28 SÁBADO
Después de su conversión y Bautismo, mientras
enseñaba Retórica en Milán, decidió volver a su patria con el deseo de
servir mejor a la Iglesia.
Allí fue ordenado presbítero en el año 391 para ayudar al
anciano obispo de Hipona, a quien sucedería en la sede episcopal poco tiempo
después.
Su actividad como obispo estuvo en gran parte dirigida a
defender la fe contra varias herejías, como el maniqueísmo, el donatismo, el
pelagianismo, el arrianismo, etc.
San Agustín tiene una personalidad compleja y profunda,
casi inalcanzable: es filósofo, teólogo,
místico, poeta, orador, polemista, escritor, pastor.
Cualidades que se complementan entre sí y que convierten al Obispo de Hipona, en
palabras de Pío XI, en un hombre "al que casi nadie o sólo unos pocos, de
cuantos han vivido desde el inicio del género humano hasta hoy, se pueden
comparar".
San Agustín, empero, es sobre todo un Pastor que se siente y
se define como "siervo de Cristo y siervo de los siervos de Cristo",
y lo vive en sus consecuencias extremas: plena disponibilidad a los deseos de
los fieles; deseo de no conseguir la salvación sin los suyos, "no quiero
ser salvo sin vosotros"; oración a Dios para estar siempre dispuesto a
morir por ellos; amor para con aquellos que están en el error, aunque éstos no
lo quieran, o aunque le ofendan...
En definitiva, es Pastor en el sentido pleno de la palabra.
Su predicación en las celebraciones litúrgicas es inmensa.
Una predicación recogida, en gran parte, por los
estenógrafos, por lo que casi podemos oír su voz.
Es llamado "Doctor de la gracia" y su influencia
dentro del pensamiento cristiano es decisiva.
No se puede explicar teología cristiana sin hacer referencia
obligada a su figura.
Tanto la vida como las obras de San Agustín reclaman ser
estudiadas y meditadas.
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