También hoy de manera
sinfónica todas las santas Iglesias de Oriente y de Occidente celebran al Señor
glorificado en el Espíritu Santo para gloria del Padre en la solemnidad de la
Asunción gloriosa de la siempre Bienaventurada Virgen María.
Esta fiesta antiquísima
procede de Jerusalén y recibe varios nombres, ya sea "kóimêsis",
dormición, o "análêmpsis", asunción.
En sustancia celebran el
mismo misterio: la glorificación de la Virgen María como esperanza de la
glorificación de toda la Iglesia en Cristo.
María fue asimilada total y
para siempre a la glorificación del Señor Resucitado: "Por Cristo todos
volverán a la vida, cada uno en su puesto" (1Co 15, 22- 23).
La que concibió el Verbo de
Dios por obra del Espíritu Santo, ha sido asunta a la gloria del Hijo en el
Espíritu Santo en su condición maternal y virginal: cuerpo y alma.
Realmente es una fiesta
"mayor".
La celebración de los santos
Misterios y de la Liturgia de las Horas ofrece un riquísimo tesoro litúrgico,
de una extraordinaria profundidad.
Celebramos con gozo la
Asunción de la Bienaventurada Virgen María.
María es el arca de la
alianza, "vestida del sol", Dios mismo, con "la luna bajo sus
pies", el mal vencido, y coronada con "una corona de doce
estrelles", las oraciones de todo el pueblo de Dios.
El Salmo
"epitalamio" celebra la belleza de la Esposa: el Rey la ama y admira
su hermosura.
Está sentada a su derecha y
participa de su gloria.
En el Evangelio, María se une
a "la liturgia del arca", cantada por Isabel, con un verdadero Salmo
fuera del salterio, el "Magnificat": una de las oraciones cristianas
usadas cotidianamente por las santas Iglesias.
La perícopa expresa con
singular eficacia el gozo de las dos mujeres visitadas por el Espíritu Santo,
que es la misma alegría divina.
María dirige la alabanza
exultante a Dios por las obras grandes que ha hecho el Poderoso.
Todas las generaciones la
llamarán bienaventurada porque antes, sólo porque antes, Dios "ha mirado
la humildad de su esclava", el ser no importante.
Así ha manifestado su amor
para con ella y para con todos los que le temen, "los que creen en
él", mostrando la santidad de su Nombre.
Éstos son "los humildes
y los hambrientos".
Dios ha confundido a sus
contrarios: "los poderosos y los ricos", que "despide
vacíos".
El cántico de María, poético,
articulado, ceñido, se sitúa en la teología de la historia, ya que su amor
"llega a sus fieles de generación en generación".
De esta descendencia ha
nacido el Mesías.
Las obras grandes,
"proezas" que Dios ha hecho en María resplandecen en el evento más
alto: el Hijo que lleva en las entrañas.
Por eso el
"Magnificat" está siempre en los labios de la Iglesia y de sus fieles
en comunión con la alabanza de la bienaventurada Virgen María.
En la segunda lectura, Pablo
proclama que el centro de la historia es el Resucitado, primicia de los que han
muerto: "en Cristo todos serán vivificados", pues Él es el nuevo
Adán.
La Virgen María asunta es
signo de la victoria pascual: esta victoria abre para ella el paso a la vida
eterna, el mismo camino ya recorrido por el Hijo en la Resurrección.

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