La viña es el "símbolo" del pueblo santo de
Dios.
Son numerosas las referencias del Antiguo Testamento que comparan el pueblo de Dios a una viña que el Señor ha
plantado (Sal 79), y del cual espera los
mejores frutos (Is 5,1-7).
Cristo, en el
discurso de despedida, se define a sí mismo
como la verdadera vid.
Una verdadera vid
que el Padre ha plantado en la
tierra de la encarnación.
El Padre es el divino
agricultor: la hace fructificar cortando los
sarmientos estériles y podando los demás para que den
más fruto.
Los discípulos pertenecen a esta segunda especie ya que
ellos están limpios por la palabra
que les ha dado: recuérdese el lavatorio
de los pies y la plegaria sacerdotal (Jn
17, 14.17.20).
El Señor exhorta a
permanecer unidos a la vid que comunica la
savia vital con la severa exhortación: "Sin mí no podéis hacer nada".
Todo es
gracia divina que precede, acompaña y sigue al que se une con fidelidad al Señor; si no es así, el discípulo
se convierte en un sarmiento seco, inservible, ya no sirve
sino para para ser quemado.
Nada, un
desecho.
El texto contiene toda la teología
de la gracia.
Estamos
enraizados en Cristo, no somos
niños abandonados después de nuestro nacimiento.
Estamos vinculados a un origen que nos da fuerza y produce
frutos, lo que permite una existencia cristiana útil y llena de sentido.
La palabra fundamental del Señor es: "Permaneced
en mí y yo en vosotros".
Este verbo "permanecer" es realmente clave y conecta la simbólica
de la vid a la unidad vital que procede del Padre y del Hijo, manifestándose en el Espíritu Santo que nos
une en la caridad.
Por ello la oración litúrgica siempre es dirigida al Padre por
Cristo "en la unidad del Espíritu Santo": "Si permanecéis en mí, pedid lo
que deseáis, y se realizará".
Éste es el misterio más íntimo de la Iglesia
que, sin Cristo no es nada.
Tiene relación
con la segunda lectura donde se lee: "Quien guarda los mandamientos permanece en Dios y Dios en él".
En
la primera lectura Pablo se incorpora
a la Iglesia de Jerusalén, pero los discípulos
desconfían y no pueden creer que el célebre
perseguidor de la Iglesia se haya convertido
de repente en un verdadero sarmiento de la vid.
El texto termina con un
sumario de la primera comunidad: "La Iglesia
gozaba de paz (…) se iba construyendo
y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba,
animada por el Espíritu Santo".
La Iglesia, "ecclesía",
injertada a la vid por el Bautismo y la Eucaristía da el
mejor fruto y manifiesta la gloria del Señor
Resucitado.
El fruto que debemos dar es el amor auténtico: no amemos de palabra y de boca sino de
verdad y con obras, dice san Juan en la
segunda lectura.
El amor es el signo de la presencia del Espíritu Santo: el vino
nuevo, de una alianza nueva.
También de
una alegría nueva (Jn 3).
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