostólico de Pablo, como se ve en la lectura de los Hechos, no fue ninguna marcha triunfal.

En la ciudad es apedreado por los irritados judíos que habían subido de Antioquia de Panfilia y de Iconio, "dándole ya por muerto".

El apóstol, incansable y tenaz, llevaba el Espíritu dentro, continúa su periplo por la región y sube hasta Listra.

Desde allí, de nuevo a las ciudades de Antioquía e Iconio para confirmar la fe de las incipientes comunidades.

Llama la atención que las "tribulaciones" que pasa son "para entrar en el Reino de Dios", tal y como el Señor advirtió a los discípulos en su día (cf. Mc 10,24), y "por causa del nombre de Jesús" como se le insinuó a él mismo a través de Ananías (cf. Hch 9,16).

Desde allí retornan a la ciudad de donde habían partido y donde la comunidad "les había encomendado a la gracia de Dios".

Es el fin de este primer viaje misionero.

Ante la comunidad dan testimonio "de lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo abría a los gentiles la puerta de la fe".

Una puerta que ya nunca se cerrará.

Se da un dato precioso: "en cada comunidad designaban presbíteros".

El ministerio apostólico como don se difunde.

En el Salmo, la respuesta: "Tus amigos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado"se refiere claramente a Bernabé y Pablo, "amigos fuertes de Dios" en lenguaje teresiano.

En el Evangelio, el Señor nos da su paz.

Si nos la da es nuestra para siempre.

Nada ni nadie nos la puede quitar.

Nos pertenece para siempre, es su herencia.

 

MIÉRCOLES


Empezamos a leer el capítulo 15º de los Hechos, donde se relata el llamado "primer concilio": la asamblea de Jerusalén.

La disputa entre los cristianos procedentes del judaísmo con los cristianos procedentes del paganismo llega a su punto álgido.

Pablo y Bernabé deciden subir a Jerusalén para que la Iglesia-madre decida sobre la cuestión.

Allí están los primeros testigos de Jesús, los apóstoles, también los presbíteros y los "Santos".

La Iglesia de Jerusalén, cuando escucha la narración de los misioneros, se llena de alegría y da gracias a Dios.

Se reúnen para discernir la cuestión.

Para ellos, los misioneros Pablo y Bernabé, como para todos los israelitas, subir a Jerusalén es un motivo de gozo: "Que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor".

También el cristiano se sabe invitado toda la vida desde el Bautismo a ir a la casa del Señor, la Jerusalén celestial.

El cántico de Israel es, por tanto, el canto del Nuevo Israel.

En la comunicación íntima con los apóstoles, Jesús se define a sí mismo como la "vid verdadera", y a ellos como "los sarmientos" que si no están unidos a Él no tienen vida.

"Sin Él no podemos hacer nada" y, por el contrario, con Él podemos hacer mucho.

Entre lo mucho, el "dar fruto y un fruto que perdure".

El destino de los sarmientos cortados y separados de la vid es ser tirados al fuego, como un resto inservible.

La Iglesia se vacía cuando se vacía de Cristo.

La vida teologal es la condición de la vida de la Iglesia, no lo ideológico.

La Iglesia sin Cristo no es nada.

 

 

JUEVES

 

En el fragmento del libro de los Hechos se escuchan las intervenciones de los apóstoles en la asamblea de Jerusalén.

En primer lugar, la de Pedro, que expone que tanto los judíos como los gentiles se salvan por la gracia del Señor Jesús.

Luego, Pablo y Bernabé dan testimonio de lo que la gracia había hecho en el corazón de los gentiles.

Santiago, por último, de manera equilibrada, resume la discusión, e interpretando las Escrituras, anuncia que Dios reúne a su pueblo también entre los gentiles.

Sólo piden las imprescindibles condiciones para no escandalizar a los israelitas.

En el Evangelio, la comunicación íntima de Jesús a los discípulos "la noche misma en que iba a ser entregado" (1Co 11,23) llega a lo más sublime: Él los ha amado con el mismo amor que el Padre lo ha amado a Él.

