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martes, 24 de agosto de 2021

SAN BARTOLOMÉ

 

Según el Evangelio de Juan, Natanael fue uno de los discípulos a los que Jesús se apareció en el Mar de Tiberíades después de su Resurrección (Jn 21,2).

El Maestro le había reconocido por mediación de Felipe (Jn 1,45).

Juan es el único evangelista que menciona a Natanael y, dado que en las listas de los Evangelios sinópticos el nombre de Felipe es seguido por el de Bartolomé, la tradición asimiló Bartolomé y Natanael como un solo personaje.

Según la Sinopsis, fue uno de los Doce (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14).

Fue también testigo de la Ascensión de Jesús (Hch 1,13).

Según una tradición recogida por Eusebio de Cesarea, Bartolomé marchó a predicar el Evangelio a la India, donde dejó una copia del Evangelio de Mateo en arameo.

La tradición armenia le atribuye también la predicación de la Buena Nueva en el país caucásico, junto a san Judas Tadeo.

Ambos son considerados santos patrones de la Iglesia Apostólica Armenia.

Unámonos hoy a la plegaria por la unidad y a la comunión con estas santas Iglesias, que han conservado la fe apostólica y han sufrido inenarrablemente, genocidio armenio.

La tradición identifica Bartolomé con Natanael, quien aparece en el pasaje que hoy escuchamos al inicio del Evangelio de Juan.

Natanael, antes que hablase con Jesús, ya fue contemplado por el Señor.

Cuando el Maestro lo ve venir dice de él que es "un israelita sin engaño", amante de la paz y de la Escritura.

Natanael confiesa entonces la fe de Israel sobre el Mesías, y Jesús le dice que todavía verá "cosas mayores".

Verá la escala de Jacob; el cielo abierto, Dios mismo comunicándose; y el Hijo del hombre, el hombre que viene de Dios, acompañado de la gloria divina, significada por los ángeles.

Verá, en definitiva, la gloria de la Resurrección.

También el vidente del Apocalipsis ve la ciudad santa, esposa gloriosa, que "descendía del cielo".

Esta ciudad está abierta por todos lados, con "doce puertas y doce cimientos, que llevan el nombre de los doce apóstoles del Cordero".

Es la Iglesia, consumada en la gloria y revelada al fin de los tiempos, fundamentada en el testimonio apostólico y abierta a todo el mundo por su predicación.

La Iglesia de este mundo tampoco debe cerrar las puertas a nadie, mucho menos a los pobres y pecadores, ya que refleja la Jerusalén del cielo, cuyas puertas están siempre abiertas de par en par, porque faltamos nosotros, los últimos pecadores.


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