Estas palabras son dignas de meditarse: Él es el receptáculo del amor del Padre, y con ese amor, Él mismo, no otro, nos ha amado.

El Padre, el Hijo y los discípulos se incluyen en el mismo Amor.

Si guardan "sus mandamientos", sus palabras, permanecerán en su amor, que es el del Padre y el del Espíritu Santo.

Más todavía: si viven es este amor participaran de su alegría, "una alegría que llegará a su plenitud".

No es alegría humana, es la última noche de Jesús en el mundo, sino divina, la alegría del Amor.

La alegría, que es una forma de paz, es lo propio de Dios, ya que "Dios es amor" (1Jn 4,8).

 

VIERNES

 

La asamblea de Jerusalén decide devolver a Pablo y Bernabé a Antioquía con la respuesta de la Iglesia-madre.

Les acompañarán como testigos de esta decisión miembros eminentes de la comunidad, Judas y Silas, llevando con ellos una carta.

Es como la primera Constitución Apostólica.

En dicha misiva se afirma: "el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido".

Con ello se enseña que todas las disposiciones eclesiales nacen del discernimiento espiritual.

Sólo se exige a los gentiles convertidos a la fe que no coman carne sacrificada a los ídolos paganos y vivan la santidad del matrimonio.

Cuando llegaron estos emisarios a Antioquía y leyeron la carta, toda la asamblea se alegró: se les informaba que ellos, los convertidos a la fe, formaban parte del nuevo Israel de Dios inequívocamente.

El Salmo lo canta el mismo Señor Resucitado, Él que "ha despertado la aurora" con su Resurrección.

Entre los pueblos resonará la melodía del Espíritu Santo, "la cítara y el arpa", que los llenará de gozo.

En el Evangelio, el Señor nos da el titulo de "amigos"no de "siervos"porque Él nos ha introducido en su intimidad con el Padre.

Nos entrega también "el mandamiento nuevo", jamás envejecido, del amor.

Porque nos ha amado, los cristianos debemos amarnos unos a otros, y en ello ser reconocidos como discípulos suyos.

En el mandamiento nuevo lo más importante no es lo primero, "amaos unos a otros" sino lo segundo: "como yo os he amado".

La conjunción, dicen los exegetas, tiene un valor causal: "porque nos ha amado" podemos y debemos amarnos.

El mandamiento es tan importante que, al final, lo reitera.

 

SÁBADO

 

El segundo viaje de Pablo comenzó en el año 49 después de Cristo y terminó en el 52 después de Cristo.

Esta vez, Pablo se puso en camino para visitar las primeras comunidades cristianas que ayudó a fundar durante su primer viaje.

Le acompañaban Silas, un miembro destacado de la primera comunidad cristiana, y Timoteo, el hijo de un griego que era su compañero más preciado.

El grupo se dirigió a Listra; luego a través de Frigia a Galacia, en las tierras altas del centro de Anatolia; y finalmente a Troas, una ciudad en el noroeste de Anatolia, en la actual Turquía.

Aquí Pablo tuvo una visión de un hombre pidiéndole que llevara el Evangelio a Macedonia: como consecuencia, partió inmediatamente para llegar al continente europeo por primera vez.

En el Evangelio, Jesús recuerda las palabras: "No es el siervo más que el amo".

Jesús, en su plena soberanía de amor, se pone en el lugar del siervo y al mismo tiempo se manifiesta como Señor, "Kyrios" en la Cruz.

Bajo el signo de la Cruz deberán vivir los discípulos: "Si el mundo os odia sabed que antes me ha odiado a mí".

La cruz del Siervo y Señor estará siempre presente en la memoria de la comunidad que vive en el mundo.

La Cruz del Señor es visible, su Resurrección es invisible: por ello la Iglesia vivirá siempre bajo el signo manifiesto de la contradicción.

Unirá fracaso y victoria, inextricables en la realidad de la Pascua.

El misterio pascual se cumple en toda su plenitud como Cruz y Gloria en Jesús: también en cada existencia cristiana.

Tampoco en eso la Iglesia es distinta de su Señor.

 

